21/08/2026
Estos días vemos imágenes de Ceuta que cuesta normalizar.
Una ciudad sometida a una situación excepcional, profesionales bajo una enorme presión y una población que lleva semanas conviviendo con incertidumbre y preocupación.
Podemos debatir sobre inmigración, fronteras, responsabilidades políticas o sobre cómo se está gestionando esta crisis. Pero hay una dimensión de la que también necesitamos hablar: su impacto psicológico.
En psicología sabemos que necesitamos seguridad, previsibilidad y sensación de control. Cuando nuestra vida cotidiana cambia bruscamente y la incertidumbre se mantiene, nuestro sistema de alarma puede permanecer activado. Pueden aparecer miedo, rabia, impotencia, hipervigilancia, dificultades para desconectar o ansiedad.
Esto no significa hacer un diagnóstico colectivo. Significa reconocer que la exposición prolongada a incertidumbre, inseguridad percibida y falta de control puede aumentar el malestar psicológico.
La salud mental no empieza cuando alguien entra en una consulta. También se protege generando seguridad, información fiable, previsibilidad y respuestas.
Como psicóloga, me preocupan las consecuencias que una situación sostenida así pueda tener.
Y como ceutí, me preocupan especialmente las personas que viven allí: mi familia, mis amigos y tantas personas que, después de semanas, siguen sin poder recuperar plenamente su vida cotidiana, su tranquilidad y su sensación de normalidad.
Porque vivir durante demasiado tiempo en la incertidumbre también tiene consecuencias.
Ceuta necesita respuestas.