02/08/2026
¿Qué lleva a una persona a querer quitarse la vida?
Seguramente, pensarás que puede haber muchos motivos. Y sí: son muchos. Pero ¿cuántos? ¿Y cuáles? ¿Pesan unos más que otros? ¿Hay alguna cuestión en particular que marque la diferencia entre intentarlo o no?
En los últimos años hemos vivido un florecimiento muy luchado de medidas y concienciación sobre el suicidio y su prevención. Se sigue trabajando duro para desterrar tabúes, miedos y estereotipos que pudieran seguir acorralando a un lado a fallecidos, supervivientes y sus allegados. Se dan a conocer señales, pautas a seguir, variables de riesgo, factores protectores… Se generan guías para que distintos gremios aborden la cuestión con ética y sensibilidad. Se aterriza “el suicidio” como un mal misterioso y oscuro, casi novelesco, en caras, nombres e historias concretas.
Y, aun con todo, no hemos conseguido mejorar significativamente a la hora de detectar quién está en riesgo de quitarse la vida; con el consiguiente impacto emocional en profesionales y supervivientes, que quedan preguntándose en qué se equivocaron y si podían haber hecho algo distinto. Algo más.
Entonces, ¿qué queda por hacer? Toca revisar algunas creencias, como si de verdad podemos predecir el suicidio, o si sigue siendo sostenible el propósito del “suicidio cero”. También pasa por integrar que, si bien la ideación suicida, la autolesión o la presencia de problemas salud (físicos o mentales) son variables que debemos seguir teniendo en cuenta, ninguna de ellas, por sí misma, constituye el “marcador de oro” de la intencionalidad suicida.
Y, por último, ampliar la mirada. Entender que la muerte por suicidio pertenece a un marco histórico, social y cultural y que, si las políticas públicas no invierten en los factores protectores del contexto, la prevención seguirá siendo incompleta.