09/10/2026
Hay niños que parecen facilísimos de educar.
Nunca protestan.
No quieren molestar.
Se adaptan a todo.
Ceden rápido.
Intentan que los demás estén bien.
Y claro, desde fuera solemos pensar: “qué buen niño”.
Pero a veces conviene mirar un poco más.
Porque ser educado, considerado y responsable es algo positivo. El problema aparece cuando ese comportamiento nace del miedo a decepcionar, a enfadar a alguien o a dejar de gustar.
Algunos niños aprenden muy pronto:
“Mejor no digo nada.”
“Si cedo, no habrá problema.”
“Lo que quieren los demás es más importante.”
“Si digo que no, quizá se enfaden conmigo.”
Y eso, que durante la infancia puede pasar desapercibido, luego puede convertirse en una gran dificultad para poner límites.
Por eso también necesitamos enseñarles que pueden discrepar, decir “no”, expresar que algo les molesta o pedir lo que necesitan.
Sin culpa.
Sin miedo.
Sin sentir que por hacerlo van a dejar de ser queridos.
Porque educar no es conseguir un hijo que nunca moleste.
Es ayudarle a construir una voz propia.
Puedo ser buena persona y no decir siempre que sí.
Puedo querer a alguien y ponerle un límite.
Puedo decepcionar a alguien y seguir siendo querido.
Eso también es educación emocional.