05/06/2022
Series en Psicoterapia: Asumir la muerte cuando llega a destiempo: paciente y terapeuta unidos.
En nuestra sociedad, la muerte es la parte de la vida que nadie quiere afrontar. Basta con que miremos a nuestro alrededor y nos detengamos ante la inmensidad de mensajes directos y subliminales con los que nuestro medio nos bombardea una y otra vez, impulsando la vida eterna.
Pero, la sociedad no es del todo culpable de la situación. Desde los albores de la humanidad, el hombre ha evitado el enfrentamiento con la muerte por imperativo biológico, al igual que todos los demás seres vivos. La conservación de la especie adquiere sentido cuando el ser vivo se encuentra en peligro de extinción, pero no sólo como especie, sino incluso como individuo.
Sin embargo, el afrontamiento de la muerte tiene también sus particularidades que establecen reglas de excepción: un grupo de roedores salvajes de Irlanda del Norte, en casos de superpoblación y escasez de alimentos, procede a suicidarse lanzándose desde lo alto de un acantilado para mantener vivo al resto del grupo.
Pero, en el ser humano, la tendencia suicida es percibida como un acto patológico, salvo en aquellas ocasiones donde el castigo penal impone su criterio legal de terminación de la vida y en otras cuando el elemento moral establece a través de la eutanasia a la ejecución de la muerte digna.
Y es precisamente en esta última acepción donde los profesionales de salud mental tenemos ante nosotros una de las tareas más complejas e individuales de nuestra práctica, independientemente de que la persona en cuestión decida (o decidan otros por él) la finalización de su vida.
Debemos, ante todo, considerar que en casos de muerte inminente, existen dos espacios muy claros de trabajo: el paciente y sus familiares, pues ambos necesitan de atenciones particulares.
Recordamos aquellas interconsultas hospitalarias con la planta de oncología, donde como psiquiatras debíamos enfrentarnos a pacientes con patologías cancerígenas graves personales...y a sus familiares. Una de las cuestiones más importantes a tomar en cuenta en el trato con estos pacientes es la determinación del grado de conocimiento y consciencia de la enfermedad por parte del paciente, así como su libertad individual a decidir sobre la misma en términos terapéuticos y de pronóstico. En ocasiones, los pacientes no son conscientes de su estado, debido a un deterioro cognitivo que les impide tomar decisiones con respecto a su enfermedad y por tanto a su vida, lo que legalmente supone toda una gama de trámites que incluyen a un juez y probablemente a otros profesionales de la salud junto a familiares de primer orden.
Pero, en el caso de que los pacientes sean conscientes, es prioritario evaluar, como decíamos, cuál es el parecer del paciente ante su enfermedad y ante la muerte.
Es relevante señalar aquí que en muchas ocasiones nos hallamos ante el conflicto directo determinado por un diagnóstico de depresión asociado que es cuanto menos, dadas las circunstancias, debatible. Una persona con un cáncer terminal ESTÁ necesariamente deprimido, al márgen de consideraciones diagnósticas por razones obvias. Otra cuestión es si ese paciente tiene antecedentes de enfermedad depresiva...e incluso aquí, sigue siendo cuestionable.
Según nuestra experiencia, aunque nuestra sociedad evite hablar naturalmente sobre la muerte y se muestre proclive al alargamiento de la vida hasta límites insospechados, incluyendo su impronta en la ciencia médica, la mayoría de los pacientes saben o al menos sospechan que van a morir.
Estas sospechas deben ser exploradas y por tanto, exteriorizadas con nuestra ayuda, y siempre con la máxima sinceridad y honestidad. A través de la empatía, debemos unirnos al sufrimiento del paciente y desde esta postura, lograr que el mismo exprese libremente sus angustias y miedos. A pesar de que todo enfrentamiento con la muerte conlleva un proceso en fases más o menos claras (negación, aislamiento, angustia, aceptación) muy bien conocidas, no debemos contentarnos con aceptar el momento evolutivo del proceso sin mover ápice. El paciente necesita consuelo y tranquilidad, así como reflexión para enfrentarse a esos momentos que culminarán con su fallecimiento.
En medicina paliativa, resulta especialmente necesario que el sujeto afronte la enfermedad con el menor dolor posible, pero también con la mayor consciencia y alerta, a menos que por deseo expreso del mismo, prefiera el camino del desconocimiento; esta postura también es respetable.
Pero, ante aquellos que son plenamente conscientes de su estado, es nuestro deber transmitirles la mayor de las confianzas y aclaraciones, todas encaminadas a que finalmente el paciente pueda “poner en órden” cuestiones importantes para él y sus allegados; es tiempo de reconciliaciones, aclaraciones, disculpas, demostraciones de afecto y enfados y regularizaciones de temas personales pendientes en aspectos económicos y sociales.
Y nosotros como terapeutas, debemos participar de forma activa cuando nos lo pida el paciente en este proceso y de manera pasiva pero de observación cuidadosa cuando es necesario que estemos al márgen.
Recordemos pues, que el paciente SABE que se está muriendo y debemos ayudarle a expresarlo y a manifestarlo. La necesidad viene dada por la dificultad de asumir la soledad y la incertidumbre ante lo desconocido e incluso ante la no-existencia y siempre será menos angustiante si se comparte esa dificultad. Además, ese antiguo (diríamos antropológico) temor a la separación en nuestra especie alimentado por nuestra sociedad prometedora de eternidad, añade más angustia al propio hecho de la desaparición definitiva.
Resulta especialmente importante destacar que en aquellos pacientes religiosos donde parte de esa angustia es calmada con la promesa de la eternidad a través de una vida en el Cielo, reencarnado en otro ser vivo o convertido en alma que vaga por paraísos alternativos, nuestra compañía y terapéutica sigue siendo justificada, siempre orientada en estos casos al ordenamiento y sosiego de las ideas y las emociones subsecuentes del estado crítico.
Por tanto, en resumen, nuestro papel terapéutico es el de acompañar, dilucidar junto al paciente las dudas, temores, creencias y angustias que le dificultan la aceptación de su estado, siempre y cuando, él quiera y en caso de no poder decidir por sí mismo, de sus familiares con un cuidadoso estudio de los antecedentes personales y familiares.
Recordamos a un querido amigo, fallecido muy joven a causa de un tumor maligno cerebral, que se despidió de todos de forma plácida y libre de angustias, aceptando plenamente su estado y su finalización. Este es el punto al que queremos llegar.
A partir de este manejo, también nosotros, como humildes humanos, debemos considerar nuestro propio duelo y nuestras propias concepciones sobre la separación y la muerte, asumiendo nuestras limitaciones y la soledad. Una vez logrado este estado personal y profesional, nos sentiremos más capaces de lidiar con situaciones tan emocionalmente difíciles como las relacionadas con la muerte inminente.