10/06/2026
Lo que nosotras vivíamos en los años ochenta y noventa era mayoritariamente estrés situacional: nervios antes del examen, tensión por una discusión con amigas, agobio cuando había mucho trabajo escolar acumulado. Estímulo, respuesta, fin. Los adolescentes de hoy viven algo más permanente, más difuso, más difícil de apagar porque no tiene un interruptor claro.
Cuando se cruzan los datos por género, la brecha es llamativa. El 17,8% de los adolescentes presenta niveles de ansiedad grave, un porcentaje que además varía significativamente según el género, siendo las chicas las que reportan niveles más elevados.
Nosotras teníamos problemas con las amigas del cole y cuando llegábamos a casa se terminaba el problema, al menos hasta el día siguiente. Nuestros hijos llevan el problema en el bolsillo. Las redes sociales no desconectan. El grupo de clase sigue activo a las once de la noche. La comparación social no para cuando se apaga la televisión. Es un goteo continuo de estímulos que el cerebro adolescente, que ya tiene los frenos en construcción, no sabe cómo gestionar.
A eso se suma una capa más reciente. La adolescencia es una etapa evolutiva llena de cambios físicos, emocionales y sociales en la que los jóvenes se enfrentan a una serie de desafíos que pueden resultar estresantes. Cuando ese estrés se vuelve crónico puede desarrollar en el adolescente problemas relacionados con la salud mental, incluyendo síntomas ansiosos, obsesivos y depresivos.