07/10/2026
Compararnos no es, en sí mismo, algo negativo o positivo. De hecho, es una operación cognitiva necesaria que realiza nuestro cerebro para organizar la información. Es mediante la comparación que el cerebro establece diferencias y semejanzas entre tamaños, distancias, posiciones, colores, etc.
Necesitamos establecer comparaciones para orientarnos en el mundo y lo mismo pasa con la comparación con los demás.
Ya en 1954, el psicólogo social Leon Festinger propuso, en su teoría de la comparación social, que las personas tenemos una necesidad básica de evaluar nuestras opiniones, capacidades, circunstancias y nuestra posición dentro de un grupo y que, a falta de un criterio objetivo para hacerlo, recurrimos a compararnos con los demás —en concreto, con personas parecidas a nosotros mismos—.
Para Festinger, esta comparación cumplía sobre todo una función informativa acerca de “cómo lo estoy haciendo”.
Investigaciones de autores posteriores a Festinger mostraron que la comparación también cumple funciones de regulación emocional. Es decir, que no solo buscamos información sobre nosotros mismos, sino que tratamos de disminuir una sensación de amenaza, recuperar una seguridad perdida, aliviar la vergüenza, encontrar esperanza o confirmar una idea que tenemos sobre nosotros mismos.
La regulación emocional la podemos obtener al realizar una comparación ascendente —con alguien que percibimos “mejor”— o descendente —con alguien que percibimos “peor”—.
Por ejemplo, podemos decir: “yo nunca voy a llegar a ser como él/ella” (ascendente) o “yo estoy mucho mejor que él/ella” (descendente).
Detrás de estas aparentemente sencillas comparaciones puede haber cuestiones emocionales mucho más profundas.
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