16/04/2020
PARA REFLEXIONAR
Llevamos ya más de un mes confinados en nuestras casas. La mayoría junto a su familia, algunos solos y todos lejos de personas por las que nos preocupamos y nos importan.
A lo largo de muchos de estos días de introspección me ha asaltado la certeza de que muchos de nosotros hemos cometido un importante error en la vida y en las relaciones el “dar por sentado”:
Hemos dado por sentado a la familia. Hemos supuesto que siempre iban a estar ahí, que todo iría bien, que las relaciones se cuidaban solas sólo por ser de la misma sangre. Que nuestros hijos maduraban al crecer, y nosotros al cumplir años. Que nuestros mayores “estarían” bien si estaban bien asistidos.
Hemos asumido sin más que nos queremos y que sobra, de alguna manera, expresarlo con palabras o gestos.
Hemos dado por sentado quiénes son nuestros amigos sólo por la afinidad que sentimos. Que los amigos siempre van a estar cerca. Que nuestros vecinos eran conocidos-desconocidos y que podíamos aportarnos más bien poco.
Creímos, por inercia, que todo iba a ir bien. Hemos dado por sentado que vivíamos una situación de estabilidad, ya sea económica, ya sea personal o social. Pensábamos que nuestra manera de pensar, educar y de ver la vida es la mejor, sólo por ser la nuestra.
Hemos supuesto durante mucho tiempo que el mundo y la naturaleza funcionaban y evolucionaban por sí solos, y que en general, poco podíamos hacer, por uno o por otra, a nivel individual. Hemos supuesto que la solidaridad era para gente muy contada con un compromiso muy concreto…y no de la colectividad.
Nos habíamos acostumbrado a dar por sentado tanto…
Y cuando las cosas empiezan a darse por sentado es el momento en que dejamos de ver la auténtica importancia de lo que nos rodea. Dejamos de valorar en su justa medida a las personas y a las realidades que forman parte de nuestra existencia. De esta manera nos perdemos la rica experiencia de disfrutar todo cuanto somos, tenemos y amamos.
No es ésta una reflexión pesimista, ni soy yo persona que se entretenga en los lamentos. Por eso quiero seguir compartiendo con vosotros uno de los aprendizajes de estos días que quiero incorporar a mi vida, desde el mismo instante en el que he sido consciente de ello. Por eso lo voy a expresar en primera persona. No son lecciones de vida para nadie, sino para mí misma, aunque espero que pueda daros algo de luz.
Perdonad que me exprese de manera un tanto poética… es una manía personal.
Quiero cuidar, valorar, respetar a cada persona que forma parte del engranaje de mis afectos y me hace vibrar desde el cariño y la cercanía.
Quiero levantarme cada mañana dando gracias a Dios por cada una de sus vidas y acostarme sabiendo que las he amado y se lo he hecho saber y sentir en cada oportunidad que haya tenido o haya creado.
Quiero no dejar un día sin haber dado y recibido tantos abrazos como mi corazón necesite, como sus corazones me demanden. Y estar pendiente de lo que necesitan de mí, sin escatimar en besos, palabras, compañía o silencio acompañado.
Quiero verlos, reconocerlos y conocerlos de verdad, no la imagen que me he creado de ellos o que necesite creer. Quiero asomarme a su SER y ser capaz de ver la esencia de quiénes son. Hablando, dialogando, preguntando, compartiendo mi ser y mi tiempo, jugando, riendo, reflexionando juntos.
Quiero ser y hacer consciente lo que quiero y necesito a cualquier nivel: el de mi interioridad, de mi vida familiar, social, material, profesional, de ocio. Pelearme con mi tendencia a acomodarme siempre que se convierta en enemiga de mi crecimiento y en garantía de estancamiento.
Quiero cuestionarme y ser capaz de hacer autocrítica. Sobre quién soy, sobre lo que pienso, siento y necesito. Sobre mi manera de actuar y de entender la vida. Y aunque la conclusión sea que estoy satisfecha, poder visitar mi interior y hacerme preguntas de manera asidua.
Quiero recordar cada día por qué elegí esta maravillosa profesión y regodearme en cada pequeño detalle de acompañamiento, de gratitud, de esfuerzo, de consecución de logros, aunque haya momentos…o días… o temporadas difíciles de superar. Y centrarme en lo constructivo.
Quiero mirar el lugar donde vivo y sentir que es hogar, no sólo unas paredes, un lugar para pasar las horas, una casa. Quiero convertirlo en un nido de seguridad, de calor y de bienestar para mi y para los míos.
Quiero aprender a ver en los demás, familia, amigos, vecinos, gente del barrio, personas con las que me cruzo y me encuentro… el ser humano increíble que se supera en la dificultad y que es capaz de anteponer la salud y el bienestar de los demás a su propia necesidad. Ya sea a través de un aplauso, renunciando a la libertad de manera puntual, o yendo a la batalla en primera línea, arriesgando sus propias vidas.
Quiero ser capaz de contemplar la naturaleza y disfrutarla, cuidarla en mis pequeños gestos y amarla a través de la transmisión de su valor y vital necesidad para el ser humano.
Yo ya he decidido que éstos van a ser más que propósitos, son realidades. Y aunque el abrazo real se postergue, abrazaré a través de mis palabras, de mis videollamadas, de mis escritos, de las tareas y programaciones, de mi amabilidad en directo o en diferido… Es decir, ya he empezado.
Para no dar las cosas por sentado… ¿Te planteas que quieres hacer tú? ¿Lo estás haciendo?
Aquí acaba esta humilde reflexión. Deseo que todos estéis bien. Envío mi ánimo y mi esperanza a los que estáis pasando un mal momento o habéis perdido un ser querido. Uno mi oración a las vuestras.
Os envío mi cariño de esta manera mágica, invisible y certera que tiene el amor.
Ana Prieto.
Orientadora de ESO y Bachillerato.
Terapeuta y Counsellor