07/08/2026
Voy a dejar de usar la palabra «dieta».
Y no es un capricho. Esa palabra se ha construido en buena parte con fines comerciales: cada temporada aparece una nueva, se vende como la definitiva, llena portadas unos meses y desaparece cuando llega la siguiente. De tanto usarla para tantas cosas distintas, ha acabado sin significar nada concreto.
Además arrastra una idea que no se sostiene: que existe una forma de comer mejor que todas las demás. No la hay. Hay alimentos. Hay formas de alimentarse. Hay personas. Y hay organismos, que son los que al final deciden.
Lo que yo hago va al revés. Cuando alguien me dice que duerme mal, no miro solo el sueño: pregunto qué cena, a qué hora, cómo va su digestión y qué estrés arrastra del día. No porque el sueño no importe, sino porque el cuerpo no tiene compartimentos.
En el carrusel te dejo dos cosas: las cuatro preguntas que me hago ante un plato, y el circuito de los cinco procesos que casi todo el mundo cree independientes —microbiota, inflamación de bajo grado, sensibilidad a la insulina, cortisol e hígado—. Léelos en el orden que quieras. Funciona igual de bien, porque no hay principio ni final.
Todo esto se entiende en diez minutos. Aplicarlo con criterio es otra historia, y de eso va el artículo entero.
Lo tienes en el link de la bio.
Dime una cosa: ¿qué palabra estás tú harta de oír? Te leo.