28/10/2026
“No es para tanto.”
¿Cuántas veces te lo has dicho esta semana?
Cuando algo te pesa y sigues como si nada.
Cuando estás desbordado y dices “ya puedo yo”.
Cuando tu pareja te pregunta qué te pasa y contestas “nada”.
Cuando necesitas ayuda y no la pides. Para no molestar.
Lo llamas aguantar. Ser fuerte. No dar la lata.
Pero esa frase no es tuya.
La aprendiste de pequeño.
Cuando te dolía algo y la respuesta era “eso son tonterías”.
O “deja de quejarte”.
O “qué delicado eres”.
O un silencio que lo decía todo.
Puede que no fuera ninguna de esas frases exactas.
Pero el mensaje era el mismo: lo tuyo no es para tanto.
Y aprendiste rápido.
Que pedir era quedar mal.
Que lo tuyo podía esperar.
No hacía falta que nadie fuera cruel.
Bastaba con oírlo muchas veces.
Y seguramente a ellos se lo dijeron igual.
Esto no va de culpar a tus padres. Va de saber de dónde viene la frase.
Hoy ya nadie te lo dice.
Te lo dices tú.
Años después, la misma frase suena distinta: “la terapia es para débiles”.
Cambian las palabras. El mensaje es el mismo.
Y si tienes hijos, puede que ya te haya salido.
Ese “no es para tanto” cuando lloran por algo que a ti te parece una tontería.
La frase no se fue. Se quedó dentro.
Y mientras no sepas de dónde viene, la vas a seguir repitiendo. Contigo. Y quizá con tus hijos.
Te dejo una pregunta fácil:
¿A ti también te lo decían?
Respóndeme con un sí, o con la frase que te decían en tu casa.
Te leo en comentarios, hermano.