La Escuela Del Alma

La Escuela Del Alma 🌟 Fundadora de la Escuela del Alma.
🙏Acompañamiento en proceso de conciencia.
💫Un espacio para comprender tu historia.
💛volver a tí .

16/09/2026

Agenda abierta para octubre

11/09/2026

Quizá llevas mucho tiempo intentando entender qué te pasa.

Has leído. Has hablado. Has buscado respuestas. Has intentado ser fuerte. Has intentado hacerlo bien.

Y, aun así, hay algo que sigue ahí.

Una emoción que vuelve.

Una situación que se repite.

Una relación en la que vuelves a sentir lo mismo.

Un enfado que no sabes dónde colocar.

Un cansancio que no es solamente físico.

Una sensación de estar sosteniendo demasiado tiempo algo que ya no puedes seguir sosteniendo.

Y quizá te preguntas:

¿Por qué, si sé tantas cosas, sigo sintiéndome igual?

Porque saber lo que te ocurre no siempre significa haberlo mirado de verdad.

Puedes entenderlo con la cabeza y, al mismo tiempo, seguir viviendo aquello desde el miedo, la rabia, la frustración, la necesidad de agradar, el abandono, el rechazo o la sensación de no ser suficiente.

Y ahí es donde comienza mi forma de acompañarte.

No vengo a decirte qué tienes que hacer.

No vengo a darte una respuesta para que salgas de la sesión y vuelvas a tu vida como si nada hubiera ocurrido.

Tampoco tengo una varita mágica.

Te acompaño a mirar.

A escuchar qué está ocurriendo dentro de ti.

A reconocer aquello que quizá llevas mucho tiempo evitando.

A volver al cuerpo.

A descubrir desde dónde estás viviendo eso que hoy te duele.

Porque muchas veces queremos cambiar lo que ocurre fuera sin habernos detenido a mirar qué está ocurriendo dentro.

Y cuando empiezas a mirarte de verdad, puede aparecer aquello que no querías sentir.

El miedo.

La rabia.

La tristeza.

La frustración.

El cansancio.

Pero también puede aparecer algo que llevabas mucho tiempo buscando fuera:

tú.

La persona que necesita ser escuchada.

La persona que necesita ser cuidada.

La persona que necesita dejar de luchar consigo misma.

La persona que necesita empezar a elegirse.

Por eso, si últimamente sientes que estás dando vueltas a lo mismo y que ya no quieres seguir viviendo desde el mismo lugar, quizá no necesites otra respuesta.

Quizá necesites un espacio para escucharte.

Yo puedo acompañarte en ese proceso.

Y tú decides si quieres dar ese paso.

Si algo de lo que has leído te ha tocado, puedes esc

10/09/2026

Una de las cosas que aparece en una de las sesiones, a medida que vamos abriendo la información, es algo muy curioso:

Hay personas que se quedan en ese lugar conocido.

Ese lugar que quizá ni siquiera les hace felices, pero donde sienten que están protegidas.

Donde no corren peligro.

Donde saben cómo sobrevivir.

Y desde ahí, no se atreven a sentir la vida.

No se atreven a dar ese impulso que sienten dentro.

No se permiten hacer aquello que sueñan, expresar lo que llevan dentro, crear algo diferente o simplemente probar.

Como si vivir de otra manera fuese demasiado arriesgado.

Y entonces ocurre algo curioso.

Aparece otra persona que sí se da ese permiso.

Que se atreve.

Que se mueve.

Que crea.

Que cambia.

Que lo intenta, aunque no sepa cómo va a salir.

Y esa persona puede convertirse en un espejo muy incómodo.

Porque su movimiento puede mostrarte todo aquello que tú no te estás permitiendo vivir.

Y entonces aparece el juicio.

La crítica.

La desvalorización.

“¿Pero para qué hace eso?”

“Qué necesidad.”

“Eso no va a funcionar.”

“Yo no lo haría así.”

“Se está equivocando.”

Y quizá no estamos hablando realmente de esa persona.

Quizá estamos hablando de lo que su libertad está despertando dentro de nosotros.

Porque cuando yo no me doy permiso para moverme, puedo sentir rabia frente al movimiento del otro.

Cuando no me permito crear, puedo criticar lo que otro crea.

Cuando no me atrevo a expresarme, puedo cuestionar la expresión del otro.

Cuando llevo demasiado tiempo viviendo desde el miedo, puedo sentir rechazo hacia quien se atreve a vivir desde el impulso.

Y así, sin darme cuenta, pongo toda mi atención fuera.

Miro su vida.

La examino.

La corrijo.

La desvalorizo.

Porque es mucho más fácil mirar lo que hace el otro que preguntarme:

¿Qué estoy sintiendo yo al verlo?

¿Qué parte de mí se está incomodando?

¿Qué deseo estoy dejando de vivir?

¿Qué sueño no me estoy permitiendo?

¿Qué impulso llevo tiempo apagando?

¿Qué pasaría si yo también me atreviera?

Porque quizá esa persona no está haciendo nada contra ti.

Quizá simplemente está viviendo algo que tú todavía

07/09/2026

Hay algo muy curioso que apareció en una de las sesiones.

Esta persona tiene un negocio y, aunque sabe lo que quiere hacer, le cuesta muchísimo sostenerlo delante de sus clientas.

Tiene que adornar las palabras. Explicar demasiado. Buscar la manera de que nadie se enfade. Que nadie se vaya. Que nadie elija a otra profesional.

Y entonces aparece algo mucho más profundo que la forma de comunicar una decisión.

¿Qué ocurre dentro de mí cuando sé que una decisión mía puede incomodar a alguien?

Porque una cosa es elegir palabras amorosas y respetuosas.

Y otra muy distinta es necesitar que el otro esté de acuerdo para poder sostener lo que yo he decidido.

Cuando alguien cuestiona un precio: “¿Por qué ahora cuesta más?”

Cuando alguien cuestiona un cambio: “Antes me venía mejor.”

Cuando alguien dice: “Esto no me gusta.”

¿Lo vivo como una opinión diferente…

o lo vivo como una agresión hacia mí?

Ahí está la cuestión.

Porque una persona puede haber dedicado años a formarse, invertir tiempo, dinero, conocimiento y experiencia para ofrecer un determinado servicio.

Y, aun así, podemos sentirnos con la capacidad de decirle cuánto debería cobrar, qué debería cambiar, cómo debería hacerlo o qué sería mejor para su negocio.

Curioso, ¿verdad?

No queremos hacer nosotros el proceso de formarnos, invertir o convertirnos en profesionales de aquello que cuestionamos…

pero sí queremos decirle al otro cómo debería hacerlo para que a nosotros nos resulte más cómodo.

Y muchas veces lo justificamos diciendo:

“Es por mi bienestar.” “Es que así no puedo.” “Es que antes estaba mejor.” “Es que ahora es demasiado caro.”

Pero quizá la pregunta no sea qué está haciendo el otro.

Quizá sea:

¿Qué está pasando dentro de mí cuando el otro cambia?

Porque el problema no siempre está en que alguien suba un precio, cambie un servicio, ponga nuevos límites o decida hacer las cosas de otra manera.

A veces la incomodidad ya estaba dentro de nosotros antes de que apareciera esa decisión.

Y entonces llega alguien y simplemente la toca.

Esto también sucede cuando tenemos un negocio.

Queremos crecer, pero

07/09/2026

¿Por qué no me hace caso?

Quizá alguna vez te has encontrado pensando esto sobre alguien:

“¿Por qué sigue dando tantas vueltas?”
“¿Será que no se lo estoy explicando bien?”
“¿Qué tengo que hacer para que entienda que esto es lo mejor para ella?”
“Si hiciera lo que le digo, seguramente le iría mucho mejor.”
“¿Por qué no le da valor a lo que le estoy diciendo?”

Y mientras tanto, por dentro, tú también estás moviendo muchas cosas.

Porque es curioso cómo podemos llegar a ordenar rápidamente la vida de quien tenemos delante mientras la nuestra sigue esperando ser mirada.

El entorno también participa mucho de esta dinámica.

“Ahora tienes que hacer esto.”
“Deberías dejar aquello.”
“Tienes que cobrar así.”
“Tienes que cambiar.”
“Tienes que hacer esto otro.”

Y poco a poco podemos terminar creyendo que ayudar significa conseguir que el otro haga lo que nosotros consideramos correcto.

Entonces aparece la insistencia.

Una y otra vez.

“Te lo estoy diciendo por tu bien.”

Pero, ¿qué ocurre cuando la otra persona no lo hace?

Puede aparecer el enfado.
La frustración.
La crítica.
El rechazo.
Incluso la sensación de abandono.

Porque debajo de todo eso puede haber una necesidad muy humana:

“Necesito que hagas lo que te digo para poder sentir que mi intervención ha servido.”

El ego quiere poder decir:

“¿Ves? Te lo dije.”

“Gracias a mí estás aquí.”

Y cuando el otro no ejecuta nuestras indicaciones, puede dolernos más de lo que imaginamos.

No solamente porque no nos haga caso.

Sino porque quizá sentimos que tampoco está reconociendo nuestro valor.

Y aquí hay algo que para mí merece la pena mirar:

¿Qué parte de mí necesita que el otro haga lo que yo digo para sentir que tengo razón?

¿Qué ocurre dentro de mí cuando alguien no sigue mi consejo?

¿Puedo ofrecer una mirada, una información, una posibilidad… y después dejar que el otro decida?

Porque acompañar no es dirigir.

Acompañar tampoco es hacer el movimiento por el otro.

Y quizá tampoco necesitamos que la persona nos dé la razón para que aquello que hemos compartido tenga valor.

Podemos decir:

“Es

05/09/2026

Hay algo que aparece con mucha frecuencia en las sesiones y que me resulta especialmente curioso.

Personas muy pendientes de la vida de los demás.

De lo que hacen. De lo que no hacen. De lo que deberían hacer. De lo que hicieron bien. De lo que hicieron mal. De cómo deberían comportarse. De lo que sería mejor para ellos.

Mirando la vida del otro con lupa.

Corrigiendo. Examinando. Juzgando.

Como si supieran perfectamente qué tiene que hacer el otro para estar bien.

Y entonces aparece una pregunta incómoda:

¿Y qué ocurre cuando esa misma lupa la diriges hacia tu propia vida?

Porque a veces es mucho más fácil mirar hacia fuera que mirar hacia dentro.

Es más fácil detectar el enfado del otro que reconocer el mío.

Más fácil señalar la frustración del otro que sentir la que llevo dentro.

Más fácil decirle a alguien cómo debería vivir que preguntarme cómo estoy viviendo yo.

Y quizá, sin darnos cuenta, nos acostumbramos tanto a mirar fuera que dejamos de preguntarnos qué está pasando dentro.

En una de las sesiones, esto apareció de una manera muy clara.

Esta persona estaba constantemente pendiente de los demás, de sus decisiones, de sus comportamientos, de aquello que hacían o dejaban de hacer.

Pero cuando el foco dejó de estar fuera y volvió hacia ella, apareció algo diferente.

Mirarse no era tan agradable.

Ahí estaban el miedo. La rabia. La frustración. El dolor. Todo aquello que durante tanto tiempo había resultado más fácil observar en los demás que sentir en sí misma.

Y entonces pudo comprender algo:

Quizá no necesitaba seguir corrigiendo el mundo exterior.

Quizá necesitaba empezar a mirar, abrazar y cuidar su propio mundo interior.

Porque cuando toda tu atención está puesta en decirle al otro qué tiene que hacer, quizá estás dejando de escuchar aquello que tú necesitas.

Y no se trata de dejar de ver a los demás.

Se trata de no utilizar la vida de los demás para dejar de mirarte a ti.

Devolver el dedo hacia dentro.

Preguntarte:

¿Qué estoy sintiendo yo? ¿Qué estoy evitando mirar? ¿Qué parte de mí necesita ser escuchada? ¿Qué estoy intentando corregir fuera que me cuesta reconocer den

03/09/2026

“PERO SI ESO YA LO SÉ.”

¿Cuántas veces hemos leído algo que habla exactamente de aquello que estamos viviendo y hemos pensado:

“Esto soy yo.”
“Esto es lo que me pasa.”
“Ahora ya sé de dónde viene.”

Y sentimos incluso cierto alivio.

Porque hemos encontrado una explicación.

Pero hay algo que podemos preguntarnos:

¿Lo sabes tú o lo sabe tu mente?

Porque reconocer una información no significa necesariamente haberla integrado.

Puedes leer sobre el abandono y saber perfectamente lo que significa.

Puedes leer sobre el rechazo y reconocer todos sus patrones.

Puedes leer sobre la rabia, el miedo, la culpa, la necesidad de agradar o el sentirte insuficiente y decir:

“Sí. Esto me pasa.”

Pero...

¿Qué ocurre en tu cuerpo cuando lo lees?

Porque quizá la mente ya tiene una explicación.

Ya tiene una historia.

Ya tiene una palabra para aquello que siente.

Y encontrar esa palabra puede producir alivio.

“Ah... era esto.”

Pero quizá ese alivio no significa que aquello haya desaparecido.

Quizá significa que por fin hemos encontrado una explicación que nos permite sentir que entendemos lo que nos ocurre.

Y sentirse a salvo en lo conocido puede ser muy diferente de permitirnos sentir aquello que todavía no conocemos.

Porque mientras la mente busca una explicación...

el cuerpo sigue sintiendo.

Sigue cargando.

Sigue reaccionando.

Sigue mostrando aquello que todavía no hemos podido escuchar.

Y entonces ocurre algo que escuchamos muchas veces:

“Pero si yo ya lo he trabajado.”

“Ya sé que viene de mi infancia.”

“Ya sé que tengo miedo al abandono.”

“Ya sé que tengo problemas de autoestima.”

“Ya sé por qué hago esto.”

Y entonces aparece otra pregunta:

¿Dónde está eso en ti?

¿Dónde lo sientes?

¿Cómo lo sientes?

¿Qué ocurre en tu cuerpo cuando aparece?

¿Qué haces con esa emoción cuando llega?

¿La escuchas?

¿La permites?

¿La atraviesas?

¿O inmediatamente buscas una explicación para dejar de sentirla?

Porque quizá hemos aprendido a utilizar el conocimiento como una forma de protección.

Si puedo entenderlo, siento que puedo controlarlo.

Si puedo ponerle nombre, sien

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