16/08/2026
𝗦𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗹𝗮 𝗽𝗿𝗲𝘀𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗖𝗶𝗲𝗹𝗼. (𝗣𝗿𝗶𝗺𝗲𝗿𝗮 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗲).
La imponente presencia del cielo ha dejado una profunda huella en la cultura humana en todas las épocas y lugares, hasta un punto que rara vez se aprecia hoy en día.
Solo muy recientemente hemos logrado construir una especie de burbuja ambiental a nuestro alrededor. Apenas una generación después de la llegada del alumbrado público a Estados Unidos, Ralph Waldo Emerson escribió: ‘Uno podría pensar que la atmósfera se hizo transparente con este propósito, para brindar al hombre, en los cuerpos celestes, la presencia perpetua de lo sublime. ¡Vistos en las calles de las ciudades, qué grandiosos son! Si las estrellas aparecieran una noche cada mil años, ¡cómo creerían y adorarían los hombres; y cómo conservarían durante muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que se les mostró! Pero cada noche aparecen estos mensajeros de belleza e iluminan el universo con su sonrisa aleccionadora’.
¿Cómo pudo Emerson imaginar la situación actual, en la que la mayoría de los habitantes de las ciudades ya no tienen idea de lo estupendo que es contemplar un cielo verdaderamente oscuro en una noche despejada? Aún menos personas han contemplado la luminosa Vía Láctea, que se retuerce y ondula al compás de las horas y las estaciones en su resplandeciente recorrido por el firmamento.
Si bien nuestro entorno artificial nos aísla de los elementos y posibilita nuestro estilo de vida moderno, también nos aísla del cielo y de nuestra herencia primordial en un grado sin precedentes. El desafortunado resultado es una comprensión empobrecida de la conexión entre la tierra y el cielo, y una falta de aprecio por la profunda influencia que los fenómenos astronómicos han ejercido históricamente en ámbitos tan dispares como el arte, el mito, la cosmología, la literatura, la música, la filosofía y el entorno construido. ¿Cómo, en efecto, preservaremos el recuerdo de la «ciudad de Dios» de Emerson? No en vano Emerson fue una figura destacada entre los trascendentalistas.
Consideremos la amplia cornisa rocosa de la cueva de Sibudu en Sudáfrica, con su registro de ocho metros de profundidad que atestigua una ocupación humana continua desde hace 77.000 años. O Les Eyzies en la Dordoña, Francia, cuya cueva de Fontde-Gaume es una joya de grabados y pinturas magdalenienses de alrededor del 14.000 adC, y cuyos vestigios culturales y abundancia de herramientas de sílex evidencian una ocupación continua desde el Musteriense (aproximadamente entre el 300.000 y el 30.000 adC). Incluso si existen dudas sobre las capacidades cognitivas de sus parientes lejanos, los neandertales, es seguro que los cromañones (con cerebros un tercio más grandes que los nuestros) que crearon ese maravilloso arte rupestre magdaleniense en el Paleolítico Superior eran humanos modernos no menos inteligentes que nosotros. Desplegaron su gran inteligencia para afrontar los desafíos particulares de su época dentro de los límites de su marco conceptual. ¿Qué pensaban los habitantes de Les Eyzies sobre el espectacular espectáculo nocturno de patrones luminosos que surcaban el cielo? Cuando empezaron a apreciar la regularidad estacional de las distintas configuraciones estelares, ¿qué historias les habrían contado a sus hijos para ayudarles a memorizar los patrones que anunciaban la llegada del salmón para desovar o la migración de los renos, de la que dependía su vida? ¿No habrían poblado el cielo con esas criaturas en sus asociaciones estacionales, junto con objetos de uso cotidiano, tal como lo hicieron posteriormente los antiguos mesopotámicos, egipcios y griegos? Es posible que se conserven notables vestigios de estas imaginaciones en Lascaux y otros lugares, como observó Ludwig Wittgenstein al comentar ‘La rama dorada’ de Frazer.
Que la sombra de un hombre, que tiene la apariencia de un ser humano o su imagen especular, que la lluvia, que la tormenta, las fases de la Luna, el cambio de las estaciones, las semejanzas y diferencias entre animales y personas, los fenómenos de la muerte, del nacimiento y de la vida sexual, en resumen, todo lo que una persona percibe a su alrededor año tras año, interconectado de las más diversas maneras, que todo ello aparezca (desempeñe un papel) en su pensamiento (su filosofía) y sus costumbres es evidente.
Raffaele Pettazoni lo expresa en términos más espirituales:
El cielo, en su inmensidad ilimitada, en su presencia perenne, en su maravillosa luminosidad, es particularmente idóneo para sugerir a la mente del hombre la idea de lo sublime, de una majestad incomparable, de un poder soberano y misterioso. El cielo suscita en el hombre la sensación de una teofanía. Esta es la sensación de una manifestación de lo divino, que encuentra su expresión adecuada en la noción de un Ser Supremo.
Extraido, traducido e interpretado desde Astrology and Cosmology in Early China. Conforming Earth to Heaven, de David W. Pankenier