25/09/2026
✅”ESTABA CERCA Y NO LO VEÍAMOS”
LUCAS 24:15-16
“Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen”.
Hay días en que pedimos una señal de que Dios no nos ha dejado, mientras su cuidado ya viene caminando a nuestro lado. Eso ocurrió en el camino a Emaús. Los discípulos hablaban de la ausencia de Jesús con Jesús mismo. No lo reconocieron, pero su dificultad para verlo no cambió el hecho de que Él estaba allí.
Esa escena resulta profundamente consoladora. Nuestra percepción puede fallar sin que la presencia de Cristo falle. Cuando estamos agotados, heridos o preocupados, la mente suele concentrarse en aquello que confirma el temor. Una puerta cerrada parece abandono; el silencio de una persona se interpreta como rechazo; una demora se vuelve prueba de que nada cambiará. El desánimo estrecha el campo de visión.
Entonces podemos estar recibiendo misericordia y no llamarla misericordia. Quizá llegó como una conversación sencilla, una fuerza inesperada para cumplir el día, un hermano que preguntó cómo estábamos o una decisión prudente que nos libró de algo peor. No todo cuidado de Dios será espectacular. Muchas veces su compañía se descubre en retrospectiva.
ISAÍAS 42:16
“Guiaré a los ciegos por camino que no sabían, les haré andar por sendas que no habían conocido; delante de ellos cambiaré las tinieblas en luz, y lo escabroso en llanura. estas cosas les haré, y no los desampararé”.
La promesa no dice que siempre entenderemos el camino, sino que tendremos un Guía.
Aun con los ojos confundidos podemos seguir la voz del Señor: hacer lo correcto que ya conocemos, pedir sabiduría, mantenernos cerca de personas sanas y evitar decisiones permanentes tomadas en una noche emocionalmente difícil.
También conviene revisar nuestras conclusiones sobre quienes viven con nosotros. A veces el dolor nos hace mirar a la familia únicamente a través de lo que falta. Dejamos de notar un esfuerzo pequeño, una preocupación genuina o un intento torpe de acercarse. No se trata de negar problemas reales ni tolerar conductas dañinas, sino de pedir ojos limpios para que la herida no interprete por nosotros cada gesto.
Podemos practicar esa atención de manera muy concreta. Al terminar el día, recordemos tres momentos en los que recibimos ayuda, fuerza o dirección, aunque hayan parecido ordinarios. No usamos el agradecimiento para cancelar lo difícil; lo usamos para ampliar la mirada. El problema sigue allí, pero ya no ocupa toda la escena. Poco a poco aprendemos a reconocer que la gracia también llega vestida de rutina.
¿Y si hoy Cristo está más cerca de lo que sentimos?
Podemos detenernos unos minutos y pedir: “Señor, muéstranos dónde has estado presente en este camino”. Tal vez no recibamos una explicación inmediata, pero empezaremos a reconocer rastros de gracia.
La vida cristiana no depende de percibir intensamente a Dios en todo momento. Descansa en una verdad más estable: Él prometió no desampararnos. Nuestros ojos pueden tardar en abrirse; Jesús, mientras tanto, continúa caminando con nosotros.