14/04/2025
Pienso que el conocimiento es como una habitación en la que uno pasa mucho tiempo. Podés conocer cada baldosa, cada rincón, cada partícula de polvo. Y esa sensación de dominio puede darte mucha seguridad. Pero un día salís de esa habitación y descubrís que hay un barrio entero que desconoces, lo empiezas a conocer y más tarde descubres que hay un país que desconoces, y a medida que lo recorres, te das cuenta luego que pertenece a un mundo que no conoces... y así. De pronto, todo lo que conocías parece pequeño en comparación.
Y sí, tal vez afuera te sientas más inseguro, porque hay mucho más por descubrir. Pero también es ahí donde empieza el verdadero crecimiento: cuando entendés que cuanto más sabés, más consciente sos de todo lo que ignoras. Y lo contrario —repetir siempre el mismo librito sin confrontarlo— puede darnos una falsa sensación de certeza, pero también nos encierra en una IGNORANCIA CÓMODA. Una ignorancia que rechaza lo nuevo no porque sea erróneo, sino porque desafía lo establecido. Y para colmo, la ignorancia no siempre se nota: a veces está disfrazada de erudición. Repetir teorías conocidas puede parecer sabiduría, pero ¿qué pasa cuando aparece una idea que incomoda? ¿La rechazamos o la exploramos?
Para mí, ampliar el conocimiento es también ampliar la humildad: aceptar que no sabemos todo, que podemos estar equivocados, que hay más de una forma de ver y comprender el mundo. Puede generar una que nos llevará a profundizar más. Y que eso no debilita nuestra práctica, sino que la vuelve más consciente, más flexible, más humana y, de seguro, con mucho más conocimiento.
¿Estás encerrada/o en una habitación o ya saliste? Contame.