02/06/2026
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Cuando la vida rompe el camuflaje
Después de más de dos décadas acompañando a personas neurodivergentes y a sus familias, hay algo que he visto repetirse una y otra vez.
Personas que estudiaron, trabajaron, criaron hijos, sostuvieron responsabilidades y parecían desenvolverse sin grandes dificultades.
Desde fuera, todo parecía encajar.
Pero muchas veces ese equilibrio se sostenía sobre un esfuerzo enorme que nadie veía.
Rutinas muy estrictas. Horas extra de preparación. Perfeccionismo. Estrategias para compensar olvidos, despistes, dificultades sociales o una regulación emocional más compleja.
Hasta que la vida cambia las reglas.
Una enfermedad, una pérdida, una separación, problemas económicos, un agotamiento prolongado o una experiencia traumática pueden hacer que esos recursos ya no sean suficientes.
Y entonces aparecen dificultades que siempre habían estado ahí, pero que permanecían ocultas tras años de adaptación y sobreesfuerzo.
Por eso muchas personas reciben un diagnóstico en la edad adulta.
No porque el trastorno haya aparecido de repente.
Sino porque ya no queda energía para seguir sosteniendo el camuflaje.
Creo que uno de los errores más frecuentes es interpretar este proceso como una falta de capacidad o una debilidad personal.
Mi experiencia me dice exactamente lo contrario.
Con frecuencia estamos viendo a personas que han hecho un esfuerzo extraordinario durante años para funcionar en entornos que no estaban diseñados para ellas.
Quizá diagnosticar mejor también significa entender esto: no basta con observar cómo funciona una persona cuando todo va bien.
También debemos comprender qué ocurre cuando la vida la pone al límite.
Porque muchas veces es en ese momento cuando entendemos realmente cuáles son sus necesidades de apoyo.
Anna López Campoy
Presidenta de TDAH Vallès