29/07/2026
Hay momentos en los que sentimos que, si conseguimos controlar todo lo que nos rodea, estaremos a salvo. Planificamos, anticipamos, revisamos una y otra vez cada detalle. Y, durante un instante, el control nos da una sensación de calma.
Pero esa seguridad suele tener un arma de doble filo.
Porque cuanto más intentamos controlar lo incontrolable, más dependemos de que las cosas salgan exactamente como esperamos. Y cuando la vida —que inevitablemente es impredecible— toma otro rumbo, aparece la frustración, la ansiedad y la sensación de haber perdido el control.
No se trata de dejar de planificar o de renunciar a la organización, sino de aceptar que hay una parte que siempre se escapará de nuestras manos. Y esto no significa que el control sea algo negativo: muchas veces ha sido la estrategia que nuestro cerebro encontró para protegernos, afrontar situaciones difíciles o incluso sentirnos seguros cuando el entorno era impredecible. El problema aparece cuando esa estrategia deja de ayudarnos y empieza a limitarnos. Agradecer la función que tuvo no impide reconocer que, en el presente, puede haberse convertido en una fuente de ansiedad y rigidez.
Por todo ello, pregúntate: ¿qué ha significado el control en mi vida y de dónde pude haberlo aprendido?
Post de Patricia Soler Patricia Soler | Psicóloga Sanitaria