Mercedes Lage Psicología Clínica

Mercedes Lage Psicología Clínica Reflexiones de una psicóloga en Santiago


Consulta inscrita en el Registro de Centros Sanitarios de Galicia nº C-15.003414

06/08/2026

En los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno cada vez más frecuente: hijos adultos que deciden romper la relación con sus padres. Detrás de cada historia hay un sufrimiento que merece ser escuchado sin prisas y sin simplificaciones.

Como psicóloga, me preocupa una idea que escucho con frecuencia: que somos los psicólogos quienes fomentamos estas rupturas al hablar de trauma, límites o relaciones tóxicas. Nada más lejos de la realidad.

Nuestra labor no consiste en decir a nadie con quién debe relacionarse o de quién debe alejarse. No trabajamos con eslóganes ni con soluciones universales. Cada historia es única y cada vínculo merece ser comprendido en toda su complejidad. Intentamos aliviar el sufrimiento, no empobrecer la vida de las personas privándolas de relaciones valiosas.

También es cierto que vivimos en una sociedad que tolera cada vez menos los vínculos imperfectos, los que exigen paciencia, conversación, renuncias o esfuerzo. A veces confundimos poner límites con romper, y protegernos con desaparecer. No todas las relaciones difíciles son relaciones dañinas.

Siempre que sea posible, creo que una despedida explicada, respetuosa y honesta es más saludable que un silencio definitivo. Cerrar una relación también forma parte del cuidado hacia uno mismo y hacia el otro. Solo en situaciones de maltrato, abuso o violencia puede ser necesario marcharse sin dar explicaciones, porque la prioridad pasa a ser la protección.

Quizá el verdadero reto no sea decidir entre quedarse o irse, sino aprender a distinguir cuándo un vínculo necesita distancia y cuándo lo que necesita es diálogo, comprensión y la oportunidad de cambiar.

Las relaciones humanas son complejas. Y precisamente por eso merecen menos etiquetas y más matices.

02/06/2026
HAY PERSONAS A LAS QUE NO AMAMOS: NOS ENGANCHAMOS Y no, no es lo mismo.Porque el amor, aunque duela, no suele destruir l...
25/05/2026

HAY PERSONAS A LAS QUE NO AMAMOS: NOS ENGANCHAMOS

Y no, no es lo mismo.

Porque el amor, aunque duela, no suele destruir la identidad de uno. El amor real termina pareciéndose a nosotros mismos: a nuestra forma de cuidar, de estar, de vincularnos, de mirar al otro sin dejar de habitarnos.

El enganche, no.

El enganche amoroso es otra cosa. Es una forma de obsesión, de dependencia, de necesidad. Un estado en el que uno deja poco a poco de ser quien era y empieza a vivir pendiente de pequeñas dosis emocionales: un mensaje, una llamada, una mirada, s**o, una reconciliación, una promesa. Y como toda adicción, cada alivio dura poco y cada vez se necesita más.

He visto personas muy inteligentes, muy equilibradas y muy sensatas perderse completamente dentro de relaciones así. Personas que sabían perfectamente que aquello les hacía daño y que, aun así, no podían salir. Porque entender algo no significa poder resolverlo. La conciencia ayuda, sí, pero no desmonta por sí sola un circuito de dependencia emocional.

Y además hay mucha banalización con esto. Mucha frase fácil de “si te hace daño, vete”, “quiérete más”, “bloquéalo y ya”. Ojalá fuera tan sencillo.

Cuando alguien entra en este tipo de vínculo, muchas veces queda atrapado en una especie de disociación emocional. El entorno lo ve claro desde fuera, pero quien está dentro vive atrapado entre el sufrimiento y la esperanza, entre la humillación y la necesidad, entre saber que debe irse y sentir que no puede hacerlo.

Y quiero insistir en algo importante: nadie está completamente inmunizado frente a esto.

Sí, determinadas historias personales pueden favorecerlo. Sí, ciertas carencias afectivas, heridas o inseguridades aumentan el riesgo. Pero a veces basta un momento vulnerable de la vida, una necesidad emocional concreta, una química intensa o una persona especialmente seductora para que alguien aparentemente fuerte termine profundamente atrapado.

¿Y cómo se sale de ahí?

No se sale con sermones. No se sale avergonzando al que sufre. Y desde luego no se sale juzgándolo.

Se sale poco a poco. Con apoyo. Con estructura. Con rutinas nuevas. Con presencia de otras personas. Con pequeños actos cotidianos que devuelvan identidad y realidad. Con paciencia frente a las recaídas emocionales. Y con algo fundamental, aunque sea durísimo: contacto cero.

Porque mientras el vínculo siga activo, aunque sea intermitente, el circuito sigue alimentándose.

Al principio aparece mucho vacío. Mucha apatía. Incluso sensación de vida plana. Porque muchas veces la intensidad sexual y emocional funcionaba como regulación interna y el cerebro interpreta la pérdida como abstinencia.

Pero después empieza a ocurrir algo muy importante: uno vuelve lentamente a sí mismo.

Vuelve la calma.
Vuelve el eje.
Vuelve la capacidad de pensar sin ansiedad permanente.
Y un día uno descubre que ya no necesita sobrevivir pendiente de alguien.

Y ahí empieza de verdad la recuperación.

MASKING O ENMASCARAMIENTO AUTISTAEl enmascaramiento o masking se refiere a la práctica de ocultar o suprimir característ...
18/05/2026

MASKING O ENMASCARAMIENTO AUTISTA

El enmascaramiento o masking se refiere a la práctica de ocultar o suprimir características y comportamientos autistas para adaptarse mejor a las expectativas sociales. En otras palabras, las personas autistas aprenden a imitar comportamientos neurotípicos (es decir, conductas típicas de personas no autistas) para poder encajar en la sociedad. Esto puede implicar: • controlar expresiones naturales • forzar contacto visual • imitar gestos o formas de hablar • “actuar” de una forma socialmente aceptada. Aunque desde fuera puede parecer adaptación, internamente suele implicar un gran esfuerzo cognitivo y emocional.

Es un tema muy interesante y que suscita un gran debate en la actualidad. Por una parte, el aumento de autodiagnóstico en redes, la expansión del término “neurodivergente”, con el consiguiente sobreetiquetado sin evaluación clínica, pero , por otra parte, también infradiagnóstico y perfiles enmascarados.

Lo reseñable para mí de todo este debate es que reasigna la necesidad de devolver a quien corresponda la tarea de diagnosticar, en este caso, a los psicólogos clínicos.

Porque el enmascaramiento social existe en múltiples cuadros. Por ejemplo, comparando este rasgo entre autistas, personas con ansiedad social o las que presentan un trastorno obsesivo de la personalidad.

En el caso de los obsesivos, su sensación de guión interno permanente y su rigidez “debe hacerse bien” es distinta por completo al masking autista, que no es moral, es regulatorio. No se vive como un ideal sino como un pasaporte para infiltrarse y camuflarse. Y a su vez se diferencia de la ansiedad social porque no es necesariamente siempre evitativo. Aunque terminen agotados, no siempre rehúyen el contacto social.

El masking, en resumen, se vive así en estos tres tipos de personas: Autismo: “Tengo que aprender cómo funciona lo social.” Ansiedad social: “Sé cómo hacerlo, pero me da miedo hacerlo mal.” Obsesivo: “Tiene que salir perfecto según mis reglas internas.”

Y todo esto, por dar unas pinceladas simplificadas de un modo de calibrar uno de los múltiples rasgos que han de juntarse para diagnosticar un cuadro clínico. Afición muy extendida en la actualidad, paradójicamente por muchas personas que rehúyen las etiquetas y los estigmas asociados. Pero ya que esta afición existe, ojalá sirvan estas palabras para no pensar que por tener algún tipo de enmascaramiento social uno es autista o por ver a alguien relacionarse muy bien con otros, no lo es. En contra de lo que puede desprenderse en las redes y mucha de la divulgación existente, lo psicológico no es nada simple, ni superficial, ni generalista.

Ahora, que, afortunadamente, la terapia forma parte normalizada y frecuente en nuestras vidas, podemos cuestionarnos por...
12/05/2026

Ahora, que, afortunadamente, la terapia forma parte normalizada y frecuente en nuestras vidas, podemos cuestionarnos por qué en algunos casos no funcionan como desearíamos.
Voy a enunciar algunas de las cosas que pueden deteriorar la terapia, por parte del terapeuta, del consultante y de ambos.
Por parte del terapeuta puede desviar el resultado de la terapia cosas como:
* Convertir cada sesión en validación emocional sin trabajo profundo.
* Hablar demasiado.
* Tener miedo al silencio.
* Querer gustar al paciente.
* Interpretar demasiado pronto.
* Dar consejos para calmar su propia ansiedad.
* Confundir empatía con ausencia de límites.
(Por supuesto, he incurrido en todos ellos en alguna ocasión.)

Por parte del paciente o consultante, pueden sabotear los resultados algunas de estas actitudes:
* Ir a terapia esperando alivio inmediato.
* Usar la sesión solo para descargar.
* Mentir por vergüenza.
* Buscar constantemente técnicas nuevas sin profundizar.
* Querer comprensión sin asumir responsabilidad.
* Esperar motivación antes de actuar.
* Ir a terapia para confirmar la propia narrativa.

En general, por parte de algunos pacientes, mostrarse muy pasivos o cerrados y a la defensiva dificulta mucho el avance.

Y por parte de ambos, terapeuta y paciente, las trampas o desvíos que más frecuentemente pueden darse son:

* El pacto inconsciente de no tocar lo importante.
* La terapia convertida en compañía emocional.
* La evitación mutua del conflicto.
* El miedo compartido al alta.

Afortunadamente, cada vez hablamos más explicitamente de cómo están yendo las cosas, y este tipo de bloqueos son, cada vez más excepcionales. Pero, por si acaso algo no ha funcionado esta mini guía nos puede orientar a todos.

Una de las cosas que más se perciben con la edad son los errores que se cometieron. Durante décadas quedaron apartados, ...
11/05/2026

Una de las cosas que más se perciben con la edad son los errores que se cometieron. Durante décadas quedaron apartados, a veces por inconsciencia, a veces porque la propia vida arrolla y no deja espacio para mirar atrás. Pero llega un momento en que las líneas ya están trazadas y entonces aparece la culpa por aquello que hicimos mal y, más difícil todavía, la vergüenza de haber sido quien lo hizo.

Decisiones tomadas desde la prisa. Vínculos que no se cuidaron. Palabras que hirieron. Silencios que pesaron mucho más de lo que entonces quisimos reconocer.

“Si volviera a nacer haría exactamente lo mismo”, “No me arrepiento de nada” o “Todo fue necesario para convertirme en quien soy” son frases que admiro en quien las siente de verdad. Pero no es mi caso. Y cada vez acompaño a más personas que sienten también esa pena serena de no haber sabido, o no haber podido, hacer las cosas de otra manera. De haber aprendido demasiado tarde.

Pero la pena es soportable. Lo verdaderamente importante es ajustar las cuentas con la vergüenza. Renegar de quien uno fue, recortar fotografías, apartar la mirada de los testigos incómodos del pasado… eso no es madurez. Eso es seguir en guerra con uno mismo.

Madurar es asumirse entero. Y la madurez con sabiduría consiste en no regodearse ni quedarse anclado, pero tampoco negarse. Porque yo no sé si habría llegado a ser quien soy de otra manera. Pero sí sé que quiero sentirme bien acompañada por mí misma. Llena de mí. Con una identidad formada por todas las mujeres que fui y también por las que dejé de ser.

No quiero amputarme nada. Y aunque esta forma de mirar mi vida no siempre me traiga paz, sí me deja una certeza mucho más importante: toda mi vida, fue verdad.

SOLTAR EL CONTROLSoltar el control no es rendirse. Es dejar de pelearte con algo que, en realidad, nunca has podido cont...
04/05/2026

SOLTAR EL CONTROL

Soltar el control no es rendirse. Es dejar de pelearte con algo que, en realidad, nunca has podido controlar del todo.

Hay personas que viven con una tensión constante por dentro. Necesitan anticipar, prever, organizar, comprobar, asegurar… como si así pudieran evitar que algo salga mal. Y durante un tiempo funciona. Da sensación de seguridad. Pero a medio plazo agota. Y a largo plazo encoge la vida.

El control no es el problema. El problema es cuando el control deja de ser una herramienta y se convierte en una forma de respirar.

Soltar no significa caos. Significa aprender a distinguir entre lo que depende de ti y lo que no, y dejar de invertir energía en lo segundo como si fuera urgente.

Algunas ideas que ayudan cuando el control se ha vuelto demasiado rígido:

– Pregúntate: “¿Esto lo puedo resolver o solo lo estoy intentando asegurar?”
No es lo mismo actuar que controlar.

– Entrena micro-soltadas. Pequeñas decisiones donde no optimizas, no revisas dos veces, no anticipas todo. Y observas que el mundo no se cae.

– Tolera la incomodidad de no saber. Esa es la parte difícil. El control calma a corto plazo, pero la incertidumbre es la única forma real de vivir.

– Reduce rituales de comprobación. Cada vez que revisas “por si acaso”, estás enseñando a tu sistema nervioso que no es seguro.

– Y sobre todo: cambia la pregunta de “¿y si sale mal?” por “¿y si sale bien sin que yo lo fuerce?”

Soltar el control no es confiar en que todo irá bien. Es aceptar que no todo depende de ti, y que aun así puedes sostenerte.

La vida no se abre cuando lo tienes todo bajo control. Se abre cuando dejas un poco de espacio para que ocurra algo que no habías previsto.

EL TRAUMA DEL EXCESOSiempre que escuchamos hablar de traumas de infancia, lo primero que se nos viene a la cabeza son ab...
29/04/2026

EL TRAUMA DEL EXCESO

Siempre que escuchamos hablar de traumas de infancia, lo primero que se nos viene a la cabeza son abandonos, abusos y carencias. Pocas veces pensamos que el trauma también puede ser por exceso: por hiperprotección, por exceso de mimos, cuidados, regalos o facilidades. Y tal vez sea precisamente este modelo educacional, que tampoco es elegido, el que deja más mutilada a la persona.

El adulto que fue sobreprotegido tiene sus alas cortadas: no sabe enfrentarse al mundo, no es capaz por sí mismo de proveerse cuidados y tampoco es capaz de procurarse relaciones de reciprocidad. Es capaz de dar y de amar, pero puede inundar al otro con algo que el otro ni quiere ni puede aceptar. Avanza por la vida esperando una gratificación inmediata y que se le den las cosas hechas. Se torna dependiente y disfuncional.

En verdad, una forma segura de destrozarle la vida a un hijo es darle todo hecho y más. Para colmo, lo conviertes en alguien odioso en su entorno: el resto de la familia lo repudia y, en general, se le considera un cero a la izquierda. Puede ser que sobreviva en ese modo durante todas sus edades, pero lo más frecuente, si el consentido tiene cierta inteligencia emocional, es que en algún momento, tras darse de bruces con la realidad, tendrá que empezar a construirse, a desarrollar habilidades, a postergar, a frustrarse, a complicarse y a tomar las riendas de su vida. Un renglón apenas en el que no cabe ni por asomo el titánico trabajo que esto supone.

26/04/2026

CÓMO ENTRENAR LA FORTALEZA MENTAL

1. No evites estar sola.
Ahí es donde aparecen tus patrones. Si no puedes sostenerte contigo, te dominarán.
2. No vivas en el pasado.
Revisarlo sirve para entender, no para quedarte atrapada.
3. Deja de esperar que la vida sea justa.
Aceptar la realidad reduce frustración innecesaria.
4. No busques resultados inmediatos.
El cambio real es lento y muchas veces invisible.
5. No te dejes llevar por lo inmediato.
La impulsividad calma a corto plazo, pero debilita a largo.
6. No intentes gustar a todo el mundo.
Cuando buscas aprobación, te pierdes.
7. No te instales en la queja.
El foco no es “por qué a mí”, sino “qué hago ahora”.
8. No gastes energía en lo que no controlas.
Tu margen está en tus decisiones, no en el contexto.
9. No pongas tus emociones en manos de otros.
Regularte es tu responsabilidad.
10. No te compares.
Cada proceso tiene su ritmo. Compárate contigo.
11. No evites lo que te toca hacer.
La evitación alivia hoy, pero te debilita mañana.
12. No abandones al primer fallo.
El error forma parte del proceso, no lo invalida.

La fortaleza mental no es no sentir.
Es no quedar atrapada en lo que sientes.

Entrenar la mente no es opcional.
Es lo que sostiene todo lo demás.

mental mental

COSAS QUE ESCUCHO EN CONSULTA A veces no se va una persona…Laura no estaba en una relación larga ni especialmente intens...
20/04/2026

COSAS QUE ESCUCHO EN CONSULTA

A veces no se va una persona…
Laura no estaba en una relación larga ni especialmente intensa. Pero había conexión, planes, continuidad. Intimidad. Hasta que un día dejó de haber respuestas. Primero horas. Luego días. Luego nada. Ningún cierre. Ninguna explicación. Solo ese vacío moderno que parece educado, pero es brutal: el silencio.
Lo que más le dolía no era la pérdida en sí. Era la ausencia de realidad para procesarla.
“No sé si hice algo mal, si pasó algo, si simplemente dejó de importarle… o si yo nunca fui tan importante como creí”, decía.
Y ahí está el núcleo del ghosting: no es solo desaparición. Es dejar al otro sin relato. Sin historia clara. Sin suelo.
El problema no es que alguien se vaya.
Es que te deje dentro de una pregunta abierta que te comes tú solo.
Porque cuando no hay despedida, la mente no cierra: inventa. Y casi siempre, se culpa.
Y quizá la parte más dura no es la falta de amor del otro… sino cómo esa forma de irse puede erosionar la confianza en uno mismo.
Y aprender a nombrarlo también es una forma de volver a uno. A mi me gusta más la expresión en español; desaparecer como un fantasma es muy parecido a serlo.

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