06/08/2026
En los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno cada vez más frecuente: hijos adultos que deciden romper la relación con sus padres. Detrás de cada historia hay un sufrimiento que merece ser escuchado sin prisas y sin simplificaciones.
Como psicóloga, me preocupa una idea que escucho con frecuencia: que somos los psicólogos quienes fomentamos estas rupturas al hablar de trauma, límites o relaciones tóxicas. Nada más lejos de la realidad.
Nuestra labor no consiste en decir a nadie con quién debe relacionarse o de quién debe alejarse. No trabajamos con eslóganes ni con soluciones universales. Cada historia es única y cada vínculo merece ser comprendido en toda su complejidad. Intentamos aliviar el sufrimiento, no empobrecer la vida de las personas privándolas de relaciones valiosas.
También es cierto que vivimos en una sociedad que tolera cada vez menos los vínculos imperfectos, los que exigen paciencia, conversación, renuncias o esfuerzo. A veces confundimos poner límites con romper, y protegernos con desaparecer. No todas las relaciones difíciles son relaciones dañinas.
Siempre que sea posible, creo que una despedida explicada, respetuosa y honesta es más saludable que un silencio definitivo. Cerrar una relación también forma parte del cuidado hacia uno mismo y hacia el otro. Solo en situaciones de maltrato, abuso o violencia puede ser necesario marcharse sin dar explicaciones, porque la prioridad pasa a ser la protección.
Quizá el verdadero reto no sea decidir entre quedarse o irse, sino aprender a distinguir cuándo un vínculo necesita distancia y cuándo lo que necesita es diálogo, comprensión y la oportunidad de cambiar.
Las relaciones humanas son complejas. Y precisamente por eso merecen menos etiquetas y más matices.