24/04/2026
"Shu jo muhen sei gan do (Por innumerables que sean los seres, hago voto de liberarlos a todos)"
Cuando recitamos al final del zazen de la tarde los votos del bodhisattva, estamos actualizando nuestro compromiso con el espíritu de la práctica misma. Estos votos representan una paradoja maravillosa: nos comprometemos a realizar tareas que, por definición, son "infinitas". No se trata de "terminar" el trabajo para obtener una recompensa, sino de orientarnos hacia la compasión y la determinación en cada momento.
Estos votos suponen el fin de nuestra ambición personal. Si nos ponemos una meta alcanzable, podemos decir: "¡Lo logré, soy un gran practicante!". Pero ante una tarea literalmente imposible, nuestra mente se rinde. No hay medalla al final porque no hay final. Eso nos obliga a centrarnos en el proceso y no en el resultado.
Quizás no podamos salvar a todos los seres, pero podemos tratar con compasión al que tenemos frente a nosotros ahora mismo. Al ser una meta infinita, nuestro esfuerzo se vuelve infinito para con cada uno de los seres.
Pero, en última instancia, para salvar a todos los seres, el Bodhisattva debe comprender que, en realidad, no hay 'seres' que salvar" ya que mientras veamos a los demás como "otros" separados de nosotros, la tarea es imposible. Ayudar al otro es simplemente ayudarnos a nosotros mismos. Es como si nuestra mano derecha curara a nuestra mano izquierda; no es un "gran sacrificio", es lo natural.
Estos votos, chocan frontalmente con nuestra mentalidad occidental de "objetivos y resultados". Pero en nuestra práctica, esta imposibilidad de llegar al final se usa para cultivar una determinación inquebrantable. Decir: "Sé que es imposible, y, aun así, decido dedicar mi vida a ello", rompe la lógica del beneficio personal y nos libera así de la tiranía de nuestra mente en su afán de querer llegar siempre a algún sitio.