25/05/2026
La paradoja de la vivencia infantil. Nunca se ha hablado tanto de salud mental infantil y, sin embargo, nunca habíamos visto a tantos niños y niñas emocionalmente agotados, hiperestimulados y desconectados de sí mismos.
Detrás de un síntoma siempre hay sufrimiento.
Siempre.
Y eso no debería olvidarse jamás.
Pero reconocer el sufrimiento emocional no implica negar la existencia de los trastornos del neurodesarrollo. Ahí es donde el debate actual, en ocasiones, corre el riesgo de caer en simplificaciones peligrosas.
El TDAH no es simplemente “un niño o una niña distraída”.
No es únicamente el resultado de un sistema educativo rígido, del exceso de pantallas o de una sociedad acelerada. Existe una base neurobiológica real, ampliamente respaldada por la neuropsicología y la neurociencia, que afecta al desarrollo y funcionamiento de las funciones ejecutivas: la atención sostenida, la memoria de trabajo, el control inhibitorio, la planificación, la flexibilidad cognitiva, la regulación emocional o la tolerancia a la frustración.
Negar esa realidad no protege a los niños y niñas.
Pero reducir toda dificultad a una etiqueta diagnóstica descontextualizada tampoco.
Porque hay otra verdad igualmente evidente: el entorno actual está moldeando cerebros cada vez más acostumbrados a la inmediatez y menos entrenados para la autorregulación.
Vivimos rodeados de hiperestimulación constante.
Pantallas que cambian de estímulo en segundos.
Vídeos breves.
Recompensa inmediata.
Multitarea permanente.
Sobrecarga sensorial.
Poca espera.
Poco silencio.
Poco aburrimiento.
Y, sin embargo, el cerebro infantil necesita precisamente lo contrario para madurar.
Las funciones ejecutivas no aparecen de forma espontánea. Se construyen lentamente, a través de experiencias repetidas de vínculo, regulación, juego libre, espera, organización, frustración tolerable y acompañamiento emocional. Necesitan tiempo. Necesitan presencia. Necesitan adultos disponibles y entornos suficientemente estables.
Cuando un niño o una niña crece en un contexto que estimula constantemente pero regula poco, que entretiene mucho pero contiene poco, el sistema nervioso puede acabar funcionando en modo de alerta permanente o en búsqueda continua de recompensa inmediata. Y entonces aparecen dificultades atencionales, impulsividad, irritabilidad, intolerancia a la frustración o desconexión emocional que pueden parecerse enormemente a un TDAH… o intensificar un TDAH ya existente.
Ahí reside uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo:
distinguir entre un trastorno del neurodesarrollo y un cerebro saturado por un entorno que dificulta el desarrollo de las capacidades autorregulatorias.
Porque no todo niño o niña desatenta tiene TDAH.
Pero también es cierto que muchos niños y niñas con TDAH están creciendo en contextos que empeoran significativamente sus dificultades.
El problema nunca ha sido hablar de diagnósticos.
El problema aparece cuando olvidamos el contexto humano en el que esos síntomas emergen.
A veces pedimos a los niños y niñas una capacidad de autorregulación que el propio sistema erosiona constantemente.
Les exigimos atención sostenida mientras viven hiperestimulados.
Les pedimos tolerancia a la frustración en una cultura diseñada para evitar cualquier espera.
Les reclamamos calma emocional en entornos donde también las personas adultas vivimos agotadas, aceleradas y desbordadas.
Quizá, entonces, una de las preguntas más importantes no sea únicamente:
“¿Qué trastorno tiene este niño o esta niña?”
Sino también:
“¿Qué necesita este cerebro para poder desarrollarse de una manera más saludable?”
Porque etiquetar sin comprender puede dañar.
Pero negar el sufrimiento neurobiológico también.
Y tal vez la verdadera tarea no consista en elegir entre biología o contexto, sino en comprender que ambos dialogan constantemente dentro de cada niño y cada niña. Lola Muñoz-Suazo