19/06/2026
El género no es solo una identidad individual.
También es una forma de reconocimiento, una manera en la que el mundo nos lee, nos ubica, nos responde y nos asigna un lugar.
Ser reconocid@ como hombre o como mujer, como masculino o como femenino, puede ofrecer pertenencia, continuidad, inteligibilidad. Puede dar un lugar desde el que existir ante otras personas.
Pero ese lugar no es neutro, viene acompañado de condiciones.
De mandatos.
De expectativas.
De prohibiciones.
De formas correctas e incorrectas de habitar el cuerpo, el deseo, la vulnerabilidad o la relación con otras personas.
La masculinidad hegemónica puede encerrar a muchos hombres en la dureza, el control, la autosuficiencia, la desconexión emocional o la necesidad de demostrar potencia.
La feminidad hegemónica puede encerrar a muchas mujeres en la complacencia, el cuidado sin descanso, la belleza obligatoria, la culpa, la disponibilidad afectiva o la dificultad para ponerse en primer lugar.
Y, al mismo tiempo, esas categorías no desaparecen simplemente porque las critiquemos. También nos sujetan. Nos dan un lugar social desde el que ser reconocid@s. Por eso la cuestión clínica no es negar toda categoría, sino preguntarnos qué precio psíquico paga cada persona por tener que encajar en ella.
Desde una mirada relacional, el trabajo no consiste en decirle a nadie cómo debe nombrarse ni cómo debe vivir su género.
Consiste en abrir un espacio donde pueda preguntarse:
qué parte de su género siente propia,
qué parte fue una adaptación,
qué parte le da reconocimiento,
qué parte le produce sufrimiento,
y qué mandatos necesita empezar a desobedecer para vivir con más libertad.
No se trata de vivir sin género. Se trata de no quedar totalmente atrapad@s en sus mandatos.