27/10/2026
Hay historias que empiezan en los márgenes y terminan convirtiéndose en el centro.
En el arte clásico japonés, el bonsái es un pequeño árbol que se presenta acompañado junto a su sh*takusa (literalmente, «hierba de debajo»). El Sh*takusa tiene un papel humilde y secundario; sugiere la estación o el entorno natural, pero sin restarle jamás protagonismo al árbol principal.
Lo curioso de esta pieza secundaria es que con el tiempo comenzó a tener voz propia. Comenzó a ser un detalle significativo al que prestar atención a su estructura, cuidando con mimo y calma en cada milímetro. Nació un arte independiente para llegar a crear historias por si misma y obteniendo un nombre propio: Kusamono.
Se que parece que te estoy contando un cuento, mas que chino, Japones. Y no digo que no. Lo curioso de haber ido a Niwa es que me ha puesto la mirada en ese detalle. En la importancia de lo más mundanamente pequeño y como a veces
empezamos siendo un detalle al margen, compartiendo un espacio o un contexto concreto sin sospechar la magnitud de lo que vendrá.
Esto ocurre con las relaciones y en concreto con las personas con la que compartí el taller.
A veces empezamos siendo un detalle al margen, compartiendo un espacio o un contexto concreto sin sospechar la magnitud de lo que vendrá. Y, de pronto, el vínculo cobra un valor propio, único y luminoso, volviéndose independiente del entorno donde nació.
Este taller tuvo lugar como un regalo. Lo mejor es que el taller era lo de menos. El regalo era compartir tiempo. Y así es como entre tierra, musgo y plantas, terminé viendo el Kusamono que había construido con las personas que ahí estábamos como regalo: un pequeño mundo de apoyo y cuidado con voz propia. 🌿✨