02/07/2026
CRÓNICA DE UNA VIDA AFORTUNADA
(Mientras el destino escribe)
Apenas faltan unas horas para mi cumpleaños y, como quien se asoma al balcón de una casa antigua para contemplar el paisaje que ha ido construyendo sin apenas darse cuenta, vuelvo la vista atrás, y no lo hago con nostalgia amarga ni con la tentación de corregir el rumbo de lo ya vivido. Lo hago con gratitud.
Han transcurrido cincuenta años desde que terminé la licenciatura de Medicina. Medio siglo. Dicho así, parece el título de un libro ajeno, la biografía de otro hombre. Sin embargo, cierro los ojos y todavía puedo verme recorriendo los pasillos del hospital con la bata demasiado blanca y demasiado grande para mi juventud y una mezcla de cansancio y entusiasmo que entonces confundía con la normalidad.
Fui alumno interno en la cátedra de Pediatría y Puericultura de la Facultad de Medicina de Valencia y durante los tres últimos años de la licenciatura pasé allí más tiempo que en mi propia casa. Aprendí a reconocer el llanto de los niños, la preocupación silenciosa de los padres y la enorme responsabilidad que implicaba sostener entre las manos la fragilidad de una vida que apenas comienza.
Al mismo tiempo, estirando los días y las horas tanto como me era posible, atendía las obligaciones académicas del resto de asignaturas (cada una era una de las especialidades del ejercicio de la medicina) que iban modelando mi formación como médico, desde la medicina interna a la medicina legal, pasando por la oftalmología, ginecología, otorrino… y un largo etcétera.
La Medicina era entonces un territorio inmenso y fascinante al tiempo que vivía convencido de que el conocimiento era una patria sin fronteras y de que el sacrificio de aquellos años tendría algún sentido en un futuro que todavía no alcanzába a comprender, ni yo ni supongo un elevado porcentaje de mis compañeros de promoción.
De ningún modo podía imaginar qué me depararía el destino, y ni mucho menos sospechaba que transcurridos más de dos decenios de ejercicio profesional daría un giro a mi actividad, dejaría de acudir a sesiones y congresos de Pediatría y comenzaría una nueva etapa adentrándome de pleno en la salud mental, especialidad en la que me formaría y ejercería profesionalmente. O dicho de otro modo, cambié el fonendoscopio por la escucha atenta de los miedos, las obsesiones, las tristezas y las esperanzas de quienes sufrían en silencio, y poco apoco descubrí que la mente humana era un universo inagotable y que aliviar el dolor del alma exigía tanta ciencia como humildad por parte del profesional.
Así fue como di un giro a mi vocación y tuve la fortuna de ejercer dos formas distintas de la misma vocación, y así ha sido como ha transcurrido el tiempo hasta llegar a mi etapa actual en la que poco apoco me he ido convirtiendo en una persona mayor que intenta no pensar únicamente en la edad y en las limitaciones que esta impone sino más bien en el legado de mi experiencia, una colección de victorias y derrotas que bien asimiladas nos enseñan a mirar con indulgencia tanto a los demás como a nosotros mismos, algo que cada vez más me ha hecho propenso a reflexionar, cada vez con más frecuencia, sobre mi pasado, sobre mi presente, sobre mi futuro, sobre los rostros de los que ya no están y los de aquellos que aún permanecen, sobre las decisiones acertadas y aquellas que tomé sin saber adónde me conducirían, sobre las alegrías inesperadas y las pérdidas que creí insoportables y acabaron convirtiéndose en maestras silenciosas.
Sigo amando la música como siempre hice desde que mi madre, una excelente violinista, me animó a estudiar solfeo. La música siempre estuvo presente en mi infancia. Transcurrido el tiempo hubo una época en la en la que componía y me sentaba con frecuencia al teclado para dialogar con las notas, como si cada cada una de ellas supiera dónde encajarlas hasta conseguir melodías que para mí consistían un modo distinto y singular de ordenar el mundo, algo que hace años dejé de hacer con regularidad aunque, no obstante,la música nunca la haya abandonado ni ella a mi tampoco.
Hace pocos años, un día, mientras sonaba la canción “Stand by Me” sentí la necesidad de tocarla al teclado y la grabé colgándola después en YouTube donde aún debe seguir como tantas otras composiciones propias y ajenas como he ido añadiendo a la plataforma.
Ejemplos como este me han enseñado a comprender que hay pasiones que no desaparecen sino, por el contrario, aguardan pacientemente a que volvamos a llamarlas por su nombre. Y así me gustaría seguir haciéndolo de vez en cuando al tiempo que también escribo para dejar constancia de mis reflexiones y hasta juego de vez en cuando a ser poeta.
Aunque estoy jubilado según dicen los hechos y mi edad, sigo sin embargo atendiendo a algunos pacientes, eso sí, muy pocos y elegidos con cuentagotas. Y esto es así porque la Medicina no ha sido solo mi profesión sino algo que siempre ha formado parte de mi manera de ser y de estar en el mundo. Algo que habita y define mi forma de escuchar, de preguntar, de preocuparme… y es que uno puede cesar en su actividad, pero nunca abandona, al menos del todo, esa mirada y esa actitud del médico que intenta aliviar, comprender y acompañar a quienes puedan necesitarlo.
Como antes he dicho, todos los días dedico algunas horas a escribir y lo hago tanto para entenderme a mí mismo como para entender, en un sentido más amplio y genérico, todo lo que me rodea.
Escribo porque las palabras levantan puentes entre lo vivido y lo pensado.
Porque a veces una frase consigue rescatar del olvido una emoción que creíamos perdida.
Porque dejar constancia de lo que uno observa y siente es otra manera de entender y también de agradecer.
Y eso es precisamente lo que estoy haciendo en este momento mientras voy por mi tercer café, sentado en la terraza de una de las cafeterías que suelo frecuentar, y tecleando en mí iPhone a las puertas de un nuevo cumpleaños que esta noche celebraré con mi más entrañable familia, esas seis personas que constituyen mi círculo íntimo tan querido entre las cuales se encuentran mis nietos.
¿Tengo o no tengo motivos para dar las gracias?… me pregunto, y la respuesta es un sí rotundo por mas que mi organismo no sea ya un Lamborgini recién salido de fábrica sino más bien aquel achacoso pero eficiente SEAT 600 blanco con el que de joven iba a la Facultad y salía a pasear años después con aquella jovencita novia que hoy es mi mujer.
Es por todas estas reflexiones que doy gracias a la vida por haberme permitido equivocarme y rectificar.
Por los amigos que caminaron a mi lado y por aquellos cuya ausencia sigue siendo una forma de presencia al evocar su recuerdo.
Por la familia.
Por los pacientes que depositaron en mí una parte de su confianza.
Por los maestros, como aquel don Eliseo que me enseñó a leer y escribir
Por haber conservado intacta la capacidad de ilusionarme.
Por seguir emocionándome tanto con la música de Gustav Mahler como con la de los Beatles, tanto con un libro con con una conversación inteligente, o también con una de esas tardes cualquiera cuando mi mujer y yo salimos a pasear, tomamos un café y hacemos planes para el próximo viaje.
Gracias por mantener viva la curiosidad y las ganas de aprender, incluso cuando el calendario insiste en recordarme los años que cumplo.
No sé cuánto camino me quedará por recorrer ni tampoco en qué condiciones lo haré. Nadie lo sabe, pues el destino continúa escribiendo páginas que todavía ignoro.
Pero sí que sé cómo deseo transitar esa etapa que me aguarda en el futuro, y es hacerlo con la dignidad de quien acepta sus límites, con la humildad de quien reconoce todo lo recibido y con el entusiasmo obstinado de quien todavía espera sorpresas de la vida.
Apenas faltan unas horas para mi cumpleaños y no siento tristeza por el tiempo transcurrido, sino más bien agradecimiento porque he amado, he sido amado y sigo siendo amado.
Porque he curado algunas heridas y he aprendido a convivir con las propias.
Porque he conocido el privilegio de ejercer la vocación de escribir lo que pienso, de escuchar esa música que es capaz de conmoverme asi como contemplar cómo amanece después de esas noches que a vece parecieron interminables.
Si algo he aprendido en estos años es que vivir no consiste en acumular días, sino en dotarlos de significado.
Y mientras el calendario se dispone a añadir una cifra más a mi biografía, levanto simbólicamente mi copa y brindo por aquel muchacho que pasó más tiempo en la cátedra de Pediatría que en su propia casa.
Por el médico que descubrió los laberintos de la mente humana.
Por el hombre que sigue intentando ser mejor de lo que fue ayer.
Por quienes han compartido conmigo tramos de este viaje extraordinario.
Y, sobre todo, brindo por la ilusión intacta de seguir descubriendo qué maravillas, qué desafíos y qué pequeñas felicidades tendrá aún a bien regalarme el destino.
Gracias, vida.
Todavía estoy aquí.
Y todavía tengo ganas de seguir viviendo.
ASM