Dr. Alberto Soler - PSIQUIATRÍA SIN PREJUICIOS

Dr. Alberto Soler - PSIQUIATRÍA SIN PREJUICIOS NO UTILIZO MESSENGER Esp. de Psiquiatría Privada (ASSEP), Miembro Extraordinario de la SPCV (Soc.

Dr. Alberto Soler Montagud
Gran Vía Ramón y Cajal, 37 - despacho 34
46007 Valencia
Recepción: 96 385 69 90
Directo: 649 107 576


Soy médico, pertenezco a la Asoc. de Psiquiatría de la Comunidad Valenciana) y ejerzo en el ámbito de la Psiquiatría Privada. Abogo por una psiquiatría sin mitos ni tabúes que dignifique al paciente y lo contemple desde una óptica tanto científica como humanista. Consid

ero la enfermedad mental como un desequilibrio que repercute el la vida de relación del paciente —social, laboral y familiar—, origina una merma en su capacidad para ser feliz y que precisa de la intervención terapéutica de expertos profesionales de la salud. Aunque utilizo psicofármacos cuando los síntomas del paciente así lo aconsejan, no les confiero la exclusividad de resolver los problemas que afectan a su salud mental. Si bien un grupo de pacientes evolucionan satisfactoriamente con medicación como único tratamiento y otros sólo precisan psicoterapia, la experiencia me ha enseñado que la mayoría van mejor con una combinación de ambas estrategias. En cualquier caso, consideremos que los medicamentos no son un enemigo a combatir sino sólo una herramienta terapéutica beneficiosa siempre que se utilicen bien tanto por parte del medico como del paciente. Es gracias a los modernos psicofármacos que muchos enfermos que antes eran recluidos en instituciones manicomiales (por ejemplo, esquizofrenia o casos graves de los trastornos bipolares antes llamados psicosis maníaco depresivas) viven hoy integrados de pleno en las áreas sociales, laborales y familiares que antaño les eran negadas. LOS TRES PILARES EN EL TRATAMIENTO MÉDICO DE LA ENFERMEDAD MENTAL

(1)

El médico debe considerar al paciente desde el respeto que merece como ser humano y dispensarle los mismos cuidados que a cualquier paciente de otra especialidad. O incluso más si consideramos que para extirpar un cuerpo extraño de un ojo –por ejemplo–, no serán trascendentes la empatía y la actitud del oftalmólogo para que el ojo cure, mientras que, con un enfermo que sufre una depresión, la predisposición, la empatía y la actitud del psiquiatra son tan importantes como el propio tratamiento habida cuenta de que el paciente ha depositado en él su confianza transmitiéndole sus mas íntimos sentimientos. (2)

El acto médico psiquiátrico no debe circunscribirse a la prescripción de medicamentos. Se impone considerar la ayuda de una buena psicoterapia, seria, reglada, sometida a protocolos y fundamentada en un sustrato teórico y formativo propio de una disciplina de la salud. (3)

Hay que ayudar al enfermo (y a quienes no lo son) a que desechen los tabúes, mitos y leyendas irracionales que denigran a la enfermedad mental, así como también fomentar la moderación de ciertas posturas radicales que —como sucede con la antipsiquiatría— fomentan discrepancias que perjudican a los pacientes pese a su intento por ayudarles. MI CURRÍCULUM PROFESIONAL
(cronológico)

-Especialista en Pediatría (1981)
-Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria.
-Médico Puericultor.
-Diplomado en Sanidad Pública
-Médico Titular de APD
-Ejercicio como Médico Funcionario Técnico del Estado en los cometidos de Salud Pública preventiva y actividad asistencial.
-Habilitado para ejercer como médico en los Sistemas Públicos de la Seguridad Social de los Estados Miembros de la Comunidad Europea (1995).
-Formación en Pediatría Extrahospitalaria (1984-1999) en el Servicio de Pediatría Hospital San Rafael de Barcelona.
-Diplomado en Salud Mental Infanto-Juvenil en Valencia (1994).
-Tres ciclos de formación en Psicopatología y Psicoterapia Psicoanalítica (2001-03).
-Miembro Extraordinario de la Sociedad de Psiquiatría de la Comunidad Valenciana (SPCV).
-Miembros de la Asociación Española de Psiquiatría Privada (ASEPP).

PAREIDOLIA CANINAEsta tarde he tenido la fortuna de estar exactamente donde debía cuando, en la terraza de mi casa, he a...
20/07/2026

PAREIDOLIA CANINA

Esta tarde he tenido la fortuna de estar exactamente donde debía cuando, en la terraza de mi casa, he asistido a uno de esos instantes irrepetibles que algunas veces la naturaleza nos concede sin previo aviso. En esta ocasión lo que ha sucedido ha sido como si las nubes hubieran decidido aceptarme durante unos minutos como espectador privilegiado uno de sus incesantes procesos de metamorfosis.

Y así ha sido como, mientras el viento modelaba las nubes, en una de ellas he descubierto la silueta de un perro, mi mente ha reaccionado de inmediato en clave reflexiva clave reflexiva haciéndome ver que el universo no deja de crear belleza cada milésima de segundo, y lo hace de una manera constante, anónima y desprendida, creando a veces fenómenos de inmensa belleza del mismo modo que el mar hace olas o los árboles ofrecen sombra sin esperar gratitud alguna

Los seres humanos son sin duda los únicos empeñados en detener esos instantes y retenerlos para la posteridad, tal cual yo he hecho al sacar mi teléfono del bolsillo y fotografiar esa silueta canina en un intento inconsciente de salvar del olvido algo que acababa de nacer con la única vocación de ser efímero. De hecho, unos minutos después, el perro ya no existía ya que el mismo viento que lo había esculpido ha decidido ser su verdugo al tiempo que algo dentro de mí me decía: “Míralo bien antes de que el viento lo deshaga y la memoria empiece también a difuminarlo.”

Ha sido en ese preciso instante cuando he comprendido que el verdadero milagro no era la silueta del perro suspendida entre las nubes sino el hecho de que ella y yo hubiéramos coincidido en el mismo rincón del universo y en el mismo instante del tiempo para reconocernos mutuamente. Dos existencias fugaces sometidas a un mismo guardián invisible: el tiempo.

Y tal vez sea por ello que la belleza no necesite permanecer por siempre y tal vez su verdadera misión sea enseñarnos que lo más valioso no es lo que se perpetúa sino aquello que va a desaparecer de inmediato y nos obliga a contemplarlo con toda la intensidad que seamos capaces.

COLOFÓN

Todo todo acaba desvaneciéndose, las nubes, los paisajes, los recuerdos… y por supuesto también nosotros. No obstante, y sin embargo, mientras algo exista, aunque sea solo un instante, el universo seguirá recordándonos que la eternidad no siempre se mide en la infinita duración de su tiempo sino en la profundidad con la que somos capaces de vivir un cualquier momento irrepetible.

ASM

El arte de envejecer es un privilegio sereno.Los años pasan, sí, pero no se llevan lo esencial, porque al final solo se ...
15/07/2026

El arte de envejecer es un privilegio sereno.

Los años pasan, sí, pero no se llevan lo esencial, porque al final solo se van las prisas, los fuegos artificiales, las certezas absolutas. Y, si hemos tenido suerte, se queda la memoria de lo vivido, el aprendizaje de lo sufrido y la gratitud por lo que aún nos sorprende.

Envejecer no es retroceder sino cambiar de ritmo.
Es mirar atrás sin rencor y hacia adelante sin ansiedad. Es aceptar que el cuerpo pide tregua, pero el alma —si la cultivamos— sigue curiosa, irónica y capaz de belleza.

Cada arruga cuenta una historia, cada cana una batalla ganada, y cada achaque una constatación de que aquel coche nuevo que fue nuestro cuerpo, hoy pasa cada vez más ITVs en las consultas externas, centros de salud e incluso estancias de unos días no precisamente en un hotel.

¿Pero sabes que te digo?¡Que nos quiten lo bailado y aún más mientras el coche arranque cada día.

ANTONIO VALLEJO-NÁJERA: Una biografía incómoda de la psiquiatría franquistaAntonio Vallejo-Nájera no fue solo un psiquia...
06/07/2026

ANTONIO VALLEJO-NÁJERA:
Una biografía incómoda de la psiquiatría franquista

Antonio Vallejo-Nájera no fue solo un psiquiatra franquista: fue uno de los médicos que intentó vestir de ciencia la represión. Buscó en los vencidos una supuesta tara biológica, patologizó la ideología republicana, despreciió a las mujeres libres y convirtió a presos y prisioneros en material de estudio al servicio de la dictadura. Su historia no pertenece al pasado mu**to: interpela todavía a una medicina capaz de degradarse cuando cambia la ética por obediencia. Este artículo revisa esa sombra
——

Antonio Vallejo-Nájera fue uno de los nombres centrales de la psiquiatría española del primer franquismo.
Médico militar, coronel, jefe de los Servicios Psiquiátricos del ejército franquista durante la Guerra Civil y primer catedrático numerario de Psiquiatría en la España de posguerra, encarnó como pocos la conversión de una disciplina médica en instrumento de legitimación ideológica.

No fue simplemente un psiquiatra conservador de su época sino también un intelectual orgánico del franquismo, un médico que puso el prestigio de la ciencia al servicio de la victoria militar, la depuración política y la jerarquía nacionalcatólica.

Su figura ha vuelto a la actualidad porque el Gobierno español ha anunciado la retirada de la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad que conservaba desde la dictadura, precisamente por considerar incompatible ese honor con una trayectoria vinculada a teorías pseudocientíficas usadas para justificar la represión, la desigualdad y la separación de niños de familias republicanas.

Vallejo-Nájera fue marcadamente afín al fascismo europeo y al n**ismo. Sus textos sobre raza, degeneración y “fanatismo marxista” no pueden entenderse al margen de la cultura eugenésica de entreguerras, ni del clima ideológico que permitió que algunos médicos alemanes justificaran “científicamente” la higiene racial n**i.
Un estudio histórico sobre sus trabajos recuerda que consideraba modelos “aristocráticos” al III Reich y a las dictaduras fascistas europeas, frente a las democracias, a las que veía como regímenes que promovían a los “fracasados sociales”.

Durante la Guerra Civil, Franco autorizó en 1938 la creación del Gabinete de Investigaciones Psicológicas propuesto por Vallejo-Nájera. Su finalidad era estudiar a presos republicanos, brigadistas internacionales y mujeres antifascistas para buscar las supuestas raíces “biopsíquicas” del marxismo, lo que después se popularizó como la búsqueda del “gen rojo”.

Las investigaciones se hicieron en cárceles y campos de concentración franquistas, y se llegó a analizar a centenares de prisioneros con colaboración de agentes de la Gestapo alemana.

La conclusión estaba escrita antes de empezar. Vallejo-Nájera sostenía que los partidarios de la igualdad social y política eran mentalmente inferiores; que el marxismo, el republicanismo o el antifascismo no eran opciones ideológicas legítimas, sino signos de degeneración psicológica, resentimiento o inferioridad moral.

El artículo clásico de Bandrés y Llavona en Psicothema resume que Vallejo describía a los prisioneros como portadores de “temperamentos degenerativos”, “inteligencias mediocres” y personalidades “innatamente revolucionarias”, rasgos que atribuía a los seguidores de ideologías antifascistas e izquierdistas.

Aún más aberrantes resultan sus ideas sobre las mujeres. Para Vallejo-Nájera, la mujer republicana o antifranquista no era solo una enemiga política sino una anomalía psicológica y moral.

Sus escritos participaron de una misoginia biologicista que presentaba a la mujer como psicológicamente inferior, más próxima al infantilismo y al instinto, y especialmente peligrosa cuando se liberaba de los “frenos” sociales tradicionales.

Desde la psiquiatría actual, sus planteamientos serían considerados una mezcla de pseudociencia, ideología totalitaria, misoginia, eugenesia y vulneración frontal de la ética médica.
No solo patologizaba la disidencia política, pues también proponía intervenir socialmente sobre los vencidos, sobre sus hijos y sobre las mujeres para impedir la transmisión de una supuesta degeneración ideológica.

La bibliografía histórica ha señalado que estas teorías sirvieron para legitimar la separación de niños de madres republicanas encarceladas y, en términos más amplios, para dotar de apariencia “científica” a políticas represivas del régimen.

Su psiquiatría no era neutral sino una psiquiatría de vencedores. Donde hoy hablaríamos de derechos, trauma, duelo, coerción, violencia política y reparación, Vallejo-Nájera hablaba de raza, degeneración, inferioridad mental, fanatismo marxista y necesidad de purificación moral. Su objetivo no era comprender al vencido, sino clasificarlo, degradarlo y justificar su sometimiento.

La comparación con Josef Mengele, que a veces se ha aplicado a Vallejo-Nájera en el debate público, es fuerte y debe manejarse con precisión, pues no hay pruebas incuestionables de que sus actos fueran idénticos a los crímenes médicos del n**ismo alemán por más que el debate público reciente lo haya considerado “el Mengele español” por sus investigaciones sobre la supuesta limpieza de la raza y por la función que sus tesis tuvieron en la represión franquista.

La relación de Vallejo Nájera con el también psiquiatra Juan José López Ibor añade otro matiz revelador a esta breve reseña biográfica.

López Ibor fue también una figura mayor de la psiquiatría franquista, de perfil nacionalcatólico, antipsicoanalítico y muy influyente en la institucionalización académica de la disciplina. Ambos coincidían en su adhesión al orden franquista y en una visión biologicista, moralizante y autoritaria de la enfermedad mental. Un trabajo académico sobre la psiquiatría del primer franquismo estudia precisamente a Vallejo-Nájera y López Ibor como autores cuyas ideas permitieron al régimen redefinir qué conductas eran “normales” o “desviadas”, facilitando internamientos y tratamientos dirigidos a modificar actitudes consideradas inaceptables.

Sin embargo, la afinidad ideológica no impidió una rivalidad feroz.
Vallejo-Nájera y López Ibor representaban escuelas, redes académicas y espacios de poder que compitieron durante décadas por la autoridad en la psiquiatría española.
Según algunas reconstrucciones biográficas, sus respectivos entornos llegaron a funcionar casi como bandos enfrentados, dispuestos a despreciar o combatir las afirmaciones del otro grupo.
Esa rivalidad no se manifestó como una discrepancia científica limpia, sino una pugna de cátedras, prestigio, discípulos, instituciones y control del campo psiquiátrico en la España franquista.

López Ibor, por su parte, arrastró también una pesada sombra ética fruto de la cual, en el franquismo tardío se vinculó su nombre a prácticas destinadas a “curar” la homosexualidad (por ejemplo electrochoques y lobotomías), dentro de una concepción psiquiátrica que consideraba la disidencia sexual como patología o desviación.
Esa tradición represiva no fue ajena al clima moral del nacionalcatolicismo ni a la legislación franquista contra las personas homosexuales.

La biografía de Vallejo-Nájera obliga, por tanto, a mirar una zona oscura de la medicina española aquella en la que la bata blanca no protegía al vulnerable, sino que legitimaba al vencedor; aquella en la que la ciencia dejó de ser búsqueda de verdad para convertirse en gramática del castigo.
Su legado no pertenece a la historia honorable de la psiquiatría, sino a su advertencia más severa de que cuando una disciplina médica acepta clasificar como enfermos, inferiores o degenerados a los adversarios políticos, a las mujeres libres o a las minorías, deja de curar y empieza a obedecer.

ASM

CRÓNICA DE UNA VIDA AFORTUNADA(Mientras el destino escribe)Apenas faltan unas horas para mi cumpleaños y, como quien se ...
02/07/2026

CRÓNICA DE UNA VIDA AFORTUNADA
(Mientras el destino escribe)

Apenas faltan unas horas para mi cumpleaños y, como quien se asoma al balcón de una casa antigua para contemplar el paisaje que ha ido construyendo sin apenas darse cuenta, vuelvo la vista atrás, y no lo hago con nostalgia amarga ni con la tentación de corregir el rumbo de lo ya vivido. Lo hago con gratitud.

Han transcurrido cincuenta años desde que terminé la licenciatura de Medicina. Medio siglo. Dicho así, parece el título de un libro ajeno, la biografía de otro hombre. Sin embargo, cierro los ojos y todavía puedo verme recorriendo los pasillos del hospital con la bata demasiado blanca y demasiado grande para mi juventud y una mezcla de cansancio y entusiasmo que entonces confundía con la normalidad.

Fui alumno interno en la cátedra de Pediatría y Puericultura de la Facultad de Medicina de Valencia y durante los tres últimos años de la licenciatura pasé allí más tiempo que en mi propia casa. Aprendí a reconocer el llanto de los niños, la preocupación silenciosa de los padres y la enorme responsabilidad que implicaba sostener entre las manos la fragilidad de una vida que apenas comienza.

Al mismo tiempo, estirando los días y las horas tanto como me era posible, atendía las obligaciones académicas del resto de asignaturas (cada una era una de las especialidades del ejercicio de la medicina) que iban modelando mi formación como médico, desde la medicina interna a la medicina legal, pasando por la oftalmología, ginecología, otorrino… y un largo etcétera.

La Medicina era entonces un territorio inmenso y fascinante al tiempo que vivía convencido de que el conocimiento era una patria sin fronteras y de que el sacrificio de aquellos años tendría algún sentido en un futuro que todavía no alcanzába a comprender, ni yo ni supongo un elevado porcentaje de mis compañeros de promoción.

De ningún modo podía imaginar qué me depararía el destino, y ni mucho menos sospechaba que transcurridos más de dos decenios de ejercicio profesional daría un giro a mi actividad, dejaría de acudir a sesiones y congresos de Pediatría y comenzaría una nueva etapa adentrándome de pleno en la salud mental, especialidad en la que me formaría y ejercería profesionalmente. O dicho de otro modo, cambié el fonendoscopio por la escucha atenta de los miedos, las obsesiones, las tristezas y las esperanzas de quienes sufrían en silencio, y poco apoco descubrí que la mente humana era un universo inagotable y que aliviar el dolor del alma exigía tanta ciencia como humildad por parte del profesional.

Así fue como di un giro a mi vocación y tuve la fortuna de ejercer dos formas distintas de la misma vocación, y así ha sido como ha transcurrido el tiempo hasta llegar a mi etapa actual en la que poco apoco me he ido convirtiendo en una persona mayor que intenta no pensar únicamente en la edad y en las limitaciones que esta impone sino más bien en el legado de mi experiencia, una colección de victorias y derrotas que bien asimiladas nos enseñan a mirar con indulgencia tanto a los demás como a nosotros mismos, algo que cada vez más me ha hecho propenso a reflexionar, cada vez con más frecuencia, sobre mi pasado, sobre mi presente, sobre mi futuro, sobre los rostros de los que ya no están y los de aquellos que aún permanecen, sobre las decisiones acertadas y aquellas que tomé sin saber adónde me conducirían, sobre las alegrías inesperadas y las pérdidas que creí insoportables y acabaron convirtiéndose en maestras silenciosas.

Sigo amando la música como siempre hice desde que mi madre, una excelente violinista, me animó a estudiar solfeo. La música siempre estuvo presente en mi infancia. Transcurrido el tiempo hubo una época en la en la que componía y me sentaba con frecuencia al teclado para dialogar con las notas, como si cada cada una de ellas supiera dónde encajarlas hasta conseguir melodías que para mí consistían un modo distinto y singular de ordenar el mundo, algo que hace años dejé de hacer con regularidad aunque, no obstante,la música nunca la haya abandonado ni ella a mi tampoco.

Hace pocos años, un día, mientras sonaba la canción “Stand by Me” sentí la necesidad de tocarla al teclado y la grabé colgándola después en YouTube donde aún debe seguir como tantas otras composiciones propias y ajenas como he ido añadiendo a la plataforma.

Ejemplos como este me han enseñado a comprender que hay pasiones que no desaparecen sino, por el contrario, aguardan pacientemente a que volvamos a llamarlas por su nombre. Y así me gustaría seguir haciéndolo de vez en cuando al tiempo que también escribo para dejar constancia de mis reflexiones y hasta juego de vez en cuando a ser poeta.

Aunque estoy jubilado según dicen los hechos y mi edad, sigo sin embargo atendiendo a algunos pacientes, eso sí, muy pocos y elegidos con cuentagotas. Y esto es así porque la Medicina no ha sido solo mi profesión sino algo que siempre ha formado parte de mi manera de ser y de estar en el mundo. Algo que habita y define mi forma de escuchar, de preguntar, de preocuparme… y es que uno puede cesar en su actividad, pero nunca abandona, al menos del todo, esa mirada y esa actitud del médico que intenta aliviar, comprender y acompañar a quienes puedan necesitarlo.

Como antes he dicho, todos los días dedico algunas horas a escribir y lo hago tanto para entenderme a mí mismo como para entender, en un sentido más amplio y genérico, todo lo que me rodea.
Escribo porque las palabras levantan puentes entre lo vivido y lo pensado.
Porque a veces una frase consigue rescatar del olvido una emoción que creíamos perdida.
Porque dejar constancia de lo que uno observa y siente es otra manera de entender y también de agradecer.

Y eso es precisamente lo que estoy haciendo en este momento mientras voy por mi tercer café, sentado en la terraza de una de las cafeterías que suelo frecuentar, y tecleando en mí iPhone a las puertas de un nuevo cumpleaños que esta noche celebraré con mi más entrañable familia, esas seis personas que constituyen mi círculo íntimo tan querido entre las cuales se encuentran mis nietos.

¿Tengo o no tengo motivos para dar las gracias?… me pregunto, y la respuesta es un sí rotundo por mas que mi organismo no sea ya un Lamborgini recién salido de fábrica sino más bien aquel achacoso pero eficiente SEAT 600 blanco con el que de joven iba a la Facultad y salía a pasear años después con aquella jovencita novia que hoy es mi mujer.

Es por todas estas reflexiones que doy gracias a la vida por haberme permitido equivocarme y rectificar.
Por los amigos que caminaron a mi lado y por aquellos cuya ausencia sigue siendo una forma de presencia al evocar su recuerdo.
Por la familia.
Por los pacientes que depositaron en mí una parte de su confianza.
Por los maestros, como aquel don Eliseo que me enseñó a leer y escribir
Por haber conservado intacta la capacidad de ilusionarme.
Por seguir emocionándome tanto con la música de Gustav Mahler como con la de los Beatles, tanto con un libro con con una conversación inteligente, o también con una de esas tardes cualquiera cuando mi mujer y yo salimos a pasear, tomamos un café y hacemos planes para el próximo viaje.

Gracias por mantener viva la curiosidad y las ganas de aprender, incluso cuando el calendario insiste en recordarme los años que cumplo.

No sé cuánto camino me quedará por recorrer ni tampoco en qué condiciones lo haré. Nadie lo sabe, pues el destino continúa escribiendo páginas que todavía ignoro.
Pero sí que sé cómo deseo transitar esa etapa que me aguarda en el futuro, y es hacerlo con la dignidad de quien acepta sus límites, con la humildad de quien reconoce todo lo recibido y con el entusiasmo obstinado de quien todavía espera sorpresas de la vida.

Apenas faltan unas horas para mi cumpleaños y no siento tristeza por el tiempo transcurrido, sino más bien agradecimiento porque he amado, he sido amado y sigo siendo amado.

Porque he curado algunas heridas y he aprendido a convivir con las propias.

Porque he conocido el privilegio de ejercer la vocación de escribir lo que pienso, de escuchar esa música que es capaz de conmoverme asi como contemplar cómo amanece después de esas noches que a vece parecieron interminables.

Si algo he aprendido en estos años es que vivir no consiste en acumular días, sino en dotarlos de significado.
Y mientras el calendario se dispone a añadir una cifra más a mi biografía, levanto simbólicamente mi copa y brindo por aquel muchacho que pasó más tiempo en la cátedra de Pediatría que en su propia casa.
Por el médico que descubrió los laberintos de la mente humana.
Por el hombre que sigue intentando ser mejor de lo que fue ayer.
Por quienes han compartido conmigo tramos de este viaje extraordinario.

Y, sobre todo, brindo por la ilusión intacta de seguir descubriendo qué maravillas, qué desafíos y qué pequeñas felicidades tendrá aún a bien regalarme el destino.

Gracias, vida.
Todavía estoy aquí.
Y todavía tengo ganas de seguir viviendo.

ASM

DESCONECTAR PARA VOLVER A ENCONTRARSEHay momentos en los que la mejor decisión que puedo tomar consiste, sencillamente, ...
27/06/2026

DESCONECTAR PARA VOLVER A ENCONTRARSE

Hay momentos en los que la mejor decisión que puedo tomar consiste, sencillamente, en detenerme. Buscar un banco cualquiera, sentarme sin prisa y dejar que el tiempo siga su camino sin exigirle que vaya más deprisa o más despacio por mi culpa. No se trata de huir de nada, sino de regresar a ese lugar donde las cosas recuperan su tamaño verdadero.

He aprendido que vivir en permanente desacuerdo con las propias circunstancias es una de las formas más eficaces de agotarse. Pasamos demasiado tiempo discutiendo con lo que ya ha sucedido, protestando por aquello que no podemos cambiar o imaginando futuros que quizá nunca lleguen. Es una pelea condenada al fracaso porque la realidad no negocia con nuestros deseos.

Aceptar las circunstancias no significa resignarse. Mucho menos rendirse. Significa reconocer el punto exacto desde el que toca seguir caminando. Cuando uno deja de gastar energía luchando contra lo inevitable, descubre que dispone de mucha más para transformar aquello que sí depende de él.

Las quejas estériles poseen una extraña capacidad para colonizar la mirada. Poco a poco nos convencen de que todo está mal, de que nada merece demasiado la pena y de que la felicidad siempre vive un poco más allá, en otro lugar o en otro momento. Sin darnos cuenta, terminamos convirtiéndonos en expertos en detectar carencias e incapaces de reconocer abundancias.

Y, sin embargo, la vida continúa ofreciéndonos pequeños regalos cotidianos que pasan desapercibidos precisamente porque estamos demasiado ocupados buscando otros más espectaculares. Una conversación tranquila. La sombra de un árbol. Una sonrisa inesperada. El silencio compartido. La lectura de unas páginas. El rumor del viento. El privilegio de seguir estando aquí.

Con frecuencia no es la realidad la que nos hace sufrir, sino la obligación que nos imponemos de que todo salga exactamente como habíamos imaginado. Queremos controlar los resultados, anticipar los acontecimientos y blindarnos frente a cualquier decepción. Pero la vida nunca firmó ese contrato con nosotros.

Cuando abandono esa necesidad de que todo funcione según mis planes, descubro algo liberador: casi nunca necesito que las circunstancias sean perfectas para poder disfrutar de ellas. Basta con que estén ahí y yo también.

Por eso, de vez en cuando, me concedo el lujo de desconectar. No necesariamente apagando el teléfono, sino apagando ese incesante diálogo interior que compara, reclama, anticipa y juzga. Entonces aparece una calma discreta, sin fuegos artificiales, que me recuerda que vivir no consiste en ganar todas las batallas, sino en mantener una relación cordial con la propia existencia.

Porque, al final, la serenidad no suele encontrarse cambiando el mundo, sino cambiando la forma en que lo miramos.

Y cuando consigo hacerlo, comprendo que muchas veces lo mejor nunca dejó de estar delante de mis ojos; simplemente permanecía eclipsado por mi innecesaria obsesión de que todo tuviera que salir bien.

¿ALGUNA VEZ TE HAS DESPERTADO SIN FUERZAS PARA AFRONTAR UN NUEVO DÍA? Hoy no está siendo un día especialmente bueno para...
30/05/2026

¿ALGUNA VEZ TE HAS DESPERTADO SIN FUERZAS PARA AFRONTAR UN NUEVO DÍA?

Hoy no está siendo un día especialmente bueno para mi, circunstancia frecuente para todos los mortales, ya lo sé. Como también sé que tener un mal día es una eventualidad que no se resuelve quejándose.

Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que es posible sentir alivio por el mero hecho de soltar el lastre que supone expresar nuestro malestar al compartirlo a través de palabras habladas o escritas; y sobre todo, hacerlo con un cuidado exquisito para no contaminar a quien nos lee o nos escucha, sino sólo convertirlo en un cómplice de nuestra necesidad de ser transparentes por unos momentos, sin por ello desnudarnos hasta el extremo de que peligre nuestra vulnerabilidad.

Mientras intentaba estructurar una estrategia que me sirviera para superar las circunstancias que hoy me preocupan y ocupan mi atención, sin apenas darme cuenta he comenzado a darle vueltas a eso que a nivel coloquial conocemos como 'malas rachas'.

¿Existen las malas rachas?, me he preguntado de pronto.
Y a partir de ese momento, se ha activado el resorte que suele poner en marcha mis reflexiones, tanto las más profundas como también las más superficiales.

¿Que es una mala racha?, me he vuelto a preguntar.
Podríamos definir una mala racha como un cúmulo de densos, oscuros y pesados nubarrones que tiñen de gris algunos períodos de nuestra existencia. Una cursilada, lo reconozco. Pero también podríamos contemplar las malas rachas como unos paréntesis en el espacio y en el tiempo que nos permiten aprender algunas de las mejores lecciones de la vida. Y esta segunda definición me gusta bastante más.

En cierto modo, una mala racha podría considerarse como una escuela privada cuyas enseñanzas convierten la adversidad en experiencias por las que pagamos un alto precio, sí, pero a cambio del beneficio de consolidar nuestra madurez.

Sin embargo, estas consideraciones me hacen pensar en la posibilidad de que la concatenación de acontecimientos adversos que definen a una mala racha, no sea tal, sino sólo el resultado de la conmoción que nos produjo cualquiera de ellos y a partir de la cual, se debilitó nuestra capacidad de respuesta y comenzamos a convertir problemas cualquier suceso.

¿Y si las malas rachas no existieran y somos nosotros quienes convertimos en penosas y aflictivas ciertas circunstancias triviales que, en condiciones normales, consideraríamos como simples avatares del destino?

Ahí lo dejo.

LA ADOLESCENCIA Y EL PRIMER AMOR Acababa de cumplir 14 años y no tenía ningún éxito con las chicas, pues podía más mi ti...
17/05/2026

LA ADOLESCENCIA Y EL PRIMER AMOR

Acababa de cumplir 14 años y no tenía ningún éxito con las chicas, pues podía más mi timidez que los fogonazos de entusiasmo que comenzaban a enviarme las hormonas.

Me esforzaba por parecer gracioso, fingía una seguridad inexistente y trataba de ocultar la vergüenza que me invadía cada vez que una muchacha me miraba o, simplemente, se acercaba demasiado.

Navegaba entonces por las turbulentas aguas de una edad incierta, aquella en la que descubrí que el s**o femenino despertaban en mí una mezcla de fascinación y desconcierto, un vértigo nuevo que no se parecía a nada conocido hasta ese momento.

Mas allá del físico, mi atracción por las chicas se centraba en su rostro, en la armonía de las facciones, y también en ese idioma secreto que imaginaba escondido en las miradas y en la magia de una sonrisa.

Las contemplaba con admiración y también con el desconcierto que surge de la vergüenza y la falta de iniciativa al sentirse torpe en un mundo al que uno desea pertenecer y tan difícil le resulta entrar.

Viene esto a colación del remoto verano de 1967 cuando mis padres, mi hermana y yo viajamos en el Renault 4/4 familiar con destino a un pequeño balneario fluvial de la provincia de Murcia.

De aquellos días estivales conservo dos recuerdos imborrables: el primero es aquella agua tan helada del río (en el que no llegué a bañarme más allá de mojarme los pies), y el segundo aquel momento en que apareció ante mis ojos una muchacha de mi edad que mi fantasía la identificó como una de esas princesas de los cuentos que me leían cuando era pequeño.

Se llamaba Mila —imagino que su nombre sería Milagros, aunque jamás me atreví a preguntárselo—, pero yo la rebauticé en secreto como “Nila”, el nombre de una canción de Los Brincos que por aquel entonces era una de mis favoritas.

Mila —para mí “Nila”— fue mi primer amor. Un amor de verano del que aquella jovencísima adolescente no llegó a sospechar por más que yo desplegara inútiles estrategias para llamar su atención, como acercarme casualmente donde estaba, fingir indiferencia, reír y hablar más alto de lo normal o permanecer cerca de ella esperando ese milagro que nunca sucedía.

Cada mañana, antes de desayunar, la buscaba con ansiedad en el comedor del balneario. Cuando la encontraba, algo se iluminaba dentro de mí aunque, al mismo tiempo, me invadía una tristeza inexplicable, pues no sabía qué hacer para conseguir que Mila me regalara un simple “hola” y aún más una sonrisa.

Los días pasaron demasiado veloces, llegó el momento de regresar a Valencia, y mi despedida de Mila fue tan breve como . Mientras mi padre sujetaba las maletas en la baca del coche, conseguí reunir el valor suficiente para acercarme a Mila y decirle que nos íbamos, a lo que ella me respondió con un “buen viaje” y una sonrisa que aún hoy permanece intacta en mi memoria.

El regreso a casa fue más que triste, pues por vez primera sentía esa melancolía inexplicable que acelera el corazón y oprime silenciosamente el pecho. Tenía la certeza dolorosa de que nunca volvería a ver a aquella muchacha que me había fascinado desde el mismo instante en que la vi por vez primera.

Ya en Valencia, el resto de mi verano quedó impregnado de una melancolía hasta entonces desconocida para mí.
Casi todos los días iba al Jardín Botánico y me sentaba en un banco a leer poemas de Bécquer en un viejo volumen de la colección Austral que aún hoy conservo.
Eran muchas las veces en que aquellos versos parecían escritos para mí, algo así como si alguien hubiera sabido antes que yo lo que significa perder un amor que jamás fue correspondido.

Fue avanzando el final del verano y aproximándose el momento de regresar al instituto para empezar el cuarto curso de bachillerato, cuando una tarde me llegó una sorpresa, pues mi padre había traído reveladas las fotografías tomadas con nuestra Kodak familiar durante aquellos días que estuvimos en el balneario, y una de ellas me sorprendió al ver la imagen de Mila hablando sonriente con mi hermana, las dos en el río.

Durante semanas contemplé aquella foto varias veces al día, sumido en una tristeza silenciosa que preocupó a mis padres hasta el punto de llevarme a la consulta de nuestro médico de cabecera, don José María Julián, quien tras escucharme apenas unos minutos, diagnosticó con solemnidad que me encontraba bajo el efecto de una “astenia vacacional y un profundo mal de amores”, algo que, aseguró a mis padres, desaparecería poco a poco sin dejar secuelas.

Comenzó el curso académico y durante mucho tiempo seguí tarareando la canción “Nila” mientras recordaba a la Mila de la foto que aún conservo.

Con los años, comprendí que el primer amor no correspondido es una experiencia parecida a una herida que nunca cierra del todo, y permanece escondida en un recóndito rincón de la memoria, reapareciendo cuando menos se espera que lo haga.

En mi caso, ese primer amor quedó unido para siempre a una canción, a una fotografía y al fulgor remoto de un verano de mi adolescencia.

Aún hoy, tantas décadas después, cada vez que escucho la canción “Nila“, el niño de catorce años que un día fui regresa una vez más del pasado y contempla a aquella muchacha que bañándose en el río hablaba con mi hermana, ajena por completo y para siempre al amor inmenso y secreto que un día en mí despertó.

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