17/05/2026
LA ADOLESCENCIA Y EL PRIMER AMOR
Acababa de cumplir 14 años y no tenía ningún éxito con las chicas, pues podía más mi timidez que los fogonazos de entusiasmo que comenzaban a enviarme las hormonas.
Me esforzaba por parecer gracioso, fingía una seguridad inexistente y trataba de ocultar la vergüenza que me invadía cada vez que una muchacha me miraba o, simplemente, se acercaba demasiado.
Navegaba entonces por las turbulentas aguas de una edad incierta, aquella en la que descubrí que el s**o femenino despertaban en mí una mezcla de fascinación y desconcierto, un vértigo nuevo que no se parecía a nada conocido hasta ese momento.
Mas allá del físico, mi atracción por las chicas se centraba en su rostro, en la armonía de las facciones, y también en ese idioma secreto que imaginaba escondido en las miradas y en la magia de una sonrisa.
Las contemplaba con admiración y también con el desconcierto que surge de la vergüenza y la falta de iniciativa al sentirse torpe en un mundo al que uno desea pertenecer y tan difícil le resulta entrar.
Viene esto a colación del remoto verano de 1967 cuando mis padres, mi hermana y yo viajamos en el Renault 4/4 familiar con destino a un pequeño balneario fluvial de la provincia de Murcia.
De aquellos días estivales conservo dos recuerdos imborrables: el primero es aquella agua tan helada del río (en el que no llegué a bañarme más allá de mojarme los pies), y el segundo aquel momento en que apareció ante mis ojos una muchacha de mi edad que mi fantasía la identificó como una de esas princesas de los cuentos que me leían cuando era pequeño.
Se llamaba Mila —imagino que su nombre sería Milagros, aunque jamás me atreví a preguntárselo—, pero yo la rebauticé en secreto como “Nila”, el nombre de una canción de Los Brincos que por aquel entonces era una de mis favoritas.
Mila —para mí “Nila”— fue mi primer amor. Un amor de verano del que aquella jovencísima adolescente no llegó a sospechar por más que yo desplegara inútiles estrategias para llamar su atención, como acercarme casualmente donde estaba, fingir indiferencia, reír y hablar más alto de lo normal o permanecer cerca de ella esperando ese milagro que nunca sucedía.
Cada mañana, antes de desayunar, la buscaba con ansiedad en el comedor del balneario. Cuando la encontraba, algo se iluminaba dentro de mí aunque, al mismo tiempo, me invadía una tristeza inexplicable, pues no sabía qué hacer para conseguir que Mila me regalara un simple “hola” y aún más una sonrisa.
Los días pasaron demasiado veloces, llegó el momento de regresar a Valencia, y mi despedida de Mila fue tan breve como . Mientras mi padre sujetaba las maletas en la baca del coche, conseguí reunir el valor suficiente para acercarme a Mila y decirle que nos íbamos, a lo que ella me respondió con un “buen viaje” y una sonrisa que aún hoy permanece intacta en mi memoria.
El regreso a casa fue más que triste, pues por vez primera sentía esa melancolía inexplicable que acelera el corazón y oprime silenciosamente el pecho. Tenía la certeza dolorosa de que nunca volvería a ver a aquella muchacha que me había fascinado desde el mismo instante en que la vi por vez primera.
Ya en Valencia, el resto de mi verano quedó impregnado de una melancolía hasta entonces desconocida para mí.
Casi todos los días iba al Jardín Botánico y me sentaba en un banco a leer poemas de Bécquer en un viejo volumen de la colección Austral que aún hoy conservo.
Eran muchas las veces en que aquellos versos parecían escritos para mí, algo así como si alguien hubiera sabido antes que yo lo que significa perder un amor que jamás fue correspondido.
Fue avanzando el final del verano y aproximándose el momento de regresar al instituto para empezar el cuarto curso de bachillerato, cuando una tarde me llegó una sorpresa, pues mi padre había traído reveladas las fotografías tomadas con nuestra Kodak familiar durante aquellos días que estuvimos en el balneario, y una de ellas me sorprendió al ver la imagen de Mila hablando sonriente con mi hermana, las dos en el río.
Durante semanas contemplé aquella foto varias veces al día, sumido en una tristeza silenciosa que preocupó a mis padres hasta el punto de llevarme a la consulta de nuestro médico de cabecera, don José María Julián, quien tras escucharme apenas unos minutos, diagnosticó con solemnidad que me encontraba bajo el efecto de una “astenia vacacional y un profundo mal de amores”, algo que, aseguró a mis padres, desaparecería poco a poco sin dejar secuelas.
Comenzó el curso académico y durante mucho tiempo seguí tarareando la canción “Nila” mientras recordaba a la Mila de la foto que aún conservo.
Con los años, comprendí que el primer amor no correspondido es una experiencia parecida a una herida que nunca cierra del todo, y permanece escondida en un recóndito rincón de la memoria, reapareciendo cuando menos se espera que lo haga.
En mi caso, ese primer amor quedó unido para siempre a una canción, a una fotografía y al fulgor remoto de un verano de mi adolescencia.
Aún hoy, tantas décadas después, cada vez que escucho la canción “Nila“, el niño de catorce años que un día fui regresa una vez más del pasado y contempla a aquella muchacha que bañándose en el río hablaba con mi hermana, ajena por completo y para siempre al amor inmenso y secreto que un día en mí despertó.
ASM