Vicente Laparra

Vicente Laparra Profesor de Medicina Tradicional China - Quiromasaje - Radiónica - Reiki - Osteopatía visceral.

LA GRATITUD QUE NO LLEGALing Fang tenía cuarenta años y una vida que objetivamente tenía mucho. Salud, trabajo estable, ...
12/08/2026

LA GRATITUD QUE NO LLEGA

Ling Fang tenía cuarenta años y una vida que objetivamente tenía mucho. Salud, trabajo estable, personas que la querían, momentos buenos con regularidad. Y una insatisfacción de fondo que no correspondía a nada concreto que faltara sino a una manera de procesar la vida donde lo que estaba bien se volvía invisible rápidamente y lo que faltaba o podría ir mejor ocupaba todo el espacio de atención disponible.

Encontró al maestro en un jardín de Chengdu, regando plantas medicinales una por una con una regadera pequeña, dándole a cada una exactamente lo que necesitaba sin más ni menos.

Tengo mucho y lo sé. Pero hay una insatisfacción que no cede. No sé si es ingratitud o algo que no puedo controlar.

¿Agradeces lo que tienes o solo notas lo que falta?

Ling Fang fue honesta. Principalmente noto lo que falta.

El maestro regó otra planta con calma. La mente tiene una tendencia natural hacia el déficit. Evolutivamente tenía sentido, notar lo que falta mantiene alerta. El problema es cuando esa tendencia no tiene contrapeso y lo que está bien desaparece de la percepción tan rápido que nunca acumula peso emocional.

¿Y cómo se entrena la mente para registrar también lo que está bien?

Intencionalmente al principio. Nombrando cada día, con detalle, algo concreto que estuvo bien. No en general. Con detalle. El cerebro aprende por repetición, no por convicción.

¿Y eso cambia la insatisfacción?

No la elimina. Pero la equilibra. La insatisfacción tiene su lugar. El problema es cuando es la única voz que escuchas.

Ling Fang salió al jardín donde cada planta recibía exactamente lo que necesitaba, ni más ni menos, y crecía con eso.

Y entendió: no era ingrata. Tenía una mente entrenada durante décadas para buscar el déficit con una eficiencia que nunca había aprendido a equilibrar. Y ese entrenamiento, como cualquier otro, podía modificarse. Despacio, con repetición, con la misma paciencia con que el maestro regaba cada planta.

LA MENTIRA QUE SE CONVIRTIÓ EN VIDASong Wei tenía cuarenta y tres años y una pregunta que había empezado a aparecer con ...
11/08/2026

LA MENTIRA QUE SE CONVIRTIÓ EN VIDA

Song Wei tenía cuarenta y tres años y una pregunta que había empezado a aparecer con una insistencia que ya no podía ignorar: ¿quién era él realmente? No en el sentido filosófico abstracto sino en el más concreto e incómodo. Llevaba tanto tiempo ajustándose a lo que cada contexto pedía, la versión profesional, la versión familiar, la versión social, que ya no tenía claro si existía una versión propia debajo de todas esas capas o si las capas eran todo lo que había.

Encontró al maestro en un taller de máscaras de ópera en Chongqing, lijando la superficie de una máscara antes de pintarla, preparando el material para recibir un carácter que todavía no existía.

Llevo tanto tiempo siendo quien se supone que debo ser que ya no sé si queda algo de quien soy yo.

¿Cuándo empezaste a actuar y cuándo dejaste de saber que actuabas?

Song Wei pensó. Empecé de joven, para sobrevivir ciertos contextos. Después se volvió automático. Y en algún momento dejé de notar que lo estaba haciendo.

El maestro lijó otra zona de la máscara. Adaptarse tiene valor. El problema es cuando la adaptación se vuelve tan completa que uno olvida que hay algo debajo que adaptar. La máscara deja de ser una herramienta y se convierte en la única cara que uno recuerda tener.

¿Y cómo se recupera lo que hay debajo?

Buscando momentos donde la adaptación no sea necesaria. Donde puedas estar sin que nadie espere nada concreto. En esos momentos aparece algo. Quizás pequeño. Pero es tuyo.

Song Wei salió a las calles de Chongqing, donde la ciudad se extendía en todas direcciones con su densidad característica, millones de personas cada una con su propia versión de sí misma.

Y entendió: no había perdido su identidad. La había cubierto tan bien y durante tanto tiempo que había olvidado que existía. Y ese olvido, más que cualquier otra cosa, era lo que había que deshacer.

Xia Rui tenía treinta y un años y una relación que iba bien, mejor que cualquier otra anterior, y que sin embargo le pro...
10/08/2026

Xia Rui tenía treinta y un años y una relación que iba bien, mejor que cualquier otra anterior, y que sin embargo le producía una angustia que no lograba explicar. No había motivos concretos de preocupación. Era algo más difuso: cuanto más quería a esa persona, más miedo le daba perderla. Y ese miedo estaba empezando a contaminar algo que en realidad era bueno.

Encontró al maestro en un jardín de Hangzhou, junto al lago del Oeste, podando un rosal con tijeras largas, dejando las ramas con más vida y quitando las que ya no tenían posibilidad.

Tengo una relación que va bien. Y me da miedo exactamente porque va bien. Cuanto más la quiero más miedo me da perderla.

El maestro cortó una rama seca antes de responder. ¿Le tienes miedo al amor o al daño que podría hacerte si lo pierdes?

Xia Rui pensó. Al daño. A lo que pasaría dentro de mí si se fuera.

El maestro examinó el rosal. El miedo que describes no es una señal de que algo va mal. Es una señal de que algo va bien de verdad por primera vez. Cuando uno no tenía nada que perder, no había miedo. El miedo llegó con el amor real. Son inseparables.

¿Y cómo se vive con ese miedo sin que envenene lo que hay?

Reconociendo que el miedo es el precio de entrada de querer de verdad. No se elimina. Se lleva. Y se decide que lo que hay vale más que el miedo a perderlo.

Xia Rui salió al borde del lago del Oeste donde los sauces rozaban el agua sin miedo a mojarse.

Y entendió: no tenía un problema con su relación. Tenía por primera vez algo genuinamente valioso. Y el miedo era exactamente proporcional a ese valor, no una señal de que algo estaba mal sino de que por primera vez algo estaba bien de verdad.

LO QUE EL SILENCIO ENSEÑAPeng Hao tenía cuarenta y cuatro años y una vida construida alrededor del sonido. Música en el ...
07/08/2026

LO QUE EL SILENCIO ENSEÑA

Peng Hao tenía cuarenta y cuatro años y una vida construida alrededor del sonido. Música en el coche, podcast mientras cocinaba, televisión de fondo mientras trabajaba, conversaciones que llenaban cualquier hueco que pudiera quedar. No era que amara el ruido. Era que el silencio le producía una incomodidad específica que prefería no examinar.

Encontró al maestro en las montañas de Wudang, preparando una infusión de hierbas junto a un pequeño fuego al aire libre, en un silencio tan completo que los propios pensamientos parecían tener volumen.

Huyo del silencio desde siempre. Cuando no hay ruido me pongo nervioso sin saber por qué.

¿Qué crees que el silencio tiene que decirte que tanto te cuesta escuchar?

Peng Hao se quedó con la pregunta. El fuego pequeño crepitaba. Los árboles de la montaña no se movían.

No lo sé. Pero debe ser algo importante porque llevo mucho tiempo evitándolo.

El maestro vertió el agua sobre las hierbas con calma. El silencio no dice nada que no estuviera ya ahí. Solo quita el ruido que lo tapaba. Lo que te incomoda del silencio no es el silencio en sí. Es lo que aparece cuando el ruido deja de cubrirlo.

¿Y qué aparece?

Eso depende de cada persona. Pero siempre es algo verdadero. El ruido constante es una manera de aplazar ese encuentro indefinidamente.

¿Y si lo que aparece es difícil de manejar?

El maestro señaló las montañas. Todo lo que ves aquí estuvo en silencio mucho antes de que llegaras. El silencio no destruye. Revela.

Peng Hao se quedó quieto junto al fuego más tiempo del que había estado quieto en años. Las montañas de Wudang a su alrededor, antiguas e indiferentes al ruido que él necesitaba para funcionar.

Y entendió: no huía del silencio. Huía de la única voz que en el silencio no podía ignorar, la suya propia, que llevaba años esperando pacientemente que alguien la dejara hablar.

EL MIEDO A QUEDARSE SOLOHan Wei tenía treinta y ocho años y un patrón en sus relaciones que reconocía pero que no lograb...
06/08/2026

EL MIEDO A QUEDARSE SOLO

Han Wei tenía treinta y ocho años y un patrón en sus relaciones que reconocía pero que no lograba romper. Se quedaba en vínculos que no lo hacían bien, toleraba dinámicas que le restaban, postergaba finales inevitables porque el período entre una relación y otra le resultaba insoportable. No era que no supiera que algo no funcionaba. Era que el vacío de no tener a nadie le parecía siempre peor que cualquier cosa que hubiera dentro.

Encontró al maestro en un taller de escultura en piedra en Xiamen, tallando una figura en granito con un cincel pequeño, quitando material con paciencia para revelar la forma que estaba dentro desde el principio.

Me quedo en relaciones que no me hacen bien porque el vacío de estar solo me parece peor.

¿Tienes miedo a la soledad o miedo a estar contigo mismo?

Han Wei consideró la distinción. A estar conmigo mismo, creo. La soledad en sí no me asusta tanto.

El maestro retiró un fragmento de granito con precisión. La compañía constante puede ser una manera de no tener que estar nunca completamente con uno mismo. Cada relación, aunque no funcione, pone algo entre tú y ese encuentro. Cuando el encuentro contigo mismo da miedo, cualquier compañía parece preferible.

¿Y cómo se aprende a estar con uno mismo sin que dé miedo?

En pequeñas dosis primero. Momentos breves de soledad elegida donde practicas que no ocurre nada terrible.

¿Y si ocurre algo incómodo?

Entonces lo miras. Eso es exactamente lo que necesitabas encontrar.

Han Wei salió al malecón de Xiamen donde el viento llegaba sin anunciarse.

Y entendió: no tenía miedo a estar solo. Tenía miedo a lo que aparecería si no hubiera nadie entre él y sí mismo. Y mientras siguiera llenando ese espacio con cualquier compañía disponible, nunca podría saber si lo que temía era real o solo la sombra de algo que nunca había tenido la oportunidad de mirar de frente.

LA HERIDA DE NO SER VISTOLuo Fei tenía cuarenta y dos años y una necesidad de reconocimiento que él mismo reconocía como...
05/08/2026

LA HERIDA DE NO SER VISTO

Luo Fei tenía cuarenta y dos años y una necesidad de reconocimiento que él mismo reconocía como excesiva pero que no lograba moderar. Cada logro necesitaba ser visto, cada esfuerzo necesitaba ser reconocido, y cuando no lo era aparecía una decepción que era desproporcionada al hecho en sí pero perfectamente proporcional a algo mucho más antiguo.

Encontró al maestro en un taller de pinturas de Nanjing, aplicando capas de tinta sobre seda con un pincel fino, construyendo una imagen que solo se revelaría completamente cuando estuviera terminada.

Necesito que reconozcan lo que hago. Sé que es demasiado pero no puedo evitarlo.

¿Buscas reconocimiento por lo que haces ahora o sigues buscando lo que no recibiste entonces?

Luo Fei pensó en su padre, siempre ocupado, siempre mirando hacia otro lado. En los logros de la infancia que habían pasado sin que nadie los nombrara.

Lo segundo, creo.

El maestro añadió otra capa de tinta. El reconocimiento que no se recibió en el momento en que más se necesitaba deja una herida que busca cerrarse en cualquier lugar donde pueda encontrar algo parecido. El problema es que el reconocimiento de ahora nunca puede llenar exactamente lo que faltó entonces porque son momentos distintos y necesidades distintas.

¿Y cómo se cierra esa herida?

Reconociendo primero que existió. Que no eras invisible porque no valieras. Eras invisible porque quien debía mirarte no sabía cómo hacerlo.

Luo Fei salió a los jardines de Nanjing con algo que había estado esperando escuchar durante cuarenta años.

Y entendió: no buscaba reconocimiento. Buscaba la mirada que nunca había recibido de quien más había importado. Y ningún logro presente, por grande que fuera, podía devolverle lo que había faltado en aquel otro tiempo.

EL TRABAJO QUE SE CONVIRTIÓ EN IDENTIDADZheng Wei tenía cuarenta y cinco años y una crisis que no esperaba. Después de v...
04/08/2026

EL TRABAJO QUE SE CONVIRTIÓ EN IDENTIDAD

Zheng Wei tenía cuarenta y cinco años y una crisis que no esperaba. Después de veinte años definido completamente por su trabajo, una reestructuración empresarial lo había dejado sin puesto durante ocho meses. No era una tragedia económica. Era una tragedia de identidad. Sin el trabajo, no sabía con qué presentarse ante el mundo ni ante sí mismo.

Encontró al maestro en Jingdezhen, trabajando barro en el torno con manos experimentadas, dando forma a una pieza que todavía no era nada definido pero que ya tenía presencia.

Perdí mi trabajo hace ocho meses. Y descubrí que sin él no sé quién soy.

¿Qué queda de ti cuando no produces nada?

Zheng Wei se quedó en silencio un momento incómodo. No lo sé. Nunca me lo había preguntado porque siempre estaba produciendo algo.

El maestro siguió dando forma al barro. Construir la identidad sobre el trabajo tiene una lógica. El trabajo es visible, medible, da retroalimentación constante. Pero es también externo. Puede quitarse. Lo que eres cuando no produces nada es lo que siempre estará ahí aunque todo lo demás cambie.

¿Y cómo se descubre eso?

En exactamente estos momentos. Cuando el trabajo no está y tienes que encontrarte con lo que hay debajo.

¿Y si debajo no hay mucho?

Siempre hay más de lo que uno cree. Solo que lleva tiempo sin ser mirado.

Zheng Wei salió al barrio de Sanbao con el polvo blanco bajo los pies y una pregunta que por primera vez en su vida no tenía respuesta profesional.

Y entendió: no había perdido su identidad con el trabajo. Había descubierto que nunca había construido una que pudiera existir sin él. Y eso, aunque incómodo, era también una oportunidad que el trabajo nunca le había dado.

LA ALEGRÍA QUE DA MIEDOMei Xiu tenía treinta y tres años y una relación extraña con las cosas buenas. Cuando algo salía ...
03/08/2026

LA ALEGRÍA QUE DA MIEDO

Mei Xiu tenía treinta y tres años y una relación extraña con las cosas buenas. Cuando algo salía bien, cuando una relación empezaba bien, cuando un proyecto avanzaba mejor de lo esperado, en lugar de disfrutarlo aparecía una tensión que lo empañaba. Una espera involuntaria del momento en que todo se torcería. Como si la alegría fuera una deuda que tarde o temprano habría que pagar.

Encontró a la maestra en un jardín clásico de Suzhou, injertando flores de temporada en un arbusto antiguo, añadiendo color a algo que ya tenía su propia estructura sin necesidad de adornos.

Cuando algo bueno pasa no puedo disfrutarlo. Espero que se rompa.

¿Cuándo aprendiste que la alegría siempre viene seguida de algo malo?

Mei Xiu pensó en su infancia. En los momentos buenos que habían terminado de manera abrupta. En aprender muy temprano que relajarse tenía consecuencias.

La maestra aseguró el injerto con cuidado. El cuerpo aprende patrones. Si en un momento formativo la alegría fue seguida con suficiente frecuencia por algo doloroso, el cuerpo aprende a anticipar el dolor como parte del ciclo. No es pesimismo. Es memoria de supervivencia que ya no distingue el pasado del presente.

¿Y cómo se enseña al cuerpo que ahora es distinto?

Con experiencias repetidas donde la alegría no se rompe. Pero primero hay que permitirse sentirla completamente. Si la anticipas rota, nunca llegas a comprobar que esta vez podría no serlo.

Mei Xiu salió al jardín donde el injerto nuevo convivía con la estructura antigua sin que una dañara a la otra.

Y entendió: no era pesimista. Era alguien que había aprendido a protegerse de la alegría porque en otro tiempo la alegría había dolido. Y ese aprendizaje, útil entonces, le estaba robando ahora exactamente lo que pretendía protegerla de perder.

EL CUERPO COMO EXTRAÑOWen Jie tenía treinta y seis años y una relación con su cuerpo que podría describirse como la de a...
31/07/2026

EL CUERPO COMO EXTRAÑO

Wen Jie tenía treinta y seis años y una relación con su cuerpo que podría describirse como la de alguien que vive en una casa sin conocerla bien. Sabía que estaba ahí, la usaba, la mantenía con lo básico. Pero rara vez le prestaba atención a menos que algo doliera lo suficiente como para no poder ignorarlo. Vivía en su cabeza con una intensidad que hacía que todo lo demás, incluyendo el cuerpo que lo transportaba, quedara en un segundo plano permanente.

Encontró al maestro en un sendero entre los pinos de Emeishan, preparando una decocción sobre un hornillo portátil con hierbas recogidas esa misma mañana, con una atención al proceso que no dejaba espacio para la distracción.

Vivo en mi cabeza. El cuerpo es algo que llevo conmigo pero que casi nunca siento.

¿Cuándo fue la última vez que notaste lo que sentía tu cuerpo sin que fuera dolor?

Wen Jie pensó durante más tiempo del que esperaba necesitar. No lo recuerdo.

El maestro añadió una hierba más a la olla. El cuerpo habla constantemente. Temperatura, tensión, hambre real, comodidad, incomodidad. Cuando uno vive solo en la cabeza, aprende a ignorar todo ese lenguaje hasta que deja de escucharlo. Y entonces el cuerpo tiene que gritar para ser oído. El dolor es el grito.

¿Y cómo se vuelve a escuchar lo que está antes del grito?

Haciendo pausas pequeñas durante el día para preguntar qué siente el cuerpo en ese momento. Sin juzgar la respuesta. Sin hacer nada necesariamente. Solo preguntar y escuchar.

Wen Jie caminó de vuelta por el sendero de Emeishan, intentando por primera vez en mucho tiempo notar el suelo bajo los pies, el frío en los pulmones, el peso del cuerpo que lo llevaba.

Y entendió: no era racionalidad lo que lo mantenía tan distante de su propio cuerpo. Era el hábito largo de considerarlo un transporte en lugar de una parte de sí mismo que también tenía algo que decir.

EL DÍA QUE DECIDIÓ NO DECIDIRShao Bing tenía cuarenta y nueve años y un momento concreto del pasado que aparecía con una...
31/07/2026

EL DÍA QUE DECIDIÓ NO DECIDIR

Shao Bing tenía cuarenta y nueve años y un momento concreto del pasado que aparecía con una regularidad que ya no sorprendía pero que tampoco cedía. Hace quince años había tenido la oportunidad de dejar su ciudad, su trabajo seguro, su vida conocida, para seguir algo que le importaba profundamente. Había elegido quedarse. Por razones que en aquel momento parecían sólidas y que con el tiempo habían ido perdiendo peso. Y lo que quedaba no era exactamente arrepentimiento sino algo más específico: la pregunta de qué habría sido si hubiera elegido diferente.

Encontró al maestro en una posada antigua de Pingyao, preparando una cataplasma de hierbas sobre una piedra caliente, trabajando el material con las manos hasta que tomaba la consistencia exacta que necesitaba.

Hace quince años no me atreví a elegir lo que quería. Y todavía lo cargo.

¿Cargas con lo que elegiste o con lo que no te atreviste a elegir?

Shao Bing pensó. Con lo segundo. Con el camino que no tomé.

El maestro siguió trabajando la cataplasma. El camino no tomado siempre parece mejor que el tomado porque no tiene los problemas reales que habría tenido. Lo imaginas sin sus dificultades. Lo que tienes, en cambio, tiene todas las suyas visibles.

¿Está diciendo que me arrepiento de algo que quizás no habría sido mejor?

Estoy diciendo que no puedes saberlo. Y que cargar con la certeza de que habría sido mejor es una historia que te cuentas, no un hecho.

¿Y cómo se suelta eso?

Reconociendo que la decisión de entonces fue la que pudiste tomar con quien eras entonces. No con quien eres ahora.

Shao Bing salió a las calles empedradas de Pingyao. Y entendió: no cargaba con una mala decisión. Cargaba con una versión idealizada del camino que no había tomado, una versión sin problemas ni dificultades, que nunca había existido y nunca existiría porque los caminos no tomados no tienen peso real, solo el que uno les da.

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