Vicente Laparra

Vicente Laparra Profesor de Medicina Tradicional China - Quiromasaje - Radiónica - Reiki - Osteopatía visceral.
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LA MUJER Y EL N**O EN LA GARGANTAEn un pequeño templo entre montañas de Wuyi, el maestro Xian colgaba lentamente hierbas...
22/05/2026

LA MUJER Y EL N**O EN LA GARGANTA

En un pequeño templo entre montañas de Wuyi, el maestro Xian colgaba lentamente hierbas secas bajo el techo de madera mientras el viento frío atravesaba las campanas de cobre.

No observaba solo las palabras.
Escuchaba también todo lo que alguien evitaba decir.

Una mujer se sentó frente a él.

Se tocó el cuello antes de hablar.

—Siento un n**o aquí casi todo el tiempo —dijo—.
Como si algo estuviera atrapado.

Xian siguió atando las hierbas con una cuerda fina.

—¿Y qué no estás diciendo?

La mujer guardó silencio.

El maestro levantó una rama de artemisa y la acomodó lentamente.

—En medicina china —dijo al fin—, la garganta se cierra cuando la emoción lleva demasiado tiempo buscando salida.

La mujer tragó saliva.

—No quiero discutir con nadie.

Xian asintió con calma.

—Por eso discutes contigo.

El viento movió las hierbas colgadas sobre ellos.

—Te callas para mantener la paz.
Pero el cuerpo no entiende de educación…
solo entiende de presión.

La mujer bajó la mirada.

Xian tensó ligeramente la cuerda entre sus dedos y luego la soltó.

—Lo que aprietas demasiado…
termina pidiendo espacio.

La mujer respiró hondo.

Y por primera vez no pensó en el n**o de la garganta…
pensó en todas las conversaciones que llevaba meses tragándose enteras.

Y entendió algo incómodo:
no era la garganta…
era todo lo que nunca salía.

EL HOMBRE Y EL MAREOEn un antiguo jardín de piedra en Suzhou, el maestro Yun vertía lentamente agua caliente sobre unas ...
21/05/2026

EL HOMBRE Y EL MAREO

En un antiguo jardín de piedra en Suzhou, el maestro Yun vertía lentamente agua caliente sobre unas hojas de crisantemo mientras observaba cómo el v***r subía hacia el aire frío de la mañana.

No decía enseguida lo que pensaba.
Esperaba a ver en qué momento el cuerpo perdía el equilibrio al hablar de ciertas cosas.

Un hombre se sentó frente a él.

—Últimamente me mareo mucho —dijo—.
No siempre fuerte… pero como si por momentos perdiera el centro.

Yun siguió vertiendo el agua en silencio.

—¿Y en tu vida? —preguntó al fin—.
¿También sientes que has perdido el centro?

El hombre soltó una pequeña risa incómoda.

—Supongo que sí.

El maestro levantó lentamente la tetera.

—En medicina china —dijo—, la cabeza se agita cuando todo dentro sube… y nada baja.

Silencio.

El v***r seguía elevándose entre ellos.

—Pensamientos.
Preocupación.
Control.
Todo arriba.

El hombre bajó la mirada.

—Y cuando la mente vive demasiado tiempo arriba…
el cuerpo empieza a sentirse inestable.

Yun inclinó la tetera lentamente hasta vaciar la última gota.

—El equilibrio no se recupera pensando más.
Se recupera volviendo al cuerpo.

El hombre tragó saliva.

Y por primera vez no pensó en sus mareos…
pensó en cuánto tiempo llevaba viviendo desconectado de sí mismo, siempre en la cabeza y nunca en el suelo.

Y entendió algo incómodo:
no estaba perdiendo el equilibrio…
hacía tiempo que había dejado de habitarlo.

LA MUJER Y EL DOLOR DE ESPALDAEn un sendero cubierto de nieve cerca de Lijiang, el maestro Bao caminaba lentamente carga...
20/05/2026

LA MUJER Y EL DOLOR DE ESPALDA

En un sendero cubierto de nieve cerca de Lijiang, el maestro Bao caminaba lentamente cargando un pequeño haz de ramas secas sobre la espalda.

No hablaba del cuerpo como si fuera una máquina.
Decía que el cuerpo siempre terminaba contando aquello que la persona llevaba demasiado tiempo soportando sola.

Una mujer caminaba detrás de él.

Cada pocos pasos se llevaba la mano a la zona lumbar.

—Me duele mucho la espalda últimamente —dijo—.
Sobre todo al final del día.

Bao siguió caminando unos metros más.

—¿Y qué sostienes que ya no puedes más?

La mujer soltó una pequeña risa cansada.

—La vida de siempre.

El maestro dejó lentamente las ramas en el suelo.

La nieve seguía cayendo despacio.

—En medicina china —dijo al fin—, la espalda rara vez se queja solo por peso físico.
Muchas veces se agota por exceso de carga emocional.

La mujer guardó silencio.

—Responsabilidades.
Preocupaciones.
Personas que dependen de ti.

Bao acomodó una rama torcida entre sus manos.

—El cuerpo soporta mucho…
hasta que empieza a pedir ayuda con dolor.

La mujer bajó la mirada.

—No quiero fallarle a nadie.

Bao asintió con calma.

—Y por eso te estás fallando a ti.

Silencio largo.

El maestro volvió a cargar las ramas, pero esta vez tomó menos.

—La fuerza no está en cargar más —continuó—.
Está en saber qué ya no te corresponde llevar.

La mujer no respondió.

Pero por primera vez no pensó en aliviar la espalda…
pensó en cuánto tiempo llevaba intentando sostenerlo todo sola.

Y entendió algo incómodo:
no era solo dolor…
era exceso de carga.

EL HOMBRE Y EL SILENCIOEn un pequeño embarcadero cubierto de niebla en Suzhou, el maestro Rui limpiaba lentamente unas v...
19/05/2026

EL HOMBRE Y EL SILENCIO

En un pequeño embarcadero cubierto de niebla en Suzhou, el maestro Rui limpiaba lentamente unas ventosas de cristal junto al agua.

No llenaba el silencio por incomodidad.
Decía que algunas personas hablaban demasiado… precisamente para no escucharse.

Un hombre se sentó frente a él.

—Últimamente no soporto el silencio —dijo—.
Siempre pongo música, vídeos, cualquier cosa.

Rui siguió pasando un paño por el cristal de una ventosa.

—¿Y qué pasa cuando todo se apaga?

El hombre soltó una pequeña risa nerviosa.

—Empiezo a pensar demasiado.

El maestro asintió.

La niebla seguía moviéndose sobre el río.

—En medicina china —dijo al fin—, la mente se agita cuando el corazón lleva demasiado tiempo sin descanso.

Silencio.

—No porque piense mucho…
sino porque nunca baja la guardia.

El hombre bajó la mirada.

Rui acercó una de las ventosas al v***r de una pequeña llama y luego la dejó sobre la mesa.

—El problema no es el ruido que buscas afuera —continuó—.
Es lo que aparece dentro cuando desaparece.

El hombre tragó saliva.

—¿Y cómo se calma?

Rui levantó la vista lentamente.

—Dejando de escapar cada vez que te encuentras contigo.

La niebla cubrió por un instante el embarcadero.

Y por primera vez el hombre no quiso romper el silencio.

Porque entendió algo incómodo:
no le molestaba el silencio…
le molestaba escucharse.

LA MUJER Y EL VACÍOEn una terraza de piedra entre montañas de Yunnan, el maestro Fei secaba raíces medicinales al sol mi...
18/05/2026

LA MUJER Y EL VACÍO

En una terraza de piedra entre montañas de Yunnan, el maestro Fei secaba raíces medicinales al sol mientras el viento movía lentamente las telas colgadas alrededor.

No observaba solo lo que dolía.
Observaba también lo que había dejado de sentirse.

Una mujer se sentó frente a él.

—Últimamente no siento ganas de nada —dijo—.
No estoy triste… pero tampoco estoy bien.

Fei siguió ordenando las raíces sobre una bandeja de bambú.

—¿Qué haces durante el día?

—Lo normal. Trabajo. Hablo. Sonrío cuando toca.

El maestro asintió.

—¿Y cuándo descansas?

La mujer tardó en responder.

—No lo sé.

El viento atravesó la terraza.

—En medicina china —dijo Fei al fin—, el vacío no siempre aparece cuando falta algo.
A veces aparece cuando llevas demasiado tiempo desconectada de ti.

La mujer bajó la mirada.

—Pensé que solo estaba cansada.

Fei tomó una raíz seca entre los dedos y la partió suavemente.

—El cansancio recupera.
El vacío no.

Silencio.

—Sigues funcionando —continuó—.
Pero hace tiempo que no te habitas.

La mujer tragó saliva.

El maestro dejó que las raíces secas cayeran lentamente sobre la mesa.

—Cuando una planta pierde humedad… no se rompe enseguida.
Primero deja de tener vida por dentro.

La mujer no respondió.

Pero por primera vez no pensó en motivarse más…
pensó en cuánto tiempo llevaba viviendo en automático.

Y entendió algo incómodo:
no era tristeza…
era desconexión.

EL HOMBRE Y EL PECHOEn un antiguo pabellón junto al lago de West Lake, en Hangzhou, el maestro Gu observaba las ondas de...
15/05/2026

EL HOMBRE Y EL PECHO

En un antiguo pabellón junto al lago de West Lake, en Hangzhou, el maestro Gu observaba las ondas del agua mientras acomodaba agujas de acupuntura sobre una tela oscura.

No hablaba rápido.
Decía que el cuerpo necesitaba tiempo para atreverse a decir la verdad.

Un hombre se sentó frente a él.

Respiraba corto.
Como si cada inhalación se quedara a medio camino.

—Siento presión aquí —dijo tocándose el pecho—.
No dolor… presión.

Gu no respondió enseguida.

Tomó una de las agujas entre los dedos y la sostuvo frente a la luz.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace meses.

—¿Y desde cuándo te guardas lo que sientes?

El hombre desvió la mirada.

El lago seguía quieto.

—En medicina china —dijo Gu al fin—, el pecho se cierra cuando el corazón lleva demasiado tiempo protegiéndose.

Silencio.

—No es tristeza solamente.
Tampoco ansiedad solamente.
Es emoción sin salida buscando espacio.

El hombre tragó saliva.

—No quiero preocupar a nadie.

Gu asintió con calma.

—Por eso tu cuerpo empezó a preocuparse por ti.

El viento movió apenas la superficie del agua.

Gu apoyó lentamente la aguja sobre la tela.

—Cuando todo se contiene…
el cuerpo termina convirtiéndose en la puerta de emergencia.

El hombre guardó silencio.

Y por primera vez no pensó en la presión del pecho…
pensó en cuánto tiempo llevaba viviendo sin permitirse sentir delante de otros.

Y entendió algo incómodo:
no era el pecho el que se cerraba…
era él.

LA MUJER Y LA MANDÍBULAEn un bosque de bambú cerca de Anji, el maestro Shen preparaba una decocción sobre un pequeño fue...
14/05/2026

LA MUJER Y LA MANDÍBULA

En un bosque de bambú cerca de Anji, el maestro Shen preparaba una decocción sobre un pequeño fuego de carbón.

No observaba primero el dolor.
Observaba dónde alguien se endurecía cuando intentaba mantenerse fuerte.

Una mujer se sentó frente a él.

Tenía la mandíbula tensa incluso en silencio.

—Últimamente me despierto apretando los dientes —dijo—.
Y a veces me duele toda esta zona.

Se tocó el rostro.

Shen removió lentamente las hierbas con una cuchara de madera.

—¿Qué estás aguantando?

La mujer soltó una pequeña risa incómoda.

—Nada grave.

El maestro levantó la vista.

—Lo grave rara vez se aprieta aquí —dijo señalando su propia mandíbula—.
Aquí se aprieta lo constante.

Silencio.

El fuego crepitó suavemente.

—En medicina china, cuando el hígado se tensa… el cuerpo busca dónde contener.

La mujer bajó la mirada.

—Últimamente discuto menos —admitió.

Shen asintió.

—Y te tragas más.

La mujer no respondió.

El maestro levantó la tapa de barro de la decocción y dejó escapar lentamente el v***r.

—Lo que no sale con palabras…
muchas veces termina saliendo con presión.

La mujer tragó saliva.

Y por primera vez no pensó en su mandíbula…
pensó en todas las veces que había dicho “da igual” cuando sí importaba.

Y entendió algo incómodo:
no estaba relajándose más…
se estaba endureciendo mejor.

EL HOMBRE Y LOS HOMBROSEn un pequeño puente de piedra sobre un río en Wuzhen, el maestro Lin observaba el agua correr mi...
13/05/2026

EL HOMBRE Y LOS HOMBROS

En un pequeño puente de piedra sobre un río en Wuzhen, el maestro Lin observaba el agua correr mientras molía hierbas en un cuenco.

No miraba solo el rostro de las personas.
Miraba dónde cargaban el peso cuando creían estar relajadas.

Un hombre se acercó lentamente.

Llevaba los hombros elevados, tensos, casi inmóviles.

—Me pesan mucho los hombros últimamente —dijo—.
Como si llevara algo encima todo el día.

Lin siguió moviendo lentamente la mano dentro del cuenco.

—¿Y qué llevas?

El hombre soltó una pequeña risa cansada.

—Responsabilidades, supongo. Trabajo. Familia. Lo normal.

Lin levantó la vista.

—Lo normal también puede aplastarte.

Silencio.

El río seguía fluyendo bajo el puente.

—En medicina china —continuó—, el cuerpo no distingue entre peso físico y peso emocional.
Solo sabe sostener.

El hombre bajó la mirada.

—Últimamente siento que si yo paro… todo se cae.

Lin dejó de moler las hierbas.

—Por eso tus hombros no descansan.
Tu cuerpo cree que está sujetando el mundo.

El hombre tragó saliva.

Lin tomó un poco de polvo herbal entre los dedos y lo dejó caer al agua.

—Nada fluye cuando intentas cargarlo todo.

El hombre guardó silencio.

Y por primera vez no pensó en el dolor…
pensó en cuánto tiempo llevaba viviendo sin apoyarse en nadie.

Y entendió algo incómodo:
no eran los hombros…
era el peso de no soltar nunca.

LA MUJER Y EL CUELLOEn un sendero de montaña cerca de Huangshan, el maestro Yue caminaba despacio entre la niebla de los...
12/05/2026

LA MUJER Y EL CUELLO

En un sendero de montaña cerca de Huangshan, el maestro Yue caminaba despacio entre la niebla de los pinos.

No daba enseñanzas sentado.
Decía que el cuerpo hablaba mejor cuando estaba en movimiento.

Una mujer caminaba detrás de él, masajeándose el cuello.

—Llevo meses con tensión aquí —dijo—.
Me despierto rígida. A veces hasta me duele girar la cabeza.

Yue siguió caminando unos pasos más.

—¿Y qué parte de tu vida no quieres mirar?

La mujer frunció el ceño.

—No entiendo.

El maestro se detuvo junto a unas piedras húmedas.

—El cuello conecta la cabeza con el cuerpo —dijo al fin—.
Cuando se endurece… casi siempre hay algo que te niegas a girar a ver.

Silencio.

La niebla pasaba lentamente entre los árboles.

—En medicina china, la tensión no siempre viene del esfuerzo físico.
A veces viene de sostener una dirección que ya no quieres.

La mujer bajó la mirada.

—No quiero tomar una decisión —admitió.

Yue asintió con calma.

—Por eso aprietas.

La mujer tragó saliva.

El maestro levantó una rama caída del suelo y la dobló ligeramente entre las manos.

—Lo rígido parece fuerte —continuó—.
Hasta que deja de poder moverse.

La mujer guardó silencio.

Y por primera vez no pensó en aliviar el dolor…
pensó en todo lo que llevaba tiempo evitando mirar.

Y entendió algo incómodo:
no era solo tensión…
era resistencia.

EL HOMBRE Y EL ESTÓMAGOEn un jardín húmedo de Guilin, el maestro Tao preparaba hierbas mientras escuchaba caer la lluvia...
11/05/2026

EL HOMBRE Y EL ESTÓMAGO

En un jardín húmedo de Guilin, el maestro Tao preparaba hierbas mientras escuchaba caer la lluvia sobre las piedras.

No hablaba rápido.
No buscaba síntomas aislados.
Observaba cómo el cuerpo repetía lo que la mente intentaba esconder.

Un hombre se sentó frente a él.

—Tengo el estómago revuelto casi todos los días —dijo—.
Pesadez. Ardor. A veces n**o.

Tao siguió cortando raíz de jengibre sobre una tabla de madera.

—¿Piensas mucho mientras comes?

El hombre levantó la vista.

—Supongo.

—¿Y cuando no comes?

El hombre sonrió con cansancio.

—También.

Tao dejó el cuchillo.

—En medicina china —dijo al fin—, el estómago no solo digiere comida.
También intenta digerir tu vida.

Silencio.

La lluvia siguió cayendo.

—Comes deprisa.
Piensas deprisa.
Vives tragando cosas que ni siquiera has terminado de sentir.

El hombre bajó la mirada.

Tao machacó el jengibre lentamente con una piedra.

—El problema no es lo que entra —continuó—.
Es lo que nunca descansas para procesar.

El hombre tragó saliva.

—¿Entonces qué hago?

Tao levantó la vista por primera vez.

—Deja de alimentarte como si estuvieras huyendo.

El hombre no respondió.

Pero por primera vez no pensó en su estómago…
pensó en la velocidad con la que llevaba años viviendo.

Y entendió algo incómodo:
no era mala digestión…
era una vida imposible de digerir.

LA MUJER Y LA TRISTEZAEn una pequeña estancia de madera en Nanjing, el maestro Qiu escuchaba la respiración antes de esc...
08/05/2026

LA MUJER Y LA TRISTEZA

En una pequeña estancia de madera en Nanjing, el maestro Qiu escuchaba la respiración antes de escuchar la historia.

No interrumpía el silencio.
No apresuraba respuestas.
Esperaba a que el cuerpo dijera lo que la boca aún evitaba.

Una mujer se sentó frente a él.

—No estoy triste —dijo—.
Pero últimamente siento el pecho pesado… como si algo no terminara de salir.

Qiu asintió.

No respondió enseguida.

—¿Suspiras mucho?

La mujer dudó.

—Sí.

—¿Te cuesta respirar hondo?

Ella bajó la mirada.

Qiu apoyó la tapa de porcelana sobre la taza y habló con calma.

—No es el pecho —dijo al fin—.
Es lo que no has soltado.

Silencio.

—En medicina china, el pulmón no solo toma aire.
También deja ir.

La mujer tragó saliva.

—No siento que esté reteniendo nada.

Qiu la miró sin moverse.

—La tristeza no siempre llora.
A veces solo se queda.

La sala quedó en silencio.

—No te rompe —continuó—.
Pero ocupa espacio.
Y donde no sueltas… no entra nada nuevo.

La mujer cerró los ojos un instante.

—¿Y cómo se va?

Qiu respondió sin prisa.

—No se empuja.
Se exhala.

La mujer no dijo nada.

Pero por primera vez no intentó respirar más hondo…
intentó soltar más despacio.

Y entendió algo incómodo:
no le faltaba aire…
le sobraba lo que no dejaba ir.

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