12/08/2026
LA GRATITUD QUE NO LLEGA
Ling Fang tenía cuarenta años y una vida que objetivamente tenía mucho. Salud, trabajo estable, personas que la querían, momentos buenos con regularidad. Y una insatisfacción de fondo que no correspondía a nada concreto que faltara sino a una manera de procesar la vida donde lo que estaba bien se volvía invisible rápidamente y lo que faltaba o podría ir mejor ocupaba todo el espacio de atención disponible.
Encontró al maestro en un jardín de Chengdu, regando plantas medicinales una por una con una regadera pequeña, dándole a cada una exactamente lo que necesitaba sin más ni menos.
Tengo mucho y lo sé. Pero hay una insatisfacción que no cede. No sé si es ingratitud o algo que no puedo controlar.
¿Agradeces lo que tienes o solo notas lo que falta?
Ling Fang fue honesta. Principalmente noto lo que falta.
El maestro regó otra planta con calma. La mente tiene una tendencia natural hacia el déficit. Evolutivamente tenía sentido, notar lo que falta mantiene alerta. El problema es cuando esa tendencia no tiene contrapeso y lo que está bien desaparece de la percepción tan rápido que nunca acumula peso emocional.
¿Y cómo se entrena la mente para registrar también lo que está bien?
Intencionalmente al principio. Nombrando cada día, con detalle, algo concreto que estuvo bien. No en general. Con detalle. El cerebro aprende por repetición, no por convicción.
¿Y eso cambia la insatisfacción?
No la elimina. Pero la equilibra. La insatisfacción tiene su lugar. El problema es cuando es la única voz que escuchas.
Ling Fang salió al jardín donde cada planta recibía exactamente lo que necesitaba, ni más ni menos, y crecía con eso.
Y entendió: no era ingrata. Tenía una mente entrenada durante décadas para buscar el déficit con una eficiencia que nunca había aprendido a equilibrar. Y ese entrenamiento, como cualquier otro, podía modificarse. Despacio, con repetición, con la misma paciencia con que el maestro regaba cada planta.