16/06/2026
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Gran parte del yoga contemporáneo más comercial ha puesto el foco en el bienestar individual, la gestión del estrés o la mejora física, un yoga que muchas veces se ha encerrado en el perfeccionamiento individual, donde la paz interior puede convertirse en una forma de evasión, dejando en segundo plano la dimensión ética y social de la práctica.
Pero el yoga es un camino inseparable del compromiso con el mundo, nos invita a cultivar una conexión interior profunda que no nos aleje del sufrimiento del mundo, sino que nos permita acercarnos a él con más lucidez, firmeza y compasión. El yoga nos abre la puerta a conectar con nuestra esencia, con aquello que nos une.
“El yogui, establecido en el yoga, ve al Ser en todos los seres y a todos los seres en el Ser.” - Bhagavad Gītā 6.29
Muchas de las personas que practicamos yoga contamos con las condiciones, el tiempo, el espacio y cierta estabilidad que hacen posible dedicar atención a nuestro desarrollo espiritual. Reconocer ese privilegio con gratitud nos recuerda que tenemos una responsabilidad como practicantes.
A veces nos pueden abrumar todas las injusticias y el dolor que vemos a nuestro alrededor, y esto nos puede paralizar, pero podemos recordar que tenemos la capacidad de generar cambios en nuestro pequeño ámbito de acción, en nuestra cotidianidad y nuestro entorno. El mundo no cambia únicamente a través de grandes gestos; también cambia a través de nuestros hábitos, la forma en que nos relacionamos y las decisiones que tomamos cada día. Nuestros actos nos definen.
La práctica espiritual siempre nos recuerda la importancia de estar en el mundo, no busca que nos retiremos de él, sino que podamos habitarlo de otra manera, con el corazón elevado, pero los pies en la tierra.
El primer paso y la base sólida del yoga son los yamas, los principios éticos que regulan nuestra relación con los demás. Nos invitan a reducir el sufrimiento allí donde tenemos influencia; a actuar desde la compasión y no desde la indiferencia; a cuestionar las estructuras que generan violencia y a cultivar una presencia que no contribuya a la exclusión o la explotación.
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