29/06/2026
CUANDO EL FOGÓN DE LEÑA SE APAGÓ... LA CASA YA NO VOLVIÓ A SER LA MISMA
Hubo un tiempo en que el corazón de una casa no estaba en la sala ni frente al televisor. Estaba en la cocina, alrededor del fogón de leña. Ahí empezaba el día mucho antes de que saliera el sol. El sonido de la leña encendiéndose anunciaba que la familia pronto se reuniría. No hacía falta llamar a nadie. El aroma del café de olla, de los frijoles hirviendo o de las tortillas recién hechas era suficiente para que todos llegaran poco a poco. Sin darse cuenta, cada comida se convertía en un momento para conversar, reír, pedir consejo o simplemente sentirse acompañado.
Las abuelas conocían el fogón como quien conoce a un viejo amigo. Sabían cuál leña duraba más, cuál daba mejor calor y cuál servía para prender el fuego más rápido. Mientras movían las ollas de barro, también enseñaban a los nietos, contaban historias, corregían con cariño y transmitían costumbres que ningún libro podía enseñar. Muchas de las lecciones más importantes de la vida no se aprendieron en una escuela; nacieron al calor de aquellas brasas que nunca dejaban de acompañar a la familia.
El fogón también enseñaba paciencia. Nada estaba listo en cinco minutos. Los frijoles tenían su tiempo, el café tenía su aroma, las tortillas inflaban cuando el fuego estaba en su punto y cada platillo llevaba dedicación. Mientras la comida se cocinaba, también se fortalecían los lazos entre quienes compartían ese espacio. Nadie vivía con prisa porque entendían que las mejores cosas necesitaban tiempo.
Después llegaron las estufas de gas, los hornos de microondas y los aparatos que prometían hacerlo todo más rápido. La comida comenzó a prepararse en menos tiempo, pero también empezó a desaparecer algo que casi nadie notó. Cada quien empezó a comer a distinta hora, algunos frente al teléfono, otros frente al televisor y otros de pie porque tenían prisa. La cocina dejó de ser el lugar donde la familia se encontraba y poco a poco se convirtió únicamente en un sitio para preparar alimentos.
No se trata de decir que lo moderno sea malo. Gracias a la tecnología muchas tareas son más fáciles y seguras. Lo que realmente vale la pena preguntarse es qué dejamos atrás mientras ganábamos rapidez. Se fueron apagando esas conversaciones largas, las recetas que pasaban de una generación a otra, las historias que solo aparecían cuando todos estaban sentados alrededor del mismo fuego y esa costumbre de compartir el tiempo sin mirar el reloj.
Todavía hoy basta con percibir el olor de la leña encendida para que muchos vuelvan por un instante a la casa de sus abuelos. Regresan a la memoria las cazuelas de barro, el café de olla, las tortillas infladas, las risas, los consejos y esa sensación de que no hacía falta tener mucho dinero para sentirse rico. Había poco, pero casi nunca faltaba lo más importante: tiempo para estar juntos.
Quizá el verdadero problema nunca fue que el fogón dejara de usarse. El problema empezó cuando también dejamos que se apagara el hábito de reunirnos. Porque una familia no permanece unida por los muebles, por el tamaño de la casa ni por los aparatos que tiene. Permanece unida cuando todavía existen momentos para sentarse a la misma mesa, mirarse a los ojos y recordar que la mejor comida no siempre era la más abundante, sino la que se compartía con las personas que más amábamos. El fuego del fogón podía apagarse al terminar el día, pero el calor de una familia unida seguía encendido mucho después de que las brasas dejaban de brillar.