Mario Noé Villafranca

Mario Noé Villafranca Especialista en Cirugía Oncologica INCan Mexico y Cirugia General. Entrenamiento en Cirugia de Cancer de Higado, Via Biliar y Pancreas en NCCH Japon.

Fundador y ExCoordinador y Profesor de Postgrado Oncologia Quirúrgica UNAH.

Guerra Santa:**Las raíces* Por Dr. Mario Noé Villafranca Los conflictos entre árabes e israelíes constituyen una de las ...
15/05/2026

Guerra Santa:*
*Las raíces*

Por Dr. Mario Noé Villafranca

Los conflictos entre árabes e israelíes constituyen una de las disputas políticas, territoriales y humanas más complejas de la historia contemporánea. Más de un siglo de guerras, desplazamientos, terrorismo, ocupaciones, radicalismos y profundas heridas colectivas han marcado a generaciones enteras en Medio Oriente. Sin embargo, más allá de las interpretaciones geopolíticas, religiosas o ideológicas, existe una dimensión humana y moral que obliga a reflexionar sobre la posibilidad de una reconciliación. En ese sentido, la antigua historia bíblica del encuentro entre Jacob y Esaú ofrece una poderosa metáfora para comprender tanto el dolor de la división como la esperanza del reencuentro.
El conflicto árabe-israelí tiene raíces múltiples. Para el pueblo judío, la creación del Estado de Israel en 1948 representó el retorno histórico a una tierra considerada ancestral y, además, un refugio indispensable tras siglos de persecuciones culminadas en el horror del Holocausto. Para gran parte del mundo árabe y particularmente para los palestinos, ese mismo acontecimiento significó exilio, despojo y pérdida territorial. Desde entonces, la región ha sido escenario de guerras sucesivas, 1948, 1956, 1967 y 1973, así como de intifadas, atentados, intervenciones militares y procesos de paz fracasados.
Con el paso del tiempo, los argumentos nacionales se endurecieron. Israel desarrolló una poderosa estructura militar y tecnológica orientada a garantizar su supervivencia en un entorno percibido como hostil. Los palestinos mantuvieron una lucha persistente por el reconocimiento de un Estado propio y por la recuperación de derechos considerados irrenunciables. Entre ambos pueblos se acumularon memorias de víctimas, temores existenciales y desconfianzas mutuas.
Sin embargo, reducir el conflicto únicamente a una lucha entre “buenos” y “malos” conduce a la simplificación. La historia demuestra que tanto israelíes como palestinos han sufrido enormemente. Familias enteras han sido destruidas por bombardeos, ataques terroristas, represalias militares y desplazamientos forzados. Niños de ambos lados han crecido bajo el sonido de sirenas, explosiones y discursos de odio. El dolor no reconoce fronteras étnicas ni religiosas.
En este contexto, la historia de Jacob y Esaú adquiere una profundidad extraordinaria. Según el Libro del Génesis, Jacob, precursor de Israel, obtuvo mediante engaño la bendición destinada a su hermano Esaú, de quien surgió Edom y con él, los edomitas. El resentimiento fue tal que Jacob huyó por años, temiendo la venganza. Décadas después, cuando finalmente regresó, esperaba encontrar a un enemigo dispuesto a destruirlo. Pero el relato bíblico toma un rumbo inesperado; Esaú corre hacia Jacob, lo abraza y ambos lloran.
El pasaje no elimina el pasado ni niega la injusticia sufrida. Tampoco pretende que el dolor desaparezca mágicamente. Lo importante es que rompe el ciclo de la venganza. El encuentro demuestra que la reconciliación no es olvidar la historia, sino impedir que el odio se convierta en destino permanente.
Esa enseñanza posee enorme relevancia para el Medio Oriente contemporáneo. Tanto israelíes como palestinos tienen razones históricas para desconfiar. Ambos poseen relatos nacionales profundamente arraigados y ambos han experimentado tragedias reales. Pero la historia también demuestra que ningún conflicto se resuelve únicamente mediante superioridad militar. Las victorias bélicas pueden otorgar control territorial o seguridad temporal, pero difícilmente producen paz duradera cuando millones de personas continúan sintiéndose humilladas, amenazadas o excluidas.
La reconciliación auténtica requiere reconocer la humanidad del otro. Esa es precisamente la esencia del momento en que Jacob declara a Esaú, “Ver tu rostro es como ver el rostro de Dios”. La frase resulta extraordinaria porque transforma al enemigo en un ser digno de respeto y compasión. En términos modernos, implica reconocer que la vida del otro posee igual valor moral.
Esto no significa ingenuidad política ni desconocimiento de amenazas reales. Los Estados tienen derecho a proteger a sus ciudadanos, y las sociedades tienen derecho a exigir seguridad. Pero también es cierto que la deshumanización prolongada conduce inevitablemente a nuevas espirales de violencia. Cuando un pueblo deja de ver al otro como personas y comienza a verlo únicamente como enemigos absolutos, la posibilidad de convivencia se vuelve casi imposible.
La experiencia histórica demuestra que incluso los conflictos aparentemente insolubles pueden encontrar caminos inesperados hacia la paz. Europa pasó de guerras mundiales a procesos de integración. Sudáfrica evitó una guerra civil racial mediante mecanismos imperfectos pero valientes de reconciliación. Irlanda del Norte logró disminuir décadas de violencia sectaria. El pueblo alemán encontró la reunificación después de derribar un muro separatista para correr hacia la libertad. Ninguno de esos procesos fue sencillo, y todos requirieron liderazgo político, renuncias dolorosas y reconocimiento mutuo.
Quizá el desafío más grande del conflicto árabe-israelí sea precisamente recuperar la capacidad de imaginar un futuro compartido. Mientras ambas sociedades permanezcan atrapadas únicamente en la memoria de las heridas, el pasado seguirá gobernando el presente. La historia de Jacob y Esaú recuerda que la reconciliación no comienza con tratados diplomáticos, sino con la decisión humana de detener el odio antes de que destruya definitivamente a los hermanos.
La Biblia, a través de estos dos hermanos, deja abierta una posibilidad, que incluso después del miedo, del exilio y de la traición, aún puede existir un abrazo.
Porque el momento más importante de la historia no fue cuando Jacob obtuvo la bendición, sino cuando Jacob y Esaú dejaron de verse como enemigos y volvieron a verse como hermanos.
Que Dios permita que esta histórica y hermosa región del planeta, cuna de la fe, encuentre paz y sus habitantes, reconciliación y convivencia en armonía, tal como sus predecesores, Jacob y Esaú encontraron.

Todos los días, son días de la Madre; l@s que la tienen en vida; Disfrútenlas al máximo. Dios las Bendiga siempre…
10/05/2026

Todos los días, son días de la Madre; l@s que la tienen en vida; Disfrútenlas al máximo. Dios las Bendiga siempre…

Querid@s amigos; en cada escrito que les he compartido y que ustedes generosamente han leído y/o criticado; me han permi...
10/05/2026

Querid@s amigos; en cada escrito que les he compartido y que ustedes generosamente han leído y/o criticado; me han permitido crecer y aprender de ustedes. El recién último ha generado algunas incomodidades, que me lo han hecho saber. No miento; y No soy dueño absoluto de la verdad , solo Dios. Muchas llevan un enfoque preventivo y alternativas de solución.
Dios los Bendiga a cada uno de ustedes y sus familias.

El azul turquesa (no marino ni profundo) y la estrella solitaria* Por Dr. Mario Noé Villafranca Siempre he seguido el bé...
09/05/2026

El azul turquesa (no marino ni profundo) y la estrella solitaria*

Por Dr. Mario Noé Villafranca

Siempre he seguido el béisbol de las Grandes Ligas, cada temporada deja historias memorables y lecciones que trascienden el terreno de juego. Revisé recientemente las tablas y me satisfizo encontrar a los Bravos de Atlanta en el primer lugar, en ese equipo milita nuestro compatriota Mauricio Dubón, quien realiza una brillante campaña. Dubón juega como "utility", es decir, como utilitario, una posición compleja y de enorme valor estratégico dentro del béisbol.
El "utility" es ese jugador al que el mánager coloca en cualquier posición del campo. Debe tener versatilidad, disciplina y capacidad de adaptación. Y Dubón no solamente cumple donde se le utiliza, sino que lo hace a un nivel tan alto que ya ha ganado dos veces el premio "Guante de Oro" en ese rol.
Pero dejando el diamante y regresando a la política hondureña, uno no puede evitar identificar también a un gran "utility" dentro del tablero político nacional. ¿Quién es ese "utility"? Fácil, si en el béisbol los números hablan, en política los movimientos del tablero también hablan. ¿Y quién sería el mánager que administra estratégicamente a ese utilitario? Pues el débil oficialismo de Honduras, que parece moverlo según sus intereses políticos y electorales.
¿Dónde puede colocarlo? En cualquier posición que resulte conveniente. Podría impulsarlo mediante un nuevo partido político, como ya ocurrió en el pasado con el PAC y el PSH. Podría promover una alianza con Libre, algo que también ya se vio anteriormente. O simplemente permitir que continúe, como en el último proceso, dentro del Partido Liberal, donde quizás haga menos daño que desde otra trinchera. El actual oficialismo ha sido declarado ganador en cada proceso en el que ha intervenido su "utility" y posee una experiencia electoral acumulada durante décadas, adicionalmente sabe jugar aritmética política con enorme habilidad.
Se trata de un partido que elección tras elección crece, a nadie extrañaría que en la próxima le sean acreditados 1.7 millones de votos, su crecimiento vegetativo. Y cuando una estructura política desarrolla semejante maquinaria electoral, inevitablemente comienza a mover piezas con pragmatismo extremo, incluso arriesgando a su propia base.
En ese contexto, llama la atención cómo el oficialismo ha puesto en aprietos a algunos de los liderazgos más fuertes del Partido Liberal, sacó al "utility" de la escena y de todo tipo de negociación en un golpe magistral, poniendo a Cálix en el Congreso como Jefe de Bancada, propiciando la confrontación de Contreras con el "utility". Vaya demostración. Por si fuera poco entregó al liberalismo las “secretarías zombis”, espacios gubernamentales donde realmente no se decide mucho. La pregunta es inevitable, ¿tendrá tiempo el liberalismo de recuperar un verdadero rol opositor o quienes negocian ya encontraron un nuevo modus vivendi en el cual se sienten cómodos perdiendo elecciones?
Sería injusto desconocer que dentro del partido oficialista existe una membresía sólida y numerosos nacionalistas honorables, personas de valores conservadores y principios definidos. Igualmente ha comenzado a surgir una nueva generación de rebeldes azules que nunca estuvieron de acuerdo con actos de corrupción cometidos durante los gobiernos nacionalistas. Ahí están los casos del saqueo al IHSS, la compra de hospitales chatarra, la sobrevaloración de insumos, la reelección ilegal, así como los vínculos con el narcotráfico que terminaron salpicando a figuras de alto nivel como un jefe policial que confesó su relación con ese ilícito en una corte estadounidense.
Y precisamente por eso comienzan a aparecer encuestas prematuras, movimientos internos y nuevas figuras políticas, cuya capacidad de desplazar a la cúpula nacionalista tendrá que demostrarse; esto incluye lidiar con la posible candidatura del indultado expresidente, si es que "los que mandan" así lo deciden. En Libre surge el nombre del exalcalde Aldana encabezando algunos sondeos, aunque queda la duda de si esto corresponde realmente a una tendencia natural o si forma parte de alguna maniobra destinada a distraerlo de una eventual búsqueda de la AMDC y empujarlo hacia aspiraciones presidenciales, despejando así el camino de continuidad para Juan Diego Zelaya en Tegucigalpa. Si eso fuese cierto, estaríamos frente a una auténtica "cachurecada" de pragmatismo máximo.
También resulta interesante observar cómo Yani Rosenthal da una nueva cátedra política agenciándose la CSJ a partir de una derrota electoral, pese a los 1.5 millones de votos logrados por el "utility".
Mientras tanto, en Libre, buena parte de su militancia continúa pendiente del llamado de la nueva gran electora, Xiomara Castro, cuya influencia podría inclinar la balanza hacia alguno de sus hijos o hacia figuras cercanas a ellos.
La política hondureña sigue moviéndose como un tablero donde los intereses particulares pesan más que las verdaderas necesidades nacionales. Y mientras los partidos acomoden sus piezas, promuevan nuevos movimientos o fabriquen nuevas candidaturas, el pueblo hondureño continúa esperando soluciones reales.
Que Dios bendiga a Honduras y le señale el camino correcto para construir una nación más justa, más digna y con mejores oportunidades para todos sus ciudadanos.

GRACIAS SEÑOR DIOS TODOPODEROSO
23/04/2026

GRACIAS SEÑOR DIOS TODOPODEROSO

El hospital del cáncer en Honduras* Por Dr. Mario Noé Villafranca Hoy inicio estas líneas con una disculpa sincera al pu...
06/04/2026

El hospital del cáncer en Honduras*

Por Dr. Mario Noé Villafranca

Hoy inicio estas líneas con una disculpa sincera al pueblo hondureño. A quienes, con legítima esperanza, interpretaron que mi propuesta de campaña significaba la construcción directa de un hospital del cáncer, debo decirles con humildad que tal alcance no estaba en mis manos. Mi promesa fue gestionar ese anhelo nacional. Comprendo que en política las palabras suelen crecer en el corazón de la gente, y por ello asumo la responsabilidad no solo de aclararlo, sino de seguir insistiendo.
Pero aquella propuesta no fue única. En realidad, fueron dos mis promesas originales después de retornar graduado a mi pais. La primera consistía en gestionar la construcción del hospital del cáncer en Honduras. La segunda fue la creación de un posgrado de Cirugía Oncológica en el país. Esta última sí se convirtió en realidad y hoy forma especialistas que representan una esperanza concreta para cientos de pacientes. Es prueba viva de que cuando la voluntad encuentra camino, los sueños pueden materializarse.
El hospital, en cambio, sigue siendo una deuda. Y no cualquier deuda.
El cáncer no pregunta quién eres. No distingue entre el que tiene y el que no. Llega sin aviso, se instala en la vida de las familias y lo cambia todo. De pronto, la rutina se convierte en angustia, los días en espera, y la esperanza en una lucha constante contra el tiempo. Por eso, hablar de un hospital especializado no es hablar de política. Es hablar de humanidad.
En su momento, hubo en Honduras señales reales de esperanza. El Decreto Legislativo 2,318 fue aprobado por el Pleno del Congreso Nacional y sancionado por el entonces presidente Juan Orlando Hernández el 16 de abril de 2018, siendo posteriormente publicado en el diario oficial La Gaceta. No fue solo una intención, fue ley de la Nación. Además, el Congreso Nacional aprobó una partida de 20 millones de lempiras destinada a los estudios para la construcción del hospital oncológico, asignación que también quedó formalizada mediante su publicación en La Gaceta número 35,137.
Incluso en medio de la pandemia, cuando el país enfrentaba uno de sus momentos más difíciles, el tema no se abandonó. En el marco de la Ley Especial de Aceleración Económica y Protección Social frente a los Efectos del Coronavirus, se contemplaron recursos adicionales para completar los estudios e iniciar la construcción de lo que entonces se denominó Instituto Oncológico. El artículo 4 de dicha ley autorizaba a la Secretaría de Salud, con carácter de urgencia, a utilizar los recursos disponibles para dar ese paso impostergable.
Después, en los presupuestos generales de 2021 y 2022, se consignaron 50 millones de lempiras para iniciar la construcción. Pero ese paso nunca se dio. Los recursos no fueron ejecutados para su propósito original. En su lugar, se destinaron al fortalecimiento del Hospital San Felipe. Una decisión que, aunque responde a necesidades inmediatas, volvió a posponer el sueño de un hospital especializado de alcance nacional.
Y mientras tanto, la vida siguió avanzando…y el cáncer también.
El cáncer en Honduras no es un problema pequeño. Es una realidad que golpea todos los días, en silencio, en cada rincón del país. Las respuestas parciales no alcanzan. Cada día sin una solución integral pesa sobre quienes esperan, sobre quienes luchan, sobre quienes se aferran a la fe. Solo quien ha vivido esta experiencia de cerca puede entenderlo.
Es ver a un ser querido esperar semanas, a veces meses, por atención.
Es escuchar que no hay espacio para una radioterapia a tiempo.
Es sentir cómo la vida se escapa mientras una cirugía se retrasa.
Es recorrer farmacias en busca de medicamentos que no están.
Es mirar el reloj con miedo.
Es aprender a rezar en silencio.
Es sostener una mano con fuerza…mientras el alma se quiebra por dentro.
Es saber que cada día cuenta…y que el sistema no siempre responde.
Detrás de cada número hay un rostro.
Detrás de cada diagnóstico hay una familia.
Detrás de cada demora hay una historia que puede terminar demasiado pronto.
Por eso, el hospital del cáncer no es un lujo. Es una necesidad urgente. Es un acto de justicia. Es reconocer que la dignidad humana también se mide en el acceso a la salud. Es luchar por arrebatarle vidas a la muerte.
Este escrito no busca culpables. Busca conciencia. Busca despertar la sensibilidad de un país que no puede seguir postergando lo impostergable. Honduras necesita un paso valiente, un centro especializado que concentre tecnología, talento humano y capacidad resolutiva. Un lugar donde no solo se trate la enfermedad, sino donde se promueva la prevención, el diagnóstico temprano y la investigación.
Porque el país no puede seguir esperando.
Porque las familias no pueden seguir esperando.
Porque el tiempo, para quien enfrenta esta enfermedad, no es infinito.
Hoy me dirijo, con respeto pero con firmeza, al presidente de la República, Juan Nasry Asfura Zablah. Señor Presidente, le pido transforme en realidad una promesa del expresidente Hernández que ya fue ley, que ya tuvo recursos asignados y que hoy sigue esperando. No omito expresarle que como ex diputado al Congreso Nacional apoyé la pretensión de su partido para lograr la presidencia del Congreso Nacional, en aquel histórico momento no pedí ninguna concesión personal, tan solo pedí este hospital para nuestro pueblo.
No se trata de política. Se trata de vida.
Por mi parte, reitero mi compromiso. Esta lucha no ha terminado. Mientras tenga voz, seguiré impulsando esta causa, no como una promesa política, sino como una convicción profundamente humana.
Porque al final todo se resume en tres puntos simples:
Nadie debería enfrentar el cáncer en soledad.
Nadie debería morir por falta de atención oportuna.
Nadie debería despedirse antes de tiempo por falta de una oportunidad.
Honduras merece más. Merece dignidad. Merece esperanza. Y merece, sobre todo, un sistema de salud que no abandone a los suyos cuando más lo necesitan.
Que Dios nos acompañe en este propósito impostergable.

26/03/2026

Quién nos representa?

"El uso selectivo del juicio político revela más sobre nuestras conveniencias que sobre nuestro compromiso con la justicia".

Por: Dr. Mario Noé Villafranca

En el Congreso Nacional, el juicio político se ha convertido, de pronto, en la herramienta estrella. Se invoca con determinación, se defiende con vehemencia y se presenta como la gran solución institucional, casi como si estuviésemos ante el descubrimiento de un mecanismo novedoso y no frente a una figura que ha estado siempre ahí, esperando, al parecer, el momento políticamente oportuno para ser utilizada.
Lo curioso, entonces, no es su uso. Es su repentina conveniencia.
Se sostiene con seguridad, juicio político para Marlon Ochoa, para el fiscal Johel Zelaya y para el magistrado Mario Morazán del Tribunal de Justicia Electoral. ¿Procedente o no? El tiempo y el sano juicio del pueblo hondureño lo establecerán en su conciencia crítica. Nadie niega que pueda haber fundamentos. Nadie niega que existan responsabilidades que deben investigarse, aunque conocemos que habrá reacciones violentas aisladas de sus afines políticos.
Pero el problema nunca ha sido a quién se señala. El verdadero problema es a quiénes, con una precisión casi quirúrgica, se decide no señalar.
Porque si de verdad vamos a hablar de responsabilidad política, habría que tener algo más que argumentos, habría que tener coherencia. Y, sobre todo, memoria.
Hagamos un rápido recuento de hechos.
Comencemos con la MACCIH, hoy la palabra “transparencia” se pronuncia con una solemnidad casi ceremonial. Se exige rendición de cuentas como si fuese una bandera recién adoptada. Pero resulta, cuando menos, incómodo recordar que algunos de los que hoy elevan la voz fueron parte, directa o indirectamente, del contexto político que permitió la salida de un mecanismo internacional en 2019, que precisamente buscaba combatir la corrupción. Se exige lo que antes se debilitó. Se reclama lo que antes se dejó caer. Aun mas de un lustro después de esa acción, dejo constancia de mi voto a favor de la continuidad de la labor de la MACCIH en Honduras.
¿O es que ya olvidamos el año 2016? Ese episodio en el que los artículos pétreos de la Constitución dejaron de ser, convenientemente, tan pétreos. Una transformación jurídica que desafió no solo el texto constitucional, sino el sentido mismo de sus límites. Y, sin embargo, hoy pareciera tratarse de un capítulo cerrado, archivado en la cómoda gaveta del “mejor no hablar de eso”.
Pero tal vez recordamos el año 2013, cuando se aprobó la Ley Orgánica de las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE), impulsada en 2014-2021 en Roatán, Choloma y Choluteca, derogadas en 2022, y declarada su inconstitucionalidad en 2024. Aquí, se vendió territorio nacional, acto contrario a preceptos constitucionales, ¿Y las acciones? No pasó nada, tan solo tibias protestas de grupos poco organizados, sin trascendencia.
¿Y el 12 de diciembre de 2012? La destitución de magistrados de la Corte Suprema de Justicia ejecutada con una rapidez que hoy sería celebrada por su “eficacia”, si no fuera porque dejó profundas dudas sobre la independencia judicial. En aquel momento no hubo indignaciones multitudinarias dentro del Congreso. Hubo votos. Hubo diputados liberales sacando de sus cargos a magistrados liberales. Hubo alineamientos. Y, quizás lo más revelador, hubo silencios. Y en política, el silencio no es neutral, también decide.
Y si ampliamos aún más el lente, aparecen otros temas que, curiosamente, no generan la misma urgencia ni el mismo entusiasmo; el manejo de fondos públicos, los perdones otorgados a organizaciones no gubernamentales cuestionadas por su opacidad en el manejo de fondos transferidos desde el estado, o el uso de recursos de estructuras como Korium Inversiones en la zona norte del país, estafando con un esquema piramidal a humildes habitantes de poblaciones cercanas al mayor núcleo poblacional del Valle de Sula. Asuntos que, al parecer, no califican como prioritarios. Tal vez porque mirar en esa dirección implica incomodar a demasiados.
Entonces conviene decirlo sin rodeos, sin eufemismos y sin el habitual maquillaje discursivo, el problema no es el juicio político. El problema es su uso selectivo. Su aplicación dirigida. Su oportunismo.
Porque cuando la justicia depende del momento político y no del principio, deja de ser justicia. Y cuando la memoria se activa únicamente contra algunos, lo que se construye no es rendición de cuentas, sino narrativa. Una narrativa útil, sí. Conveniente, también. Pero profundamente incompleta.
No se trata de defender a nadie. Se trata de no seguir fingiendo que esto es equilibrio institucional, cuando en realidad es cálculo político. Se trata de reconocer que la coherencia no puede ser intermitente, ni la legalidad puede ser invocada solo cuando resulta útil.
La pregunta de fondo es tan simple como incómoda, ¿existe realmente voluntad de aplicar la ley con la misma severidad para todos, o seguimos administrando la justicia con criterios de conveniencia?
Porque si la respuesta es la segunda, y todo indica que lo es, entonces no estamos ante un proceso de depuración institucional, sino ante una estrategia cuidadosamente dosificada. Y eso, lejos de fortalecer la democracia, la erosiona. La desgasta. La convierte en un escenario donde la ley se interpreta según el momento y no según el principio.
Antes de que este tema continúe profundizando divisiones y alimentando discursos que ya conocemos demasiado bien, convendría recordar algo elemental, aunque incómodo, el que esté libre de pecado, que lance la primera piedra. Pero claro, para eso primero habría que estar dispuesto a hacer algo que en política rara vez ocurre, mirarse en el espejo sin filtros ni excusas.
Y desde el Partido Liberal, la reflexión ya no puede seguir postergándose ni disimulándose con discursos políticamente correctos, ¿vamos a seguir reaccionando según la agenda de otros? ¿Vamos a seguir participando, consciente o inconscientemente, en dinámicas que terminan favoreciendo al Partido Nacional? ¿Vamos a seguir administrando nuestras posiciones con prudencia excesiva mientras otros actúan con claridad estratégica?
Porque al final, entre acusaciones selectivas, silencios estratégicos y memorias convenientes, queda la pregunta que realmente importa, la que no admite más evasivas,
Hermanos liberales, ¿y entonces, a nosotros, quién nos representa en el Congreso Nacional?

EL PRÍNCIPE EMEC* Por: Dr. Mario Noé Villafranca Cherenfant es un apellido de origen haitiano, proveniente de la expresi...
24/02/2026

EL PRÍNCIPE EMEC*

Por: Dr. Mario Noé Villafranca

Cherenfant es un apellido de origen haitiano, proveniente de la expresión francesa cher enfant, cuyo significado literal es “querido niño”. No deja de ser una hermosa coincidencia que ese sea el espíritu que define al Dr. Emec Cherenfant, un niño querido por Dios.
Hay hombres que heredan títulos. Otros construyen su dignidad con actos silenciosos, de esos que gobiernan desde la bondad.
En una ocasión, una de sus hijas, Lyanne, me comentó mientras me asistía en una intervención quirúrgica:
Dr. Noé, ¿usted sabe cuántas cirugías regaló mi papá la semana antepasada?
No lo sé, respondí.
No cobró en 15 de las 19 que realizó.
¿Y la semana pasada?
En ninguna de las 22, me dijo.
¿Y esta semana?
Recibió el pago de sus honorarios en las 20 realizadas hasta hoy, contó la joven profesional.
Le pregunté qué le había dicho su padre. Ella respondió:
“Las bendiciones de Dios llegan cuando Él dispone. A nosotros nos toca seguir ayudando a nuestra gente. No debemos cambiar nuestro proceder, nunca”.
Ese es Emec.
En su etapa estudiantil fue nombrado instructor de laboratorio de Fisiopatología, distinción reservada a pasantes sobresalientes. Sus inicios fueron duros, incluso adversos. Durante el posgrado en Cirugía General se distinguía por su talento, disciplina y responsabilidad. Vivía en Valle de Ángeles y, aun así, era el primero en llegar al hospital. Cuando yo llegaba a las cinco de la mañana, él ya estaba allí. Siempre disponible. Siempre generoso.
La Cirugía Plástica y Reconstructiva es arte, ciencia, técnica, amor y pasión. El discípulo del profesor Paul Tessier; en su viaje a Montpellier, Francia; antes de partir; uno de sus mejores amigos compró una cámara fotográfica con todos sus ahorros y le preguntó:
¿Cómo te vas a mantener en Francia?
Dios proveerá, respondió el Príncipe.
El amigo, conmovido, le regaló la cámara y le sugirió que tomara fotografías a sus maestros y compañeros del hospital para venderlas. Así comenzó su camino europeo, con fe, creatividad y desprendimiento.
La cirugía plástica vive en el delicado equilibrio entre expectativa y realidad. Un amigo, exalumno del prestigioso mexicano Fernando Ortiz Monasterio, me contó una anécdota: “Pinoccio visitó una vez al cirujano plástico; el niño imaginaba una nariz de galán de cine, el cirujano pensaba reducirla a la mitad”. Esa tensión define la especialidad.
El Príncipe siempre la ha comprendido, escuchar el sueño del paciente sin traicionar la verdad médica.
Con humildad, los cirujanos reconocemos nuestra condición imperfecta. Todos podemos enfrentar errores o complicaciones; solo quienes no ejercen no se equivocan. Incluso un celador que impide a un paciente ser evaluado por un médico puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Sin embargo, del Príncipe he aprendido que la sonrisa y la palabra de aliento no deben ausentarse jamás, ni siquiera en los momentos más difíciles. Él sabe que el acto omnisciente de sanar pertenece a Dios y que nosotros apenas somos instrumentos.
Más allá del quirófano, su legado se manifiesta en gestos concretos. Recuerdo una conversación que lo define:
"Mario, necesito que me ayudes. Esta señora tiene cáncer; opérala y, si vas a cobrar algo, yo te lo pagaré. Ella me quitó el hambre muchas veces cuando más lo necesité; yo era estudiante".
Nunca olvida a quienes lo ayudaron. Nunca abandona a quienes lo necesitan. Así lo hace con muchos otros. Ese es el Príncipe.
Su vida no se limita al ejercicio médico. Es autor prolífico, maestro, músico, comunicador, servidor público, esposo y padre ejemplar. Ha sabido cuidar su matrimonio, formar hijas extraordinarias, cantar el Himno Nacional en el estadio junto al coro de su iglesia, impulsar proyectos como Doctor 504 y soñar con un Hospital 504 que represente esperanza para los más necesitados. Pero, más allá de sus múltiples facetas, lo que permanece es su coherencia entre fe y acción.
Como hondureño por convicción, reconoce las carencias de nuestra patria y las heridas abiertas de la deuda social. En ese contexto, su figura adquiere un valor simbólico profundo. Representa la prueba viva de que la solidaridad no es un discurso vacío, que el humanitarismo no es una consigna política, sino una forma concreta de vivir.
Por eso lo llamo Príncipe, no por romanticismo, sino por justicia poética. Porque gobierna sin dominar, lidera sin imponer y, muchas veces, sana sin cobrar. Su corona no es de oro, es de gratitud.
¿Hasta dónde y hasta cuándo, Emec?
Solo Dios lo sabe. Pero su legado ya es inmortal.
Gracias, Príncipe.

11/02/2026

En el nombre de LA BIBLIA

Por: Dr. Mario Noé Villafranca

El debate que hoy se desarrolla en el Congreso Nacional en torno a la posible aprobación de una ley que permita la lectura de la Biblia en las escuelas y colegios de Honduras no es un asunto menor. Toca fibras profundas de nuestra historia, de nuestra identidad cultural y, sobre todo, de nuestra concepción del Estado como una entidad laica, plural y respetuosa de la diversidad de creencias.

Como católico, como ciudadano y como hombre formado en la tradición humanitarista, considero que este es un tema que merece ser analizado con serenidad, sin fanatismos, sin descalificaciones, y con una visión amplia que permita a cada hondureño formarse su propio criterio.

Para comprender la dimensión del debate, conviene recordar que la Biblia no es un libro cualquiera. Es una colección de textos que se fueron escribiendo, recopilando y depurando a lo largo de más de mil años. El Antiguo Testamento tiene su origen en la tradición oral del pueblo hebreo, transmitida de generación en generación antes de ser fijada por escrito. Los libros que hoy lo componen fueron seleccionados tras largos procesos históricos, religiosos y culturales, en los que intervinieron sacerdotes, escribas y comunidades enteras.

No fue sino hasta varios siglos después que se estableció lo que se conoce como “canon”, es decir, el conjunto de libros considerados inspirados y dignos de formar parte de las Sagradas Escrituras. Este proceso no estuvo exento de debates, exclusiones y decisiones humanas, lo cual no le resta valor espiritual, pero sí nos recuerda que la Biblia es también un producto de la historia.

El Nuevo Testamento surge a partir del testimonio de los primeros cristianos sobre la vida y enseñanzas de Jesús de Nazaret, enfatizando en el acto de amor más impactante conocido por la humanidad, dar su vida por el prójimo, además del perdón y algunas pautas de modelos testimoniales de vida. Los evangelios, las cartas apostólicas y otros textos fueron igualmente seleccionados en concilios y sínodos, siendo el Concilio de Nicea y otros encuentros posteriores los que contribuyeron a consolidar el canon que hoy conocemos.

Es decir, la Biblia, más allá de su dimensión sagrada para millones de creyentes, es una obra profundamente humana, atravesada por contextos políticos, culturales y religiosos muy distintos a los actuales.

Desde esta perspectiva, es válido preguntarnos, ¿debe el Estado hondureño promover la lectura de un texto religioso específico en el sistema educativo público? ¿Contribuye esto a la formación integral del estudiante o, por el contrario, entra en tensión con el principio de laicidad consagrado en nuestra Constitución?

Quienes apoyan la medida, principalmente desde sectores evangélicos, sostienen que la Biblia promueve valores morales como el respeto, la honestidad, la solidaridad, la familia y el amor al prójimo, lo cual debo reconocer que es cierto. En un país golpeado por la violencia, la corrupción y la desintegración social, estos valores no son poca cosa. Desde esa óptica, la Biblia podría ser vista como una herramienta ética y formativa invaluable.

Sin embargo, también existen riesgos que no deben ser minimizados. Honduras es un país plural, donde conviven católicos, evangélicos, judíos, musulmanes, creyentes de otras confesiones, agnósticos y ateos. Imponer, aunque sea de forma simbólica, un texto religioso en la educación pública puede interpretarse como una preferencia del Estado por una fe sobre las demás, lo cual contradice el espíritu del Estado laico.

El laicismo no es una postura antirreligiosa, es más bien, una garantía de libertad. Protege tanto al creyente como al no creyente, evitando que el poder político instrumentalice la fe, y que la fe pretenda gobernar desde las estructuras del Estado. ¿Tiene vigencia el laicismo del Estado en la actualidad? La respuesta a esa pregunta también abre un debate válido que discutiremos en otra entrega.

Por lo pronto, tal vez la solución no esté en prohibir ni en imponer, sino en educar. Enseñar historia de las religiones, filosofía moral, pensamiento crítico y cultura general puede ser mucho más enriquecedor que limitarse a la lectura de un solo libro, por sagrado que este sea para una parte de la población.

La Biblia puede y debe seguir ocupando un lugar central en las Iglesias, en los hogares, en las comunidades de fe y en la vida espiritual de millones de hondureños. Pero el aula pública debe ser, ante todo, un espacio de encuentro, inclusión y respeto a la diversidad.

Debo dejar algo muy claro, como católico, no me siento amenazado por la laicidad del Estado. Al contrario, la considero una condición necesaria para que la fe sea auténtica, libre y no impuesta. La fe que nace de la obligación no es fe; es costumbre. Y la fe que se vive en libertad es la que verdaderamente transforma.

Por eso, más que dictar sentencias, invito al pueblo hondureño a reflexionar. A escuchar todas las voces. A no convertir este debate en una guerra religiosa, sino en una oportunidad para fortalecer nuestra democracia y nuestro respeto mutuo.

Y concluyo, como lo hacía cuando era niño, con las palabras del Padre Nuestro, una oración que atraviesa siglos, credos y generaciones, “Hágase, Señor, tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. Que esa voluntad se manifieste en Honduras, no como imposición, sino como misericordiosa sabiduría, concordia, bien común y amor que emana de Dios.

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