25/05/2026
Martin Luther King Jr. no exageraba. Advertía.
Cuando dijo que su propio gobierno era “el mayor promotor de violencia en el mundo actual”, no hablaba desde el odio, sino desde la lucidez histórica.
Porque la memoria del siglo XX y XXI está llena de nombres que duelen:
Filipinas.
Honduras.
Nicaragua.
Haití.
República Dominicana.
Cuba.
Corea.
Vietnam.
Laos.
Camboya.
Granada.
Panamá.
Iraq.
Somalia.
Libia.
Afganistán.
Pakistán.
Yemen.
Siria.
Irán.
Y esa lista no incluye todos los golpes de Estado apoyados, bloqueos, sanciones, operaciones encubiertas, guerras financiadas, entrenamiento de fuerzas represivas o manipulación política.
Ahí está la herida.
La guerra se vende como democracia.
El bombardeo como seguridad.
La invasión como libertad.
La sanción como defensa de los derechos humanos.
Y el negocio como estabilidad internacional.
Pero detrás del discurso aparecen siempre las mismas preguntas:
¿Quién gana?
¿Quién cobra?
¿Quién vende las armas?
¿Quién controla los recursos?
¿Quién pone los mu***os?
No se trata de odiar a Estados Unidos como país, ni a su pueblo. Millones de estadounidenses también han sido engañados, endeudados y enviados a morir en guerras que no decidieron.
Se trata de entender estructuras: élites corporativas, lobbies, bancos, medios, contratistas, Pentágono y complejo militar-industrial.
King lo vio con claridad: no podía denunciar la violencia de los oprimidos en los guetos sin denunciar primero la violencia organizada desde el poder.
Porque la violencia del pobre suele ser criminalizada.
Pero la violencia del imperio suele ser narrada con música heroica.
La memoria histórica no sirve para odiar.
Sirve para despertar.
Y cuando la memoria despierta, la indignación deja de ser lamento.
Se vuelve conciencia.
Se vuelve dignidad.
Se vuelve resistencia histórica.
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