11/08/2026
LITURGIA 12 de Agosto del 2026
Ciclo A - Color Verde
19ª Semana del Tiempo Ordinario
Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 18,15-20.
Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.
Palabra del Señor.
Reflexiónn
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos!
¿Qué sucedería si Jesús estuviera verdaderamente en el centro de nuestro matrimonio?
Habría amor, humildad, perdón, paz y armonía en nuestros hogares. Los esposos aprenderían a amarse no solo según sus sentimientos, sino según el amor que Jesús nos enseña.
Nuestros hijos crecerían viendo matrimonios centrados en Cristo y aprenderían que la verdadera felicidad no se encuentra en las cosas materiales de este mundo, sino en una vida arraigada en Dios.
Pero hagamos un examen de realidad: ¿Está Jesús verdaderamente en el centro de todos los matrimonios? Lamentablemente, no siempre. Con demasiada frecuencia, lo que ocupa el centro del matrimonio es nuestro ego, el pecado, el orgullo, el egoísmo o la ambición por el dinero.
Cuando estas cosas ocupan el lugar de Jesús, el amor va cediendo poco a poco al resentimiento, la confianza es herida por la traición y los conflictos sin resolver pueden terminar destruyendo el matrimonio.
En el Evangelio de hoy, Jesús nos enseña no solo cómo practicar la corrección fraterna, sino también cómo afrontar los problemas que surgen dentro del matrimonio. Cuando un esposo o una esposa peca contra su cónyuge, el primer paso debe ser hablar en privado, con sinceridad y con amor.
No debe haber gritos, humillaciones ni deseos de imponerse al otro. Al contrario, debemos llevar a esa conversación el amor, la humildad, el perdón, la paciencia y la compasión de Jesús.
No estamos llamados a corregirnos para ganar una discusión o demostrar que tenemos la razón. Nos corregimos porque amamos, porque nos preocupamos el uno por el otro y porque deseamos ayudarnos mutuamente a volver a lo que es bueno y agradable a Dios.
Cuando permitimos que Jesús esté presente en nuestras conversaciones, incluso las más difíciles pueden convertirse en oportunidades de sanación. El cónyuge que ha cometido una falta puede sentirse movido a reconocer humildemente su error, pedir perdón y hacer los cambios necesarios.
Al mismo tiempo, también debemos tener la humildad de examinar nuestro propio corazón y preguntarnos si nuestras palabras, acciones, actitudes o decisiones han contribuido a las heridas dentro de nuestro matrimonio.
Seguir a Jesús no significa que nunca tendremos problemas en nuestro matrimonio. Significa que, cuando esos problemas lleguen, no los enfrentaremos solos.
Invitamos a Jesús a entrar en nuestras luchas, nuestros malentendidos, nuestras heridas y nuestros momentos de debilidad. Permitimos que Él nos enseñe cuándo hablar, cuándo escuchar, cuándo corregir, cuándo perdonar y cuándo cambiar.
Nada es imposible cuando nos comprometemos a seguir las enseñanzas del Señor y decidimos apartarnos de todo aquello que nos conduce al pecado. Con Jesús en el centro, nuestro matrimonio puede convertirse no solo en un lugar donde experimentamos el amor humano, sino también en un lugar donde el amor de Dios se hace visible, se vive y se comparte.
Por eso, preguntémonos hoy: ¿Está Jesús verdaderamente en el centro de nuestro matrimonio y de nuestra familia, o hemos permitido que nuestro ego, nuestro orgullo, las posesiones, los deseos o las heridas ocupen su lugar?
Y si hoy Jesús nos está llamando a perdonar, a cambiar, a dejar atrás algo o a amar con mayor profundidad, ¿estamos dispuestos a entregarle nuestro corazón y permitir que Él restaure aquello que ha sido herido?