21/08/2026
"Reflexiones de una Psicóloga"
Hay días en los que todo duele. Días en los que no sabes hacia dónde ir y buscas desesperadamente algún lugar donde estacionarte un momento, respirar y sentir un poco de paz. Pero no lo encuentras. Porque puedes cambiar de lugar, distraerte, llenarte de cosas por hacer, intentar seguir como si nada… y aun así, aquello que llevas dentro va contigo.
- El dolor.
- La decepción.
- La tristeza.
- El miedo.
Y entonces no queda más que quedarse.
Quedarse contigo. Sin huir. Mirarte de frente y atreverte a tocar las heridas, los vacíos, las carencias y aquello que durante mucho tiempo quizá preferiste no mirar demasiado.
Y a veces descubres algo todavía más doloroso: que parte de tus propias heridas te hicieron ver cosas que quizá nunca estuvieron ahí como tú necesitabas que estuvieran.
No porque todo haya sido mentira. No porque nada haya sido real. Sino porque, algunas veces, nuestra necesidad es tan grande que termina completando aquello que la realidad apenas nos estaba dando.
Hasta que llega ese momento.
Ese golpe de realidad. Esa claridad brutal que, de pronto, te quita la venda de los ojos y te permite mirar todo de una manera tan cristalina, tan cruda, que duele todavía más. Porque entonces empiezas a comprender que quizá no estabas exagerando. Que no estabas equivocada. Que no actuaste impulsivamente. Que no tenías por qué sentir tanta culpa ni cuestionar una y otra vez lo que estabas sintiendo.
Y aparece una verdad todavía más difícil:
Quizá no te fuiste demasiado pronto. Quizá te quedaste demasiado tiempo.
Y aceptar eso duele. Duele porque las consecuencias emocionales pueden ser altísimas. Porque entonces no solamente tienes que despedirte de una persona, de una situación o de una etapa. También tienes que despedirte de aquello que imaginaste, de lo que esperaste, de lo que creíste que podía llegar a ser. Y no queda más que transitar el dolor. Amortiguar el trancazo. Recoger lo que quedó después de la caída.
Pero el verdadero aprendizaje no está solamente en entender al otro. Está en entenderte a ti. No para buscar culpables. No para convertirte en víctima. No para pensar que el mundo está en tu contra.
No para castigarte por las decisiones que tomaste. Sino para preguntarte, con toda la compasión posible:
¿Qué había en mí que todavía necesitaba sanar?
Porque muchas veces aquello que más nos duele también señala aquello que todavía necesita nuestra atención.
Y no se trata de convertirte en tu peor juez. Bastante dolor estás atravesando ya.
Se trata de aprender a ser suave contigo mientras comprendes.
De responsabilizarte sin destruirte. De aceptar tus decisiones sin condenarte por ellas. De mirar a la persona que fuiste cuando las tomó y entender que hizo lo que pudo con las herramientas emocionales que tenía en ese momento.
Pero qué difícil es. Qué fuerte.
Qué devastador puede ser darte cuenta de ciertas cosas cuando ya no puedes dejar de verlas.
Y entonces toca recoger los pedazos, reconstruirte y continuar. Porque, para bien o para mal, la vida no se detiene mientras tú estás procesando una pérdida.
El mundo sigue girando. Hay responsabilidades, personas que te necesitan, cosas que resolver, días que comienzan aunque tú todavía estés intentando comprender cómo terminó el anterior.
Y hay momentos en los que quisieras decirle a la vida: "Espérame tantito. Aquí me bajo mientras proceso todo esto.”
Pero no siempre podemos hacerlo.A veces tenemos que seguir funcionando mientras por dentro estamos reconstruyéndonos.
Y quizá una de las verdades más grandes de todo esto sea comprender que uno jamás termina de aprender y jamás termina de sanar.
No porque estemos rotos. Sino porque somos humanos. Podemos creer que ciertos temas ya están resueltos, hasta que llega una ola inesperada y nos sacude con tanta fuerza que sentimos que estamos a punto de ahogarnos.
Y luchamos. A veces con fuerza. A veces apenas. A veces simplemente dejándonos llevar mientras intentamos mantener la cabeza fuera del agua. Hasta que, de alguna manera, llegamos a la orilla.
Cansados. Golpeados. Distintos.
Nos recostamos sobre la arena, miramos el cielo y nos preguntamos:
¿Cómo llegué hasta aquí?
Pero después aparece una pregunta todavía más importante:
¿Cómo voy a salir de aquí?
Porque después de ciertas tormentas ya no somos las mismas personas. Y eso no necesariamente tiene que ser algo malo.
Si decides transformar el dolor en conciencia, la decepción en aprendizaje y la herida en una oportunidad para conocerte profundamente, entonces algo dentro de ti habrá cambiado.
No porque la tormenta haya valido la pena.
Sino porque tú decidiste que no iba a destruirte.
Eres la persona que entró en aquella tormenta creyendo que quizá no podría soportarla… y también eres la persona que logró llegar a la orilla.
Y aunque hoy estés agotada, aunque todavía duela, aunque todavía no tengas todas las respuestas, recuerda algo:
no hay tormenta que dure cien años.
El tiempo hará parte de su magia. Pero tú también harás la tuya. Y algún día mirarás hacia atrás y reconocerás a aquella persona que estuvo a punto de ahogarse.
No la mirarás con vergüenza. La mirarás con ternura. Porque fue ella quien, aun herida, siguió nadando. Y gracias a ella, llegaste hasta aqui.
AG
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