12/09/2025
El sujeto permanece prisionero de lo que Freud denominó el principio del placer: esa inclinación a posponer la gratificación en función de un ideal inalcanzable. La dicha se transforma entonces en una promesa perpetuamente desplazada, análoga a la lógica del objeto a en Lacan, aquello que opera como causa del deseo, siempre perseguido pero nunca plenamente poseído.
El yo encarna la interrogación angustiosa frente a la falta estructural, mientras que el Otro introduce la dimensión del presente, recordando que la satisfacción no se ubica en una supuesta totalidad futura —fantasmática, imaginaria—, sino en el goce que puede emerger en el instante mismo de la experiencia.
De este modo se expone la tensión entre la compulsión neurótica de proyectar en el porvenir —donde se depositan ilusiones e ideales— y la posibilidad de alojarse en el ahora, admitiendo que el deseo es inagotable, pero que puede ser acompañado en su trayecto sin exigir su clausura.