10/06/2026
La transformación prometida y la realidad que vivimos.
Algo que no deja de sorprenderme de muchos integrantes de MORENA es la soberbia con la que suelen responder a cualquier crítica, como si cuestionar al gobierno equivaliera a cuestionar a México.
Prometieron ser diferentes. Hablaron de una transformación histórica y de una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, después de años de gobierno, el balance merece una discusión mucho más seria que la propaganda oficial o la oposición automática.
México sigue enfrentando problemas estructurales en seguridad, salud, educación, crecimiento económico e impartición de justicia. Mientras tanto, la conversación pública se ha desplazado con frecuencia hacia la polarización permanente: pueblo contra élites, conservadores contra transformadores, buenos contra malos.
Obtuvieron la confianza de millones de ciudadanos que durante décadas se sintieron ignorados por la clase política tradicional. Esa confianza representaba una oportunidad histórica para fortalecer las instituciones, elevar la calidad del debate público y construir acuerdos de largo plazo.
Sin embargo, en demasiadas ocasiones han preferido la confrontación sobre la reconciliación, la lealtad política sobre la capacidad técnica y la narrativa sobre los resultados.
Lo más preocupante no es que un gobierno cometa errores; todos los gobiernos los cometen. Lo preocupante es cuando quienes prometieron combatir los vicios del pasado terminan justificando conductas que antes condenaban.
La democracia requiere ciudadanos que puedan cuestionar al poder sin ser etiquetados como enemigos. Porque cuando la crítica se vuelve sospechosa y la discrepancia se interpreta como traición, el problema deja de ser político y comienza a ser institucional.
México merece mucho más que discursos de superioridad moral. Merece gobiernos capaces de rendir cuentas, reconocer errores y entender que el poder no se recibe para dividir a los ciudadanos entre fieles y adversarios, sino para servirlos a todos por igual.
Y precisamente por eso resulta incómodo celebrar grandes eventos internacionales como símbolos de éxito nacional cuando persisten problemas de fondo que afectan la vida cotidiana de millones de mexicanos. Un Mundial puede generar orgullo momentáneo; resolver los desafíos estructurales del país exige liderazgo, responsabilidad y resultados.