16/09/2026
¿𝐃𝐄 𝐐𝐔𝐈𝐄́𝐍 𝐄𝐒 𝐋𝐀 𝐀𝐘𝐀𝐇𝐔𝐀𝐒𝐂𝐀… 𝐘 𝐐𝐔𝐈𝐄́𝐍 𝐒𝐄 𝐑𝐄𝐒𝐏𝐎𝐍𝐒𝐀𝐁𝐈𝐋𝐈𝐙𝐀 𝐏𝐎𝐑 𝐋𝐀 𝐏𝐄𝐑𝐒𝐎𝐍𝐀?
A propósito del reciente Foro Mundial de la Ayahuasca celebrado en Girona, España, considero necesario abrir una conversación incómoda, pero profundamente importante.
Comienzo reconociendo algo fundamental: los pueblos indígenas que han conservado sus medicinas, conocimientos y territorios merecen respeto, reconocimiento, protección y reciprocidad.
No podemos negar la historia de despojo, comercialización, apropiación y utilización de saberes ancestrales sin reconocer a quienes los han resguardado durante generaciones.
Pero reconocer esos derechos no significa renunciar al discernimiento ni aceptar la construcción de una nueva autoridad incuestionable alrededor de la ayahuasca.
Porque detrás del discurso sobre protección, derechos, apropiación y ancestralidad también existen luchas de poder, intereses económicos, necesidad de reconocimiento y egos humanos.
Y eso no pertenece exclusivamente a Occidente.
Ser indígena no elimina el ego.
Ser científico no elimina el ego.
Ser terapeuta no elimina el ego.
Ser facilitador no elimina el ego.
Participar en cientos de ceremonias tampoco elimina el ego.
Por eso necesitamos mirar el fenómeno completo.
La ayahuasca no sale de sus territorios por sí sola.
Alguien cultiva las plantas.
Alguien las cosecha.
Alguien cocina la medicina.
Alguien la vende.
Alguien la transporta.
Alguien la entrega a intermediarios.
Alguien la comparte en una ceremonia.
Y finalmente, alguien la recibe.
La globalización de la ayahuasca no fue construida únicamente por personas extranjeras que llegaron a “robar” una medicina. También ha sido impulsada por curanderos, productores, comunidades, intermediarios, centros de retiro y organizaciones que encontraron en ella una oportunidad económica.
Existen personas dentro de los propios territorios que ofrecen y venden ayahuasca sin verificar quién la recibirá, qué preparación tiene, para qué la utilizará o si cuenta con la capacidad para acompañar a otros.
Entonces debemos atrevernos a preguntar:
¿La responsabilidad corresponde solamente al facilitador que la comparte fuera del territorio?
¿Quién se responsabiliza por venderla?
¿Quién verifica a quién se le entrega?
¿Quién responde cuando se comercializan cantidades que claramente no son para una experiencia personal?
¿Quién regula a los productores, cocineros, maestros e intermediarios?
¿Puede alguien participar activamente en la distribución de la medicina y después condenar únicamente a quienes la comparten fuera de su comunidad?
Si exigimos ética, debe existir en toda la cadena.
No podemos colocar automáticamente a todas las personas originarias en el lugar de custodios impecables y a todos los facilitadores no indígenas en el lugar de apropiadores irresponsables.
La realidad es mucho más compleja.
También es necesario diferenciar tres cosas:
Una cosa es comprar o recibir una preparación.
Otra muy distinta es recibir una transmisión seria.
Y otra es tener la competencia humana, emocional y práctica para cuidar a una persona durante y después de una experiencia profunda.
Comprar ayahuasca no convierte a nadie en curandero.
Pero pertenecer a un pueblo indígena tampoco garantiza automáticamente que una persona actúe con responsabilidad, ética o ausencia de interés económico.
La identidad importa.
La procedencia importa.
La transmisión importa.
Pero la conducta también importa.
Existe además una ausencia que me parece todavía más preocupante.
En medio de la discusión sobre quién tiene derecho a cultivar, vender, compartir, investigar o regular la ayahuasca, ¿dónde está la persona que la toma?
¿Quién pregunta cómo está una semana después?
¿Quién la acompaña cuando se abrió una herida emocional?
¿Quién observa si está durmiendo?
¿Quién interviene si quedó confundida, desregulada o espiritualmente inflada?
¿Quién la ayuda a traducir una visión en una decisión concreta?
¿Quién se responsabiliza cuando quiere abandonar medicamentos, romper su relación o cambiar toda su vida después de una sola ceremonia?
¿Quién está presente cuando la experiencia extraordinaria termina y comienza nuevamente la vida cotidiana?
Podemos hablar durante horas de ancestralidad, derechos, moléculas, territorios y regulación. Pero si después de la ceremonia dejamos sola a la persona, algo esencial se perdió en el camino.
La medicina puede abrir una puerta.
Pero la transformación no consiste solamente en abrirla.
Hay que comprender lo vivido, observar los patrones, regular el cuerpo, tomar decisiones, atravesar incomodidades y sostener nuevas acciones hasta convertirlas en una experiencia diferente de vida.
Eso es integración.
En La Casa de los Abuelos hemos decidido hablar con claridad:
Yo no soy chamán.
No soy curandero.
No soy médico tradicional.
No represento a ningún pueblo indígena ni pretendo apropiarme de una identidad que no me corresponde.
Soy un facilitador responsable de una experiencia profunda en la que la ayahuasca funciona como una herramienta de exploración y transformación.
Existe ritual.
Existe cuidado.
Existe fuego.
Existe música.
Existe silencio.
Existe intención.
Pero no necesitamos disfrazarnos, utilizar plumas ni fabricar un personaje para sostener el espacio.
“Abuelo” tampoco es para mí un título indígena o chamánico. Representa una manera de acompañar desde la experiencia, la cercanía, la escucha, la firmeza y el cuidado.
La medicina no necesita engrandecer al servidor.
Al contrario: tendría que hacerlo más humilde, más responsable y más consciente de sus límites.
Por eso hay una pregunta que considero necesaria para indígenas, científicos, terapeutas, organizaciones, facilitadores y para mí mismo:
¿Quiénes somos sin ayahuasca?
¿Podemos escuchar sin dar medicina?
¿Podemos acompañar a alguien en sobriedad?
¿Podemos decirle que no necesita otra ceremonia?
¿Podemos reconocer que un caso nos supera?
¿Podemos derivarlo con un profesional?
¿Podemos aceptar que una experiencia no resolvió su problema?
¿Podemos reconocer un error?
¿Podemos servir sin construir dependencia hacia nuestra persona?
¿Nuestra sabiduría sigue existiendo cuando no hay ceremonia, participantes, escenarios, títulos ni reconocimiento?
Si al retirar la ayahuasca desaparece nuestra autoridad, quizá nunca fue nuestra: era una autoridad prestada por la medicina.
No creo que la ayahuasca deba convertirse en propiedad exclusiva de una organización, una ciencia, una institución, un mercado o un consejo espiritual.
Tampoco creo que sea una herramienta que cualquiera pueda comprar y compartir sin preparación, límites ni responsabilidad.
No se trata de un monopolio identitario.
Tampoco de una libertad sin consecuencias.
Se trata de construir una responsabilidad compartida desde el origen hasta la integración:
Que el productor responda por lo que cultiva.
Que el cocinero responda por lo que prepara.
Que el maestro responda por las personas a quienes enseña o autoriza.
Que el intermediario responda por lo que distribuye.
Que el facilitador responda por las personas que recibe.
Que las organizaciones respondan por las autoridades que pretenden construir.
Y que todos podamos reconocer que el centro no debería ser nuestra lucha por controlar la ayahuasca.
El centro debería ser la vida.
La vida de los pueblos.
La vida de los territorios.
La vida de las plantas.
La vida de los animales.
Y también la vida de cada persona antes, durante y después de la ceremonia.
La medicina no legitima automáticamente a quien la comparte.
Lo que comienza a legitimarnos es la honestidad, la preparación, el cuidado, la coherencia, los límites, la integración, la rendición de cuentas y la capacidad de permanecer presentes cuando termina la experiencia y comienza el verdadero trabajo.
La ayahuasca puede abrir la puerta.
Pero lo que hacemos después con nuestra vida sigue siendo responsabilidad de cada uno de nosotros.
Abuelo Miguel
La Casa de los Abuelos