01/06/2026
Desde una perspectiva tanto biológica como psicológica, esta afirmación es en gran medida precisa, ya que la investigación moderna sobre el trauma demuestra que este no es simplemente un recuerdo emocional, sino una lesión que afecta a todo el organismo y que puede alterar el cerebro, el sistema nervioso y la salud física.
Neurobiológicamente, el trauma puede desregular el sistema nervioso autónomo, manteniendo al cuerpo atrapado en estados de supervivencia como la lucha, la huida, la parálisis o el colapso.
Estructuras como la amígdala se vuelven hiperreactivas ante el peligro percibido, mientras que la corteza prefrontal —responsable del razonamiento, la regulación emocional y la evaluación de la seguridad— funciona con menor eficacia bajo estrés crónico.
Al mismo tiempo, la activación prolongada de hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina altera los sistemas corporales, particularmente a través del eje intestino-cerebro, contribuyendo a trastornos digestivos, inflamación, alteraciones del sueño, fatiga e hipervigilancia crónica.
Psicológicamente, el trauma a menudo deja a los supervivientes en un estado persistente de alerta ante amenazas, donde la seguridad se percibe como temporal y el cuerpo responde como si el peligro aún estuviera presente.
Por esta razón, decirles a los sobrevivientes que el trauma “los hizo más fuertes” puede minimizar involuntariamente las profundas pérdidas que este genera, incluyendo la pérdida de confianza, el agotamiento emocional, la alteración de la identidad y el inmenso esfuerzo que requiere la sanación.
Si bien algunas personas pueden experimentar lo que los psicólogos llaman crecimiento postraumático, este crecimiento no es causado por el trauma en sí, sino por el difícil proceso de recuperación, apoyo, búsqueda de significado y reconstrucción de la seguridad.
Por lo tanto, es mejor comprender el trauma no como una fuerza fortalecedora, sino como una herida que exige adaptación, cuidado y sanación. 🌟💫🌱💖👍