21/01/2026
Hay deseos que no se dicen, aunque sean legítimos. No porque sean peligrosos, sino porque avergüenzan. El deseo de ser visto, de ser importante para alguien, de brillar sin pedir permiso. El deseo de que nos elijan, de que nos necesiten, de ocupar un lugar. Son deseos que muchos callan, no por modestia, sino por una vergüenza antigua que los convierte en secreto. No está claro cuándo aprendimos que desear así era “demasiado”, pero esa huella sigue marcando.
A esta dinámica la nombro la vergüenza del deseo. No se trata de la culpa por desear lo que no se debe, sino de una vergüenza más íntima: la que surge por sentir que uno no tiene derecho a desear en voz alta. Es una emoción que no grita, pero paraliza. Hace que uno se conforme con lo que llega, que se esconda tras la máscara de la autosuficiencia o del “yo estoy bien así”. Pero por debajo, el deseo late con fuerza contenida.
El origen de esta vergüenza suele encontrarse en los primeros vínculos. Cuando un niño expresa su deseo y es ignorado, ridiculizado o castigado, no solo reprime el deseo: aprende que desear lo expone al abandono o al juicio. En esos momentos fundacionales, el alma traza una línea interna entre lo que puede mostrar y lo que debe esconder. A veces basta una sola experiencia humillante para instalar la idea de que querer algo con intensidad es algo torpe, vergonzoso o inapropiado.
La vergüenza del deseo no se disuelve con valentía ni con voluntad. Se transforma lentamente, cuando uno empieza a darle dignidad a lo que anhela. No para exigirlo al mundo, sino para dejar de rechazarlo en uno mismo. Porque el deseo no es una amenaza: es un hilo vivo que nos conecta con lo que nos importa. Y recuperarlo, aunque sea de a poco, es una forma de volver a casa.