18/02/2026
No todos los padres saben amar.
No todos protegen.
No todos cuidan.
Existen familias donde la distancia no es frialdad…
es supervivencia.
A veces, el único camino para sanar es apartarse.
No todos llegamos al mundo desde el amor.
Algunos fuimos no deseados,
no esperados,
no planeados.
Y en ciertos casos, incluso concebidos desde la violencia,
aunque hubiera un matrimonio de por medio.
Hay madres que descargan en sus hijos sus heridas no resueltas.
Hay padres que nunca estuvieron, ni estarán, emocionalmente presentes.
Hay hermanos que hieren, manipulan, traicionan, compiten.
Que roban, hablan mal, envidian, abusan de la confianza.
También existen hijos que maltratan, que se acercan solo por interés,
que permanecen por conveniencia y no por amor.
Hay familias que invocan la sangre solo cuando necesitan algo.
Que usan el vínculo como excusa para seguir dañando.
Mientras sigamos idealizando a la familia como algo automáticamente sano,
nos costará reconocer lo que nos lastima.
Sanar implica mirar de frente la sombra de nuestro árbol.
Reconocer lo oscuro.
Nombrarlo.
A veces, sanar exige valentía.
Valentía para poner límites.
Valentía para alejarnos de lo que nos ha herido durante años.
Eso también es amor propio.
Eso también es sanar.
¿Qué piensan?