24/05/2026
Nos hicieron creer que un cuerpo bonito es el que no tiene marcas, el que no se cae, el que no cambia, el que parece una escultura perfecta. Nos acostumbraron tanto a filtros, cirugías y estándares imposibles, que olvidamos cómo se ve realmente un cuerpo natural.
Unas bubys con caída no son un defecto, son reales. Unos kilitos de más no te quitan valor, te hacen humana. La piel con marcas, el abdomen que no es plano, las piernas que rozan al caminar… todo eso también es belleza, aunque el mundo quiera convencernos de lo contrario.
Vivimos comparándonos con cuerpos editados y perfecciones irreales que terminan haciéndonos sentir insuficientes frente al espejo. Y qué triste que nos enseñaran a odiar lo natural, cuando la naturalidad debería ser lo más normal y aceptado.
No todos los cuerpos nacieron para verse iguales, porque la belleza no debería medirse por estereotipos. Un cuerpo real cambia, siente, envejece, pesa distinto, vive procesos. Y aún así, sigue siendo digno de amor.
Tal vez el problema nunca fue nuestro cuerpo, sino la idea absurda de perfección que nos enseñaron a perseguir.