01/08/2026
Por culpa de mi dulce… ella no puede ver. 🍬😂❤️
Hoy me subí al tren muy feliz. Encontré un asiento amarillo, de esos reservados para personas con discapacidad, y me senté. A mi lado iba una mamá cargando a una pequeñita de unos cuatro años.
No habían pasado ni un minuto cuando escuché la primera pregunta.
—Mamá, ¿por qué ella no puede ver?
La mamá guardó silencio.
No sé si fue pena, miedo, desconocimiento o simplemente no supo qué responder. Lo que sí sé es que muchas veces los adultos preferimos ignorar las preguntas incómodas.
Pero la niña no se rindió.
—Mamá, ¿por qué ella no puede ver?
La mamá, tratando de cambiar el tema, le dijo:
—Mira tu dulce.
Y entonces la niña, muy seria, soltó la frase que hizo mi día.
—por culpa de mi dulce ella no puede ver.
¡Casi me da un ataque de risa!
Pensé: ¿Qué tiene que ver tu dulce con que yo no pueda ver?
No pude evitar intervenir.
—Oye, ¿tú sí puedes ver?
—Sí, yo sí puedo verte.
—Fíjate que en este tren hay gente alta, chaparrita, flaquita, gordita… ¿verdad?
—Sí.
—Pues también hay personas que no podemos ver, otras que no pueden escuchar, algunas que caminan diferente o escriben de otra manera. Todos somos distintos. Yo simplemente nací sin poder ver.
La niña escuchaba con una atención que muchos adultos quisieran tener.
—¿Y aunque no puedes verme también eras pequeña?
—Claro. También fui una niña como tú.
—¿Y jugabas?
—Muchísimo. Corría, jugaba, coloreaba, me divertía con mis compañeros del kinder y de la primaria. Ellos sí podían ver y eran mis amigos.
Se quedó pensando unos segundos y me preguntó:
—¿Todos eran tus amigos?
Me reí.
—No, algunos me caían gordos… igual que a ti seguramente.
Las dos soltamos la carcajada.
Después señaló mi bastón blanco.
—¿Y ese palito para qué es?
—Todo lo que tú puedes ver en el piso con tus ojos, yo no lo puedo ver. Entonces con este bastón voy tocando el suelo para saber si hay escalones, rampas, hoyos o cualquier obstáculo.
—¿Y también aprendiste a leer?
—Sí. Igual que tú vas aprendiendo en la escuela.
—Yo voy en segundo de preescolar… pero no pongo mucha atención.
Ahora sí las dos nos reímos.
—Eres igual de traviesa que mi hijo Diego.
Seguimos platicando.
—¿Y cómo coloreabas si no podías ver?
—A veces… a lo loco. Y otras veces usábamos algunos trucos para poder tocar los dibujos y saber dónde estaban las líneas.
—¡Qué padre!
De pronto me dijo algo que me llenó el corazón.
—Ya quiero ser tu amiga.
Le respondí sonriendo.
—Yo también quiero ser tu amiga.
Y enseguida añadió:
—Si en mi escuela llega una niña que no pueda ver, también voy a ser su amiga. Como tú tenías amigos. Porque entonces eras muy feliz cuando eras pequeña.
Sentí un n**o en la garganta.
—Sí. Fui una niña muy feliz. Y sigo siendo muy feliz.
En ese momento llegué a mi estación.
Me levanté y le dije:
—Ya me voy a bajar. Cuídate mucho. Nunca dejes de hacer preguntas. Disfruta mucho que puedes ver y sé muy feliz.
Pensé que levantó su mano para despedirse, pero enseguida dijo con toda la naturalidad del mundo:
—Eso no lo puedes ver… ¡Adiós, amiga!
Me bajé del tren con una sonrisa enorme.
Muchas veces escucho que, cuando un niño pregunta por qué una persona tiene una discapacidad, los adultos responden:
“Eso no se pregunta.”
Y yo pienso exactamente lo contrario.
Eso sí se pregunta.
Porque las preguntas de los niños nacen de la curiosidad, no del prejuicio.
Si no saben qué responder, no pasa nada. Pregunten. Acérquense. Investiguen. Conversen con nosotros.
Yo siempre estaré dispuesta a responder por qué no puedo ver, por qué mis ojos son diferentes o cómo hago las cosas.
Porque una respuesta honesta puede sembrar inclusión para toda la vida.
Y hoy, gracias a una niña de cuatro años… confirmé que las mejores conversaciones nacen de las preguntas más sinceras.