17/08/2026
Hemorragias
🩸 Ante un corte que sangra mucho, casi todo el mundo hace lo mismo: aprieta unos segundos, levanta el paño para ver cómo va, vuelve a apretar. Y así.
Ese gesto de levantar para mirar es el que impide que pare.
Un coágulo tarda varios minutos en formarse y es frágil mientras se forma. Cada vez que sueltas y levantas la gasa, lo arrancas y el proceso empieza de cero. Se puede pasar media hora sangrando por eso.
Lo que funciona es simple y aburrido: presión directa, firme, con las dos manos, sobre el punto exacto, y no soltar durante diez minutos seguidos. Con el reloj delante, porque diez minutos apretando se hacen eternos y todo el mundo suelta a los tres.
Si la gasa se empapa, no se quita: se pone otra encima y se sigue apretando. Quitar la primera es arrancar el coágulo otra vez.
Y si la herida está en un brazo o una pierna, elevarla por encima del corazón mientras aprietas ayuda.
Sobre el torniquete, que es de lo que más se habla y peor se entiende: es el último recurso, no el primero. Se usa cuando la presión directa no controla el sangrado y hay riesgo real para la vida —una amputación, una herida grande en un miembro que no para—. Y entonces se usa bien: ancho, muy apretado, por encima de la herida, anotando la hora, y no se afloja hasta que llegue el equipo médico. Aflojarlo «para que circule un poco» es lo peor que se puede hacer.
Mal puesto o puesto sin necesidad, un torniquete cuesta un miembro. Bien puesto y cuando toca, salva una vida.
Y algo que se olvida siempre: ponte guantes si los hay, o una bolsa de plástico en las manos. Ayudar no debería costarte una infección.
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