29/06/2026
Hay pacientes que no llegan al consultorio a recordar su infancia, sino a descubrir que nunca tuvieron una. Porque crecer no siempre significa haber sido alojado psíquicamente. A veces hubo comida, escuela y cumpleaños; pero faltó alguien capaz de traducir el miedo, contener el llanto y darle un lugar al juego.
Winnicott advertía que el juego es el espacio donde el sujeto llega a sentirse real. Cuando ese territorio no existe, la adultez suele convertirse en un intento desesperado por fabricar, a destiempo, aquello que nunca pudo experimentarse.
Laplanche proponía que el niño queda habitado por mensajes enigmáticos del mundo adulto que no puede comprender. Si nadie ayuda a simbolizarlos, esos restos regresan una y otra vez, no como recuerdos, sino como síntomas, elecciones repetidas o un cansancio difícil de nombrar.
Y entonces aparece el clásico: “maduré muy rápido”. Alguien tuvo que hacerse cargo de una vida para la que todavía no tenía edad.
La buena noticia es que el análisis no devuelve la infancia perdida. Pero puede ofrecer algo igual de valioso: un lugar donde, por primera vez, esa historia encuentre palabras en lugar de seguir hablándose únicamente a través del sufrimiento.
Al final, no todos los adultos que parecen muy fuertes crecieron demasiado pronto algunos simplemente nunca tuvieron permiso para ser niños.