24/07/2026
Llevo muchos años acompañando a niñas, niños y adolescentes víctimas de abuso sexual. He escuchado relatos que estremecen, he visto el miedo, la tristeza, la culpa, la vergüenza y el enorme esfuerzo que implica romper el silencio. Y hasta el día de hoy no me ha tocado un solo caso en el que una niña, niño o adolescente haya inventado haber sido víctima de abuso sexual.
Por eso, cuando se atreven a hablar, mi primera responsabilidad como adulta y como terapeuta es creerle y acompañarle. Eso no significa sustituir a la justicia ni asumir el papel de juez. Significa hacer lo que la evidencia y la experiencia nos han enseñado una y otra vez: tomar la revelación con absoluta seriedad y proteger a quien puede encontrarse en una situación de enorme vulnerabilidad. Será la autoridad quien tenga la responsabilidad de investigar, recabar las pruebas y esclarecer los hechos con apego al debido proceso.
Lo que sí he visto demasiadas veces son casos en los que las víctimas dicen la verdad y la justicia nunca llega. Carpetas de investigación mal integradas. Errores en el proceso. Pruebas que no se recaban adecuadamente. Perpetradores en libertad mientras las víctimas cargan las consecuencias durante muchos años de su vida.
Hace algunos años colaboré en el acompañamiento terapéutico de un caso de abuso sexual infantil en la Sierra Tarahumara que concluyó con una sentencia condenatoria y que tuvo una cobertura mediática. Recuerdo perfectamente cómo una parte de la comunidad salió inmediatamente a defender al profesor. Decían que era un hombre intachable. Que era incapaz de hacer algo así. Que seguramente las niñas estaban mintiendo o culpando a la persona equivocada…Las niñas decían la verdad.
Hoy ese profesor cumple una condena de muchos años en prisión. Y, aun así, esa sentencia me parece insuficiente considerando el daño causado a once niñas y a 12 niños que presenciaron los abusos, convirtiéndose también en víctimas.
No debemos olvidar que “la buena reputación” de una persona no es una prueba de que sea incapaz de ejercer violencia. Los agresores sexuales no suelen ser monstruos visibles. Muchas veces son personas respetadas, apreciadas y aparentemente intachables. Precisamente por eso tantas víctimas no son creídas.
Por eso me indigna y horroriza ver lo que está ocurriendo en redes sociales. Me horroriza leer comentarios culpando a una adolescente. Me horroriza que miles de personas crean que tienen derecho a señalarla, insultarla y convertirla en el blanco de su enojo.
Ella denunció haber sido víctima de abuso sexual. Y hoy, independientemente de cómo concluya la investigación, está siendo violentada por miles de personas que han decidido convertirla en blanco de odio. El linchamiento público también es una forma de violencia, especialmente cuando recae sobre una adolescente.
Ninguna niña, niño o adolescente debería ser expuesta al odio público. Ninguna.
Si algo debemos aprender como sociedad es que una investigación se lleva a cabo en las instituciones de justicia, no en Facebook, no en X, no en TikTok. Las redes sociales no pueden convertirse en un tribunal que condene a una adolescente sin conocer los hechos ni medir las consecuencias de esa violencia.
Pienso en esa niña y en su familia, pienso en el miedo que deben estar viviendo. Pienso en la enorme vulnerabilidad en la que se encuentran. Y me duele profundamente imaginar que, además de todo lo que han tenido que enfrentar, ahora tengan que sobrevivir al juicio despiadado de miles de personas desconocidas.
Las personas adultas tenemos una enorme responsabilidad. No podemos exigir que las niñeces y adolescencias hablen cuando viven violencia y, al mismo tiempo, demostrarles que, si se atreven a hacerlo, la sociedad puede destruirles.
Proteger a las niñeces y adolescencias también significa cuidar cómo hablamos de ellas. También significa renunciar al morbo, al linchamiento y a las certezas apresuradas.
Escribo esto porque conozco el impacto que tiene para una niña, niño o adolescente que las personas adultas decidan no creerles, exponerles o convertirles en objeto de odio. Ese costo lo he visto de cerca. Y por eso no puedo, no podemos guardar silencio.
No atacamos a las niñeces y adolescencias, nuestra obligación es protegerles.
LAS NIÑECES Y ADOLESCENCIAS SON RESPONSABILIDAD DE TODAS LAS PERSONAS ADULTAS. ✨