25/08/2026
Hay experiencias que quedan inscritas en el cuerpo. Algunas toman más fuerza que otras; algunas permanecen silenciosas durante años, hasta que encuentran la manera de hacerse presentes.
Hay historias que no solo se cuentan a través de las palabras, sino también mediante movimientos, tensiones, silencios y gestos que, a veces, escapan a nuestra voluntad. Existen formas en las que el ser se revela a través del cuerpo, incluso cuando no estamos preparados —o no somos del todo receptivos— para escucharlo.
El cuerpo posee una profunda sabiduría. Sin embargo, para encontrarla necesitamos disponernos a escuchar aquello que intenta decirnos. Y debo confesar que encontrarnos con esa sabiduría no siempre es un proceso amable: a veces puede desmantelar las estructuras sobre las que hemos construido nuestra manera de estar en el mundo.
Puede implicar una profunda destrucción existencial; esa sensación de que aquello que antes nos sostenía ya no alcanza, de que nuestras certezas comienzan a resquebrajarse y de que, por momentos, podemos sentir que estamos perdiendo la cordura.
Pero justamente ahí, en medio de esa incertidumbre y de ese desmoronamiento es donde comienza la transformación: cuando dejamos de exigirle al cuerpo que guarde silencio y nos atrevemos, por fin, a preguntarle qué ha estado intentando decir.
Como escribe Martin Heidegger:
«“El aliento del camino de campo solo habla mientras existan hombres que, nacidos en su aire, puedan oírle.”»
-Fatima González
Psicologia Para La Vida Sahagún Hgo