28/07/2026
Si un día buscaste a Dios por necesidad. Hoy síguelo por gratitud y convicción de quién es Él.
CUANDO LO BUENO TE ALEJA DE DIOS Y LO MALO TE HACE BUSCARLO
Las cosas buenas pueden alejarnos de Dios cuando recibimos tanto, vivimos tranquilos y poco a poco dejamos de sentir la necesidad de buscarlo. En cambio, muchas veces las cosas malas nos acercan más a Él, porque el dolor, la necesidad y la angustia nos hacen volver los ojos al cielo. Parece contradictorio, porque cualquiera pensaría que entre más bendiciones recibe una persona, más agradecida debería estar con Dios; pero la Biblia muestra que el corazón humano puede acostumbrarse tanto a recibir, que termina olvidándose de quién vino todo.
Dios ya había advertido a Israel sobre este peligro. Antes de entrar a la tierra prometida, Moisés les habló de las casas que habitarían, del alimento que tendrían, de sus ganados y de los bienes que llegarían a multiplicarse. Precisamente cuando comenzaran a disfrutar todo aquello debían cuidarse, porque podían olvidarse de Jehová. Deuteronomio 8:12-14 dice: “No suceda que comas y te sacies, y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas se aumenten, y la plata y el oro se te multipliquen... y se enorgullezca tu corazón, y te olvides de Jehová tu Dios”. El peligro estaba en recibir la bendición y después vivir como si ya no necesitaran al que los había bendecido.
Eso sigue ocurriendo. Una persona atraviesa una necesidad económica y ora con todo su corazón: “Señor, ayúdame a conseguir trabajo”. Dios permite que llegue el trabajo, comienza a ganar dinero, mejora su situación, y aquello que pidió de rodillas termina ocupando el lugar del tiempo que antes dedicaba a Dios. Otro pide por su familia, por su casa, por salir de una dificultad; recibe lo que esperaba y después empieza a enfriarse. Ya tiene para comer, puede pagar sus gastos, está tranquilo, su familia está bien y entonces comienza a dejar para después la oración, la congregación y su relación con Dios.
Por eso las cosas buenas también representan una prueba para el corazón. La necesidad prueba nuestra confianza, pero la abundancia prueba nuestra gratitud y nuestra fidelidad. Resulta fácil decir “Dios es primero” cuando estamos pidiendo que Él abra una puerta. Otra cosa es seguir poniéndolo primero después de que esa puerta ya se abrió.
Israel lo vivió. Oseas 13:6 dice: “En sus pastos se saciaron, y repletos, se ensoberbeció su corazón; por esta causa se olvidaron de mí”. Primero recibieron, después se saciaron y finalmente olvidaron. La bendición que debía producir agradecimiento terminó produciendo orgullo. Llegaron a sentirse suficientes, como si pudieran continuar sin Dios.
También sucede que una persona enferma y entonces comienza a buscar a Dios con una intensidad que antes no tenía. Ora por la mañana, ora por la noche, pide que oren por ella y vuelve a valorar cada día de vida. Recibe mejoría y durante un tiempo continúa agradecida, pero pasan los meses, vuelve la tranquilidad y aquella búsqueda empieza a disminuir. Entonces surge una pregunta seria: ¿por qué tuvimos que enfermarnos para buscar a Dios de esa manera? ¿Por qué la salud no produjo la misma entrega que produjo la enfermedad?
Las cosas malas muchas veces nos acercan a Dios porque derrumban esa sensación de que tenemos todo bajo control. Un problema puede hacernos reconocer nuestra necesidad. Una enfermedad puede hacernos pensar en lo frágil que es la vida. Una pérdida puede enseñarnos que las cosas terrenales no permanecen para siempre. Una dificultad económica puede hacer que una persona vuelva a orar después de mucho tiempo. El Salmo 119:67 dice: “Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra”. Y más adelante declara: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Salmo 119:71). Aquella aflicción terminó produciendo algo que la tranquilidad no había conseguido: hacerlo volver y aprender.
El hijo pródigo también muestra esta realidad. Mientras tuvo dinero, amigos, libertad y recursos para gastar, se fue lejos de la casa de su padre. Lucas 15 cuenta que desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Después vino la necesidad. Se quedó sin recursos, tuvo hambre y terminó deseando comer lo que comían los cerdos. Fue precisamente en aquella condición cuando “volviendo en sí” recordó la casa de su padre. La abundancia lo llevó lejos; la necesidad le hizo reconocer dónde había terminado y hacia dónde debía regresar.
Esto tampoco quiere decir que tengamos que pedir enfermedades, pérdidas o sufrimiento para acercarnos a Dios. Sería terrible necesitar una desgracia cada vez que nuestro corazón comienza a enfriarse. La enseñanza está precisamente en aprender a buscar a Dios también cuando tenemos salud, comida, trabajo, familia y tranquilidad. Job dijo: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10). Nuestra relación con Dios tiene que permanecer tanto en los días buenos como en los difíciles.
Dios también quiere ver qué hacemos cuando tenemos lo que tanto pedimos. ¿Seguimos orando cuando ya pasó la necesidad? ¿Seguimos agradeciendo cuando tenemos comida todos los días? ¿Seguimos buscando a Dios cuando nuestro cuerpo está sano? ¿Seguimos siendo fieles cuando tenemos trabajo, dinero y tranquilidad? Porque cualquiera puede acordarse de Dios cuando siente que todo se le viene encima; la fidelidad también se demuestra cuando las cosas marchan bien y aun así reconocemos que seguimos necesitándolo.
Proverbios 30:8-9 contiene una petición que debería hacernos pensar: “No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová?”. El hombre que dijo estas palabras entendía algo serio: también podía perderse teniendo demasiado. Sabía que la abundancia podía alimentar su orgullo hasta hacerlo olvidar a Dios.
Quizá por eso algunas etapas difíciles terminaron acercándonos más a Él. Aquella enfermedad nos hizo orar. Aquella necesidad nos hizo doblar las rodillas. Aquella angustia nos hizo abrir nuevamente la Biblia. Aquella situación que tanto dolió despertó una búsqueda que habíamos descuidado. Y después de recibir respuesta, viene otra prueba: seguir buscando a Dios cuando ya no estamos desesperados por recibir algo.
Mira tu vida y recuerda cómo buscabas a Dios cuando estabas pasando por aquella necesidad. Recuerda cuánto orabas, cuánto clamabas y cuánto deseabas su ayuda. Ahora pregúntate cómo lo buscas después de haber recibido lo que pedías. Porque sería triste que la enfermedad tuviera que recordarnos que existe Dios, que la necesidad tuviera que regresarnos a la oración y que solamente el sufrimiento pudiera mantenernos cerca de Él.
Que las cosas buenas que Dios permite en nuestra vida jamás nos hagan olvidarlo, y que tampoco tengamos que esperar a que llegue algo malo para volver a buscarlo. Si en la necesidad clamaste a Dios, en la abundancia acuérdate de Él; si en el dolor te acercaste, en la tranquilidad permanece cerca. Dios sigue siendo Dios cuando estás llorando y también cuando tienes motivos para sonreír.