08/07/2026
Hace poco alguien me dijo que le daba tristeza verme “odiar a los hombres” a partir de la experiencia que viví con el padre de mis hijos.
La realidad es que odiar es un gasto energético que no estoy dispuesta a asumir. Esa energía, de manera muy consciente, decido invertirla en nosotras.
Mi experiencia con el señor O no es un caso aislado. Es una realidad que refleja la vivencia de un gran número de mujeres divorciadas. Mucho antes de mi separación comencé a estudiar profundamente la violencia machista, el narcisismo, el amor romántico y la crianza. Desde entonces acompaño a mujeres desde esta perspectiva.
Lo que encontré fue una constante: mucha violencia psicológica. Mujeres que aseguraban vivir un matrimonio o una relación “feliz”, con sus “altibajos”, porque “así son los hombres”, pero que tenían la autoestima profundamente deteriorada. No entendían por qué les dolía el cuerpo, por qué sufrían dolores de cabeza constantes, por qué aparecía la resequedad vaginal, disminuía el deseo sexual o vivían con ansiedad. Nada de eso era normal si, en realidad, estaban en un “matrimonio feliz”.
La mayoría de las mujeres que están en una relación experimentan alguna forma de violencia. Muchas no la identifican y otras terminan negociándola hasta desensibilizarse, justificando pequeñas conductas que su cuerpo, desde hace mucho tiempo, sabe que no están bien.
La próxima vez que de tu boca salga la frase: “también hay hombres buenos”, pregúntate antes si tu cuerpo no vive en estado de hipervigilancia; si mantienes la mandíbula apretada; si padeces problemas gastrointestinales, ansiedad o un cansancio que no logras explicar.
No dudo que existan hombres que buscan construir relaciones sanas. Sin embargo, incluso ellos han sido educados dentro de una cultura machista. La diferencia es que son capaces de reconocerlo, cuestionarse, asumir responsabilidad y trabajar activamente para no reproducir esas formas de violencia.
En cambio, que un hombre sea un buen proveedor o te compre todo lo que deseas no significa, por sí mismo, que esté libre de ejercer violencia. Hay formas de controlar, manipular, minimizar o ejercer poder que no dejan un moretón, pero sí profundas heridas emocionales.
Por eso decidí hablar de violencia. Porque mi energía no está puesta en ellos; está puesta en nosotras. En acompañar a las mujeres para que puedan reconocer las señales a tiempo y salir de una relación que, aunque no les arrebate la vida, puede terminar destruyéndolas emocionalmente.