Psicóloga Cristhy Pastor

Psicóloga Cristhy Pastor Atención Psicológica y Tanatológica en línea o presencial.

El día en que entendí que mis papás están envejeciendo mientras yo vivo corriendoTengo 41 años. Y hace unas semanas vi a...
24/02/2026

El día en que entendí que mis papás están envejeciendo mientras yo vivo corriendo

Tengo 41 años. Y hace unas semanas vi algo que me obligó a detenerme. Fue un momento sencillo, cotidiano, pero me golpeó el corazón con una mezcla de dolor y ternura.
Pasé a casa de mis papás. Solo porque andaba por la zona.
Cuando entré, mi mamá dio un pequeño grito, como si no viniera del otro lado de la ciudad, sino de otro continente.
—¡Ay! No sabía que ibas a venir —dijo, acomodándose el cabello con ese mismo gesto de siempre, como queriendo verse “presentable”, incluso frente a su propio hijo.
Mi papá salió del pasillo. Caminaba más despacio de lo que yo recordaba. Sonrió —amplio, cálido, con alivio. Era una sonrisa que decía que mi visita no solo era agradable… era necesaria.
Hablamos de todo y de nada.
De los jitomates que están saliendo en el patio.
De los nuevos vecinos.
De la vieja podadora que otra vez no prende.
De la receta de mamá que cada semana “se le pierde” en algún cajón.
Y entonces pasó algo que me movió por dentro.
Mi papá se levantó para servirse un vaso de agua y, por un segundo, se detuvo apoyando la mano sobre la mesa.
No se tambaleó.
No fue algo alarmante.
Simplemente… se sostuvo.
Como lo hacen las personas que ya aprendieron a caminar con más cuidado.
Creo que me quedé mirándolo.
Porque mi mamá lo notó enseguida y sonrió demasiado rápido.
—Está bien —dijo—. Solo está envejeciendo, nada más.
Y esa frase —esas palabras tan tranquilas— me dolieron más que cualquier otra cosa.
Solo está envejeciendo.
El hombre que me crió.
El que no faltó a ningún partido, a ningún festival de la escuela, a ninguna vela encendida en mi pastel de cumpleaños.
Solo está envejeciendo… mientras yo me volvía cada vez más ocupado.
Ahí, en la sala de esa misma casa de siempre, entendí algo:
Mis papás viven en el mismo lugar… pero el tiempo ahí ya corre distinto.
Después de cenar, mi papá me acompañó hasta la puerta. Puso su mano sobre mi hombro —un gesto que antes era firme y seguro. Ahora era suave. Cuidado. Como un separador entre páginas que la vida pasa demasiado rápido.
—No te me pierdas tanto, hijo —me dijo—. Para nosotros, los días ya se van más rápido.
Me subí al coche y me quedé sentado unos minutos, en silencio.
Porque nadie nos prepara para ese instante en que entiendes que tus padres están envejeciendo en tiempo real… mientras tú vives atrapado entre pendientes, juntas, mensajes y todo ese ruido que confundimos con vida.
Desde ese día llamo más seguido.
Paso más a verlos.
Pregunto más.
Escucho más tiempo.
Me quedo al postre aunque “no tenga tiempo”.
Porque algún día estos momentos serán los recuerdos a los que me aferraré con todas mis fuerzas.

DESORDEN ENTRE PADRE E HIJOEl desorden sucede cuando el hijo o el padre, no saben cuál es su lugar en la relación, por l...
12/02/2026

DESORDEN ENTRE PADRE E HIJO

El desorden sucede cuando el hijo o el padre, no saben cuál es su lugar en la relación, por lealtades familiares.

Cuando no hay un orden, se genera una sensación de caos.

Todo hijo añora a un padre, cómo referente de vida, el hijo necesita emocional y materialmente, desde su lugar, no como amigo o hermano.

Dando origen a carencias emocionales o la sensación de no poder confiar en la vida, desarrollando conductas autodestructivas, enfermedades, trastornos de conducta o incluso adicciones.

La carencia permanecerá en el hijo que no fue sostenido por el padre, lo cual no puede llenarse, con nada, ni con nadie.

Solo al mirar la historia, sin implicaciones en el destino de los grandes, tomando del padre; lo que han dado tal y como fue, brindará el permiso, la apertura en la vida, el sostenerse y construir la propia historia.

Sesión personal de Constelaciones familiares, agenda tú cita.

CERRANDO CICLOS DE PAREJA Uno de los mayores motivos de consulta, es el acompañamiento ante la ruptura de pareja; noviaz...
04/01/2026

CERRANDO CICLOS DE PAREJA

Uno de los mayores motivos de consulta, es el acompañamiento ante la ruptura de pareja; noviazgo, matrimonio, amantes, cada una con una enorme complejidad experimentada.

Durante una consulta con mi paciente, abordamos el tema de la partida de su primer amor durante la juventud y hoy en su edad madura viviendo el duelo por el divorcio, una pregunta un tanto confrontadora pero respetuosa que le hice, fue...

Cómo SE PUEDE VIVIR después de qué un gran amor, se va?

Su respuesta:
"Con un enorme dolor en el pecho que no desaparece, trate de reconstruir mi vida con los años"

Un dolor que vivió, lloro abundantemente, lo normalizo y le acompaño durante décadas, hoy sanando con la relación terapéutica, al disfrutar de sus vínculos familiares y con una mirada resiliente, en conjunto con las herramientas que va adquiriendo.

El dolor es algo que siempre nos acompaña, la historia anterior, no tiene por qué lastimar o impedir que vínculos nuevos despeguen o se afiancen, disfrutar la nueva vida al construirnos nos convierten en personas resilientes ante los cambios.

Construirse y conocerse es su primer objetivo: con una buena actitud que le permite mirar los aciertos y el aprendizaje en su vida.

Mi mayor admiración y respeto al proceso que vive cada paciente, me permitirmen acompañar su proceso con; cambio de perspectiva, revisión de creencias, modificación de conducta, seguimiento de acciones, gestionando sus emociones, está adquiriendo herramientas que permiten decidir diferente ante lo que hoy vive.

Breve nota emocional.

PRESENCIA¿Has observado algo? Muy pocas personas tienen lo que llamamos PRESENCIA.Rara vez te encuentras con una persona...
15/12/2025

PRESENCIA

¿Has observado algo? Muy pocas personas tienen lo que llamamos PRESENCIA.

Rara vez te encuentras con una persona que tiene presencia, algo indefinible que lo rodea, algo que siente súbitamente, pero que no se puede nombrar, algo que te llena, pero es inefable, algo muy misterioso y desconocido. No puedes negarlo, no puedes demostrarlo.

No es el cuerpo, porque todo el mundo tiene cuerpo; no es la mente, porque todo el mundo tiene una mente.

A veces, un cuerpo muy bello puede estar ahí, tremendamente hermoso, pero la presencia no está ahí. A veces, un genio de la mente está ahí, pero la presencia no, y a veces pasas al lado de un mendigo y te sientes lleno, tocado, sacudido: UNA PRESENCIA.

OSHO. Palabras de fuego.

Durante años no soporté al perro de mi vecino.Cada tarde, sin falta, en cuanto giraba con el coche hacia nuestra pequeña...
06/11/2025

Durante años no soporté al perro de mi vecino.
Cada tarde, sin falta, en cuanto giraba con el coche hacia nuestra pequeña calle de Toledo, antes incluso de ver el río Tajo, él empezaba a ladrar. Fuerte, agudo, insistente.
Podía estar aún al principio de la calle y ya sentía cómo algo se me encogía por dentro. Ese ladrido metálico cortaba el aire como un cuchillo.

Al principio me decía: los perros ladran, es lo que hacen.
Pero con el tiempo, aquel sonido se me metió bajo la piel.
Murmuraba cada vez que lo oía: ese perro me tiene manía.
Cerraba la puerta del coche de golpe, subía más rápido la cuesta de la casa, como si pudiera escapar del ruido.
Se había vuelto algo personal, como si me retara.

Mi mujer lo veía de otra manera.
—No es malo —me dijo una noche mirando por la ventana—. Está solo. Siempre atado, haga sol o llueva. Nadie le habla.

Tenía razón. Los vecinos no eran precisamente cariñosos. La luz del patio quedaba encendida todas las noches, pero nunca salían.
El perro, un mestizo marrón con una oreja caída y ojos del color de las hojas mojadas, estaba siempre en el mismo rincón. Un cuenco rajado, una manta que apenas lo era.

A veces mi mujer le tiraba un trozo de pan por encima del muro.
—Al menos que alguien piense en él —decía.
Y cuando no podía hacerlo, me pedía que lo hiciera yo. Refunfuñaba, pero lo hacía.
El perro ladraba una vez, tal vez como agradecimiento. Yo giraba la cara para no cruzar su mirada.
Así pasaban los años: su ladrido, mis suspiros.

El tiempo siguió su curso. Su ladrido se volvió parte de nuestras vidas, como el tic tac del reloj. Al principio molesto, luego familiar.
Ladraba cuando llegaba a casa, al cartero, a los truenos, a las sombras.
Ladraba al mundo para decir: sigo aquí.
Y sin darme cuenta, me acostumbré a necesitar ese sonido.

Hasta que un día llegó el silencio.
Era el día en que traía a mi mujer del hospital.
Había estado enferma mucho tiempo.
Conduje por la calle de siempre, el Tajo a la izquierda, el Alcázar al fondo.
Apagué el motor. Nada.
—¿Lo oyes? —me preguntó.
—¿Qué?
—El perro. No ladra.

El silencio pesaba.
Me acerqué a la valla. El patio estaba vacío. La hierba alta, el cuenco seco.
Llamé a la puerta. Nadie.
Un vecino encogió los hombros: se habían mudado.
Llamé a la protectora de animales.
Me dijeron: «Si hay peligro, entra y avísanos.»

Así lo hice, con el vecino como testigo.
Y allí estaba. Entre bolsas de basura, medio escondido.
Flaco, sucio, temblando.
Las costillas marcadas, la respiración débil.
Alzó un ojo y me miró. El mismo ojo que antes me desafiaba.
Ahora solo había cansancio. Y la mirada de quien ha dejado de esperar.

Me arrodillé y lo levanté en brazos.
Era tan ligero... solo huesos y un poco de calor que me golpeó como un recuerdo.
Nadie respondió cuando llamamos. Lo metí en el coche.

Mi mujer se llevó las manos a la boca.
—Dios mío...
—Los vecinos se han ido —dije—. Lo han dejado atrás.
—Llévalo al veterinario —ordenó. No fue una petición. Asentí.

La veterinaria lo examinó, suspiró y sonrió levemente.
—Deshidratado, muy delgado... pero tiene fuerza. Quiere vivir.
Esa sonrisa abrió algo dentro de mí.

Lo trajimos a casa.
Agua tibia, un poco de comida, una manta vieja.
Le pusimos un nombre: Canela, por el brillo rojizo de su pelaje.
Los primeros días apenas se movía.
Mi mujer tarareaba suavemente, y a veces él levantaba la cabeza, como si recordara una melodía de otra vida.

Días después, al volver del trabajo, el aire olía a lluvia y tierra.
Giré por nuestra calle y lo escuché: un ladrido.
Breve, claro, inconfundible.
Reí en voz alta, sin poder evitarlo.
Lo entendí al fin.

No era ruido.
Era un bienvenido.
Canela decía: has vuelto, te veo.

Desde entonces ladra cada día —cuando corto el césped, cuando salgo, cuando regreso.
Mi mujer lo llama «su manera de querer».
Y tiene razón.

Le acaricio el cuello.
—Antes no entendía tu lenguaje —le digo.
Porque eso era: su idioma.
Ladrar significaba: sigo aquí. No me he rendido. Espero a que alguien me escuche.

Cuando desapareció su voz, algo faltaba.
Cuando volvió, la casa volvió a tener alma.

Por las noches paseo con él junto al río.
La gente se detiene:
—¿Cuántos años tiene? ¿Qué le pasó en la oreja? ¿Por qué te mira así?
Sonrío.
—Era el perro de mi vecino. Ahora es de la familia.

Antes creía que el silencio era paz.
Ahora sé que, a veces, un poco de ruido es lo más hermoso del mundo.

Cuando entro en nuestra calle y lo oigo ladrar, bajo la ventanilla.
Dejo que su voz entre como aire fresco.
Ya no es ruido.
Es lealtad. Es perdón.
Es el sonido de una segunda oportunidad.
Es el sonido del hogar.

EL HIJO DE MAMÁ El “hijo de mamá” no ama a las mujeres… las conquista para seguir siendo fiel a su madre.No busca amor, ...
05/11/2025

EL HIJO DE MAMÁ

El “hijo de mamá” no ama a las mujeres… las conquista para seguir siendo fiel a su madre.

No busca amor, busca:

Pertenencia. Cada conquista es una forma inconsciente de decir a mamá: “SIGO CONTIGO, NO TE TRAICIONO.”

Por eso salta de una mujer a otra —no por libertad, es porque no puede entregarse de verdad.

Amar de corazón implicaría separarse… y eso, para él, sería perder a su madre, lo que limita su vida de hombre en muchos aspectos, desde su autonomía hasta sus relaciones.

Sin embargo, con conciencia, trabajo terapéutico y Constelaciones Familiares, es posible liberar estos lazos y construir una vida basada en la independencia, el equilibrio y la madurez emocional.

Bert Hellinger afirmaba que "Un hijo solo puede ser realmente libre cuando reconoce a su madre con gratitud, pero se permite seguir su propio camino".

Sanar la relación con la madre no significa alejarse de ella, sino reconocer su amor sin depender de su aprobación o protección para vivir plenamente.

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