27/07/2026
Hay algo que nos ha llamado mucho la atención durante el curso de verano.
En la escuela, la familia de una de las niñas recibe con frecuencia reportes sobre dificultades en el área social. Sin embargo, durante estas semanas con nosotras hemos observado algo diferente.
La niña sigue indicaciones, participa en las actividades, recoge su material al terminar, incluso suele ayudar a las terapeutas a ordenar el espacio. Pero, sobre todo, no hemos observado dificultades significativas en la interacción con sus compañeras y compañeros.
Esto nos recuerda algo muy importante: el contexto importa.
En nuestro curso realizamos ajustes y acomodaciones de forma natural. En ocasiones adelantamos la hora de comer, otras veces modificamos la actividad planeada cuando notamos que el grupo, no solo ella, necesita algo diferente. La flexibilidad no significa perder objetivos; significa encontrar la mejor manera de que todas y todos puedan participar.
Esto nos lleva a reflexionar si el entorno escolar está ofreciendo los apoyos y ajustes que esta niña necesita para desarrollar todo su potencial. No se trata de de afirmar que la escuela esté haciendo algo "mal". Sabemos que trabajar con grupos es complejo y que no todas las escuelas cuentan con la misma filosofía o recursos.
También sabemos que no todas las escuelas son adecuadas para todas las infancias. En algunos casos, un entorno más flexible, o con una filosofía alternativa puede marcar una gran diferencia en el bienestar y el aprendizaje.
Cada vez que cambiamos el ambiente en lugar de intentar cambiar al niño, descubrimos capacidades que antes parecían ocultas. A veces, el problema no es el peque. Es el contexto. Porque, como suele pasar con los seres humanos, insistimos en que todas las plantas florezcan en la misma maceta y luego nos sorprende que algunas no lo hagan.