23/05/2026
Aquí tienes una guía breve y clave para evaluarlo, dividida en cuatro señales de alerta:
1. Cambios drásticos en el comportamiento o humor
• Irritabilidad extrema: Estallidos de enojo, frustración constante o berrinches que no corresponden a su edad actual.
• Aislamiento: Se aleja de la familia, amigos o actividades que antes disfrutaba muchísimo.
• Tristeza o apatía: Desmotivación constante, llanto frecuente o expresiones de desesperanza (“nada me sale bien”, “nadie me quiere”).
2. Regresiones o afectaciones físicas
• Problemas de sueño o alimentación: Pesadillas recurrentes, insomnio, o un cambio muy marcado en su apetito.
• Regresiones: Volver a conductas de etapas anteriores ya superadas (por ejemplo, hacerse pipí en la cama, hablar como bebé o mostrar un apego excesivo y repentino).
• Somatización: Dolores frecuentes de panza o de cabeza que no tienen una causa médica real.
3. Impacto en su día a día (Disfuncionalidad)
• Bajo rendimiento escolar: Notas que bajan abruptamente o reportes constantes de falta de atención o mala conducta.
• Problemas de convivencia: Peleas continuas y desproporcionadas con hermanos, padres o compañeros de escuela.
4. Eventos difíciles de procesar
• Si el niño o adolescente ha pasado recientemente por un duelo, la separación de los padres, un cambio de ciudad o acoso escolar (bullying), y notas que le está costando mucho adaptarse a la nueva realidad.
💡 La regla de oro: Confía en tu intuición. Si sientes que la situación los está rebasando como familia, o si el cambio en su comportamiento dura más de un par de semanas y afecta su vida diaria, vale la pena consultar con un terapeuta infantil o juvenil para una valoración preventiva.
CITAS:
6672024176