08/04/2026
Asesoras de lactancia y maternidad 🩷
Hay algo que como médicos y pediatras también tendríamos que admitir con humildad: muchas veces vemos la lactancia desde la fisiología, desde la ganancia de peso, desde las bilirrubinas,desde la técnica… pero no siempre alcanzamos a ver a la madre.
Y ahí es donde muchas asesoras de lactancia han hecho un trabajo enorme.
Han estado donde a veces nosotros no estamos: en la madrugada del llanto, en la grieta que duele, en la culpa que aprieta, en la madre agotada que siente que está fallando, en el bebé que no logra prenderse, en la familia que opina de todo menos de cómo sostener de verdad.
Su labor importa. Mucho.
No solo porque ayudan con postura, agarre o transferencia. Importan porque acompañan. Porque contienen. Porque traducen el caos. Porque le ponen palabras, calma y cercanía a un momento profundamente vulnerable para muchas mujeres. Y eso tiene un valor inmenso, humano y clínico.
Ahora bien: defender su papel no significa justificarlo todo.
Cuando alguien cruza la línea y empieza a indicar tratamientos, recetar medicamentos o asumir funciones que no le corresponden, está mal. Así de claro. Cada profesión tiene límites. Y respetarlos no es un capricho ni una guerra de egos; es una medida básica de seguridad para mamá y para el bebé.
Defender el trabajo de las asesoras de lactancia no significa solapar imprudencias.
Pero señalar una imprudencia no da derecho a convertir la crítica en un espectáculo vulgar.
Ese es el problema.
Últimamente abundan personajes que no buscan educar, buscan audiencia.
No buscan corregir, buscan aplausos.
No buscan proteger pacientes, buscan reflectores.
Y para conseguirlos recurren a lo más barato: el insulto, la humillación, la grosería, el comentario despectivo y la soberbia disfrazada de “verdad incómoda”.
Eso no es valentía. Eso no es autoridad. Eso no es ciencia.
Eso es miseria.
Porque cuando alguien necesita gritar, burlarse y pisotear para “tener razón”, lo que demuestra no es firmeza: demuestra pobreza intelectual y falta de nivel.
La medicina no se honra insultando.
La evidencia no se defiende con vulgaridad.
La crítica seria no necesita payasadas.
Sí, hay que poner límites.
Sí, hay que señalar errores.
Sí, hay que cuidar el terreno profesional de cada quien.
Pero una cosa es corregir con seriedad y otra muy distinta es vivir de la difamación elegante para consumo masivo.
Hay gente que ha hecho del desprecio su marca personal, de la burla su método y del linchamiento digital su negocio.
Quien construye prestigio a base de humillar a otros no está elevando la conversación, la está pudriendo.
Las buenas asesoras de lactancia hacen falta.
Muchísima falta.
No para sustituir médicos.
No para jugar a ser lo que no son.
Sino para hacer algo que a veces el sistema, la prisa o nuestro poco o nulo conocimiento sobre la lactancia no nos permite hacer bien: acompañar de verdad a una madre en uno de los momentos más vulnerables de su vida.
Y eso merece respeto.
Lo que no merece respeto es el circo.
Lo que no merece aplauso es la grosería.
Y lo que no merece prestigio es esa costumbre tan miserable de querer parecer gigante a base de pararse sobre la dignidad ajena.
Una profesión no se dignifica insultando a otras.
Y quien necesita humillar para verse grande, en el fondo ya dejó claro que no lo es.
Porque al final, quien de verdad tiene autoridad no necesita insultar.
Le basta con tener razón.