24/04/2026
A raíz del feminicidio de Carolina Flores, una mujer que fue asesinada dentro de su propio entorno familiar, es inevitable abrir una conversación incómoda pero urgente… la violencia que comienza en casa.
La violencia no siempre empieza con un golpe.
Empieza con una idea distorsionada del amor. El hogar no siempre es un lugar seguro. A veces, es justo ahí donde la violencia se gesta, se alimenta y, lo más peligroso, se normaliza.
La violencia familiar se construye poco a poco,
en el control disfrazado de cuidado, en los celos justificados como protección, en la invasión de límites que se minimiza como “preocupación”.
Hay dinámicas familiares donde una figura materna con rasgos narcisistas o ya con el trastorno narcisista (e incluso con pensamientos distorsionados o persecutorios) puede llegar a percibir a otros miembros como amenazas. Sobre todo, y atención aquí, a las figuras femeninas, pues así sean sus hijas, son vistas como competencia.
En esos entornos, el afecto se convierte en posesión, y los vínculos dejan de ser sanos para volverse territorios de control, a través del miedo, del control, de condicionamientos donde hijos o en este caso otros familiares son sometidos.
Lo más alarmante no es solo la conducta de quien ejerce la violencia, sino cómo el sistema familiar entero puede adaptarse a ella:
se justifica, se encubre, se minimiza y lo más peligroso se normaliza.
Y cuando eso ocurre, quienes están dentro comienzan a perder referencia de lo que es sano. Se confunde el amor con el miedo. El respeto con la sumisión. La lealtad con el silencio.
Entre más tiempo se permanece en una dinámica así, más fácil es que se internalice esa lógica. No porque las personas “quieran”, sino porque el entorno moldea la percepción. La violencia deja de parecer violencia… hasta que escala y siempre escala.
Por eso es tan importante nombrarlo:
no todo lo que viene de la familia es amor. No todo lo que se justifica es normal. No todo lo que se tolera es sano.
Cuestionar estas dinámicas no es traicionar a la familia. Es empezar a romper ciclos y a veces, poner límites no es un acto de rebeldía…
es un acto de supervivencia.