02/05/2026
Un investigador analizó 400 culturas buscando qué tenían en común las sociedades más violentas.
No era la pobreza. No era la religión, ni tampoco el acceso a armas... Era el contacto físico en la infancia.
James Prescott, neuropsicólogo del Instituto Nacional de Salud de EE.UU., descubrió que las culturas que más cargaban, sostenían y tocaban a sus bebés eran las menos violentas. De acuerdo a sus investigaciones, predijo correctamente el nivel de violencia en 48 de 49 culturas combinando dos variables: el contacto físico en la infancia y la libertad afectiva en la adolescencia.
Lo que más me llamó la atención es que no hablaba de técnicas., sino de del cuerpo como primer lenguaje del sistema nervioso….
Imagina un bebé sostenido que aprende que el mundo es seguro. Y a otro privado de ese contacto, que aprende lo justo contrario. Ese aprendizaje se convierte en la arquitectura cerebral de cada bebé y futuro adulto, se convierte en sus patrones de relación y sus formas de responder ante el conflicto.
Lo cierto es que actualmente vivimos en un sistema que exige producir para existir. Donde dos sueldos apenas alcanzan y las jornadas laborales consumen exactamente las horas en que un bebé necesita ser cargado. Las madres que salen a trabajar semanas después de parir no lo hacen porque no quieran estar. Los padres que llegan estresados y exhaustos no están eligiendo la distancia. La precariedad también roba ese contacto… roba lo que Prescott identificó como el predictor más poderoso de una sociedad en paz.
La violencia que vemos, en las aulas, en las calles, no es solo un problema de crianza. Es también el resultado de un sistema que no ha entendido que los cuerpos necesitan contacto para desarrollarse sin miedo.
¿Qué cambiaría si tratáramos el contacto no como gesto tierno sino como necesidad neurológica?
MO