16/03/2026
Durante los días 12, 13 y 14 de marzo, la ciudad de Puebla fue sede del Noveno Congreso Internacional de Convergencia, un encuentro que reunió a más de 150 psicoanalistas de distintos países para pensar, compartir e interrogar, desde la clínica y la teoría, una pregunta tan antigua como urgente: ¿qué dice el psicoanálisis del amor y la violencia?
Fue un espacio vivo, atravesado por la riqueza de voces diversas. Algunas, ceñidas con precisión a la letra y a los conceptos lacanianos; otras, más libres en la forma, pero no por ello menos rigurosas, capaces de abrir un diálogo fecundo con el malestar contemporáneo, la subjetividad y la vida misma. Allí, el psicoanálisis se dejó tocar y enriquecer por otras orillas del saber: la literatura, el arte, la antropología, la pedagogía, la filosofía, la ópera, entre muchas otras.
Se respiró, en cada mesa y en cada intercambio, un psicoanálisis en intención y en extensión: una práctica de escucha crítica y sensible frente al sufrimiento, al amor, a la violencia y también a la ternura. Un psicoanálisis que no renuncia a la complejidad, pero que apuesta por la creación, la poiesis, por una po-ética comprendida como un movimiento que genera nuevas posiciones subjetivas.
Me gustó mucho pensar (al escucharnos entre colegas) cómo propiciar esos movimientos sutiles que ayuden a los analizantes a vivir un poco mejor, a no mentirse, a asumir la responsabilidad de su deseo.
También me hace reflexionar acerca de lo que yo no quiero en mi praxis ni en mi lectura/ escritura en torno al psicoanálisis: no quiero rigidez, no quiero solamente repetir a los autores, no quiero referirme a un único autor, cierta estoy de mi apuesta por el diálogo y la escucha.
Y también de eso que ocurre cuando quienes piensan y sostienen una práctica se encuentran: conmoverse, estrechar lazos, abrir posibilidades.