16/10/2025
Así mero !
Cuando veo bebés de alrededor de un año, digamos, de los ocho o nueve meses hasta los dos años, me preparo para lo que será una batalla que habrá que librar.
Va a gritar perforando mis oídos.
Se va a aferrar al cuello de su mamá como si le fuera la vida en ello.
No va escuchar a papá, que le pone en frente un juguetito y se lo menea ante los ojos diciéndole que “no pasa nada”.
Me va a aventar con sus manitas el estetoscopio y para checarle los oídos habrá que sujetarlo con técnicas de judo.
Al final, acabará jadeando, con terror en la mirada y bañado (el y su mamá) en lágrimas, sudor y mocos.
¿Por qué?
Si antes se dejaba muy bien y sonreía y gorjeaba como pajarito mientras yo le escuchaba el corazón.
¿Qué cambió?
Su cerebro. Es que maduró. No va para atrás, como te dice tía Gertrudis. Ocurre que ahora está consciente de que es vulnerable y de que yo soy un extraño feo y amenazador (sobre todo feo).
Entiende que su figura de apego, su seguridad, su todo, lo está poniendo en mis manos.
Y él no entiende que yo… no me lo voy a llevar.
No se lo podemos explicar y por eso se aterra.
No se está portando mal. No está chiflado ni embracilado. Está verdaderamente asustado.
Por eso, si no es necesario, no lo sueltes con quien no se quiere ir.
Diles: Tomasito aun no está listo para irse contigo.
Con quien tienes que quedar bien es con tu niño, no con tía Gertrudis.
¿Va?
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